Mujer y árbitro, doble mérito

Gaumet Florido
GAUMET FLORIDO

Difícil vocación, porque es más una vocación que una profesión, la de ser árbitro. Y más difícil aún, como desgraciadamente pasa muchas veces, si la que ejerce esa polémica función es una mujer. Lo viví hace apenas unos días, en ese laboratorio social en que se han convertido los partidos de fútbol base. Era un encuentro calentito, se disputaba una final y, claro, los ánimos estaban un poco subidos de tono. Pese a todo, la cosa no pasó a mayores; algún padre que discute una falta, un entrenador más protestón de lo debido, en fin...lo de siempre.

Lo que sí quebró la normalidad de la estampa deportiva fue la consigna que a ratos gritó una parte, eso sí, muy pequeña, de la afición de uno de los equipos. Mandaron a coro a la árbitra a que se dedicara a pitar barbies. Tal cual. Se me antoja doblemente reprochable por cuanto las que se metían con el género de la que dirigía el partido eran precisamente mujeres. Y porque el escenario en el que daban tan mal ejemplo estaba plagado de críos. Para colmo, eran chicas jóvenes, supuestamente formadas en un entorno social menos transigente con las imposiciones machistas de la sociedad patriarcal en la que nos hemos criado. La anécdota sirve para reflejar cuan lejos estamos aún de interiorizar que no es admisible, nunca lo fue, pero ahora menos, que se ponga en duda la valía de una mujer por razones de género, o que se le paguen peores salarios que a los hombres, o que se limite sus posibilidades de progreso y ascenso profesional.

Y me hizo pensar también en que para mujeres como esta árbitra, en realidad, todos los días son día de la mujer. Se mueven en entornos marcadamente machistas donde no les basta con ejercer como tales, como son, y hacer bien su trabajo, sino que se ven obligadas a reivindicarse, a exigir que se les dé el mismo trato que a sus colegas; en definitiva, a superar más barreras que otros. Lo positivo es que, pese a todo, cada vez son más las mujeres que no les tienen miedo a estas dificultades, que quieren pisar el mismo suelo que tradicionalmente han monopolizado los hombres y, como en este caso, ejercer de árbitras. Las gradas, lejos de machacarlas, debería mostrarles doble señal de respeto.