Bardinia

Mujica o lo imperfecto como aprendizaje

04/09/2018

El diccionario de la RAE define en su segunda acepción la palabra coherencia como actitud lógica y consecuente con los principios que se profesan. Podríamos, por lo tanto, entender perversamente esta definición, porque cualquier malvado es coherente con su maldad y la lleva hasta sus últimas consecuencias, o lo es también un fanático que se inmola para llevarse por delante con su propia muerte a otras personas que él considera contrarias a su credo. Pero si combinamos esta definición (la primera acepción la equipara a cohesión) con toda la sinonimia que confluye en ella, hablamos de conexión, relación, unión, correspondencia, afinidad, congruencia... nos encontramos con ejemplos que marcan a toda una sociedad y a veces al mundo, porque la coherencia de la que hablo tiene que ver con vivir sabiendo que cada persona es solo un diente del engranaje de la Humanidad, y que en cuando tenga ocasión hará todo lo posible por hacer funcionar el mecanismo colectivo y nunca buscará su destrucción.

Me asalta esta reflexión porque acabo de ver unas imágenes de José Mujica, el expresidente de Uruguay, en el Festival de Cine de Venecia, donde se presentan en estos días dos cinta que tratan de su trayectoria vital y política. Los medios cuentan como rarezas las costumbres sencillas de Mujica, cuando en realidad lo raro son las exigencias de las estrellas que quieren en sus suittes cerveza de una marca determinada o decenas de toallas de un determinado color que nunca usarán. Mujica ha sido un hombre que ha luchado por lo cotidiano, y siempre piensa en él como miembro de una sociedad que tiene que avanzar en su conjunto: coherencia.

Estoy convencido de que habrás voces que pongan en tela de juicio esa coherencia, de hecho siempre las ha habido, porque cuando escarbas en la persona encuentras siempre su naturaleza humana, y eso determina que nunca nadie da el cien por cien, porque esa humanidad es también sinónimo de flaqueza. Lo que importa es la suma total de una vida que pueda servir como espejo a los demás, y esas sombras que muchos tratan de usar para desmontar a un personaje son las que dan valor a las luces que resultan de ese esfuerzo. Hasta Jesucristo, que es el mito de la coherencia más poderoso de la cultura y la religión occidental, flaqueó, no una, sino muchas veces, y vencer esos miedos y esas contradicciones es lo que sella su condición ejemplar.

José Mujica no es más que un hombre sencillo que ha consagrado su vida –a veces con métodos equivocados- a que hubiera una sociedad más justa, menos desigual. Nunca ha habido y seguramente no habrá una figura capaz de cambiar él solo el mundo en que vive, pero sí que los hay que tratan de que todo mejore, y así avanza la Humanidad. Y aun hay otros, como Mujica, que a pesar de sus errores y de sus objetivos no cumplidos, dejan una huella, son un espejo, sirven de paradigma de la entrega al colectivo, son un ejemplo de esa gran coherencia que nunca será perfecta. La coherencia siempre se quiebra por la tendencia a la imperfección, por lo tanto descalificar a Mujica por incoherente equivale a hacerlo con cualquier ser humano en cualquier tiempo y posición.

Ningún humano, precisamente por esa condición, ha alcanzado ni alcanzará la perfección, que es además un concepto escurridizo puesto que no es lo mismo para todo el mundo. Mahatma Gandhi, Emiliano Zapata, Simone Veil, Nelson Mandela, Frida Kahlo o el mencionado José Mujica pertenecen a la especie humana, y su legado es el esfuerzo por hacer todo lo posible por enfrentarse a la pobreza, el fanatismo, la injusticia o la cerrazón de épocas y costumbres. Probablemente los cambios experimentados por el mundo después de la labor de personajes así casi no se perciben, pero son un diente más en el engranaje del mecanismo, y la función de estas personas que asumen la historia de su sociedad es sobre todo la de servir de espejo a quienes vienen detrás. Sus sombras forman parte de la herencia que nos dejan, y hacen más importante la trayectoria total de sus existencias, porque hasta de ellos supieron sacar el aprendizaje de intentar no cometer de nuevo el mismo error, serán otros, y de estos también aprendemos. Personajes como Mujica son de los que Bertolt Brecht consideraba imprescindibles, y su defensa de lo sencillo es necesaria porque él sabe que es una estela en el mar del tiempo.