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Desde entonces, a mitad de los años noventa del pasado siglo, me he mudado de casa en tres ocasiones, siempre en Las Palmas de Gran Canaria. Hasta establecerme en la actual, hace ahora dieciocho años. Todavía no he terminado de pagar la hipoteca. He tenido un hijo y una hija, que ya cursan estudios universitarios, y he pasado por distintos trabajos y empresas; ahora soy, voluntariamente, autónomo. También he cambiado varias veces de ordenador. Continúo siendo un impenitente futbolero y amante del buen trato al balón y, paradójicamente a veces, seguidor de un equipillo que últimamente solo me da disgustos de todo tipo.

La Unión Soviética había desaparecido pocos años antes en un acelerado proceso de descomposición que no evitaron las, seguramente lentas y tardías, reformas de Gorbachov; el socialismo real era algo bien distinto al proceso de emancipación y de libertad que anhelaron los teóricos marxistas. La última década del siglo fue la de la guerra de los Balcanes, que volvió a convertir a Europa en escenario de la barbarie belicista.

Más tarde, ya en el S XXI, vendría la segunda guerra de Irak, las mentiras de Bush, secundadas por el servil Aznar, y la hermosa marea ciudadana de oposición que llenó las calles de España y otros estados europeos. Y durante muchos años, el dolor de los atentados de ETA y, en la última etapa, la sanguinaria acción del fanatismo islamista en Madrid, París, Londres, Nueva York, Barcelona o Bruselas. Pero sin olvidar que la mayoría de los ataques y la inmensa mayoría de las víctimas se han producido en países musulmanes.

En ese período, Canarias ha contado con cinco presidentes del Gobierno, todos de Coalición Canaria, mantiene un sistema electoral “transitorio” desde 1982 y se empeña en “diversificar” su modelo económico. Eso sí, de una manera muy particular, como el patio de mi casa, disminuyendo el peso de la agricultura en su PIB, manteniendo a duras penas el de la Industria y creciendo el del sector servicios.

En España, con alternancia, hemos tenido dos presidentes socialistas y dos conservadores. Y hasta un 15M de acampadas y juveniles sueños, así como unas esperanzas de cambio, de regeneración democrática, frustradas prematuramente. También referéndum de independencia en Cataluña, DUI sin contar con suficiente apoyo ciudadano para tan trascendente decisión, suspensión de la autonomía a través del artículo 155 de la Constitución, detenciones de líderes y una situación que hace cada vez más difícil el imprescindible diálogo y el acuerdo entre las partes.

Ahora estamos inmersos, como dice Joaquín Estefanía, en una oleada reaccionaria en Europa y en el mundo, con una socialdemocracia desmantelada, en retroceso permanente, sin liderazgos; mientras ganan espacio los más variados populismos en los que se hace un relevante hueco la extrema derecha de siempre, la xenofobia y el racismo. La desigualdad se impone y los hijos comienzan a vivir peor que sus padres.

Estuvimos, eso aseguró alguno con desparpajo, jugando la champion económica y mientras se tomaron algunas decisiones muy positivas -la aprobación de la ley de la dependencia o de otras que afectaban a la defensa de la igualdad entre mujeres y hombres, así como los derechos del colectivo LGTBI-, la Constitución se cambiaba en un pispás para satisfacer a los mercados, y no precisamente al Central o a la Recova.

Crisis económica. Hemos padecido una crisis económica brutal que se ha saldado con una transferencia de riqueza de los más pobres a los más ricos. Como en el bosque de Sherwood, pero al revés. El panorama que ha dejado es de desempleo y pobreza, así como de bajos salarios, dañando también a los servicios públicos. Ahora nos esperan, además, los riesgos de la creciente robotización, que eliminará mucho de los actuales empleos, hasta un 40% dicen algunos.

Vimos como Rodrigo Rato pasaba de héroe («el mejor ministro de Economía de la democracia», decían sus compañeros de filas y más de un periodista, antes y después de encumbrarlo al Fondo Monetario Internacional, FMI) a villano, y como por los juzgados pasaban muchos dirigentes políticos, especialmente de las comunidades de Madrid y Valencia, pero no solo. Hasta algún miembro de la Casa Real tuvo que sentarse en el banquillo.

Y ya que de eso hablamos, hemos asistido a la sucesión de un Rey, hoy emérito, desprestigiado por sus variadas cacerías, escándalos y amoríos, a otro joven y sin tan cargada mochila, que representa, a mi juicio, una institución obsoleta y de difícil encaje democrático, pero que, probablemente, haya recuperado parte del apoyo popular perdido.

El feminismo es hoy una de las más potentes banderas transformadoras y las mujeres han expresado tan clara como rotundamente que no piensan esperar más, que los cambios hacia la igualdad no pueden formar parte de una agenda que se asemeje al horizonte: esa línea que se ve pero a la que nunca llegamos. Junto a él, el ecologismo se torna en esencial si queremos salvar al planeta, no de presuntos invasores alienígenas, sino de la voracidad de un sistema económico tan depredador como insostenible. No es causal que cientos de líderes medioambientalistas, de defensores de la tierra sean asesinados anualmente.

Nos dejaron Nelson Mandela, Helmut Kohl, Adolfo Suárez y hasta el eterno Fidel Castro. Y también se fueron, pero están para siempre, Gabo, Galeano, Benedetti, Saramago, Delibes, la negra Sosa, Newman, Brando, Katherine Hepburn, Simone Veil, Carmen Martín Gaite, Rosa Parks, Vázquez Montalbán...

Me he mudado de casa tres veces. Y, pese a mis eternos despistes, se los prometo, no he perdido el trabajo de fin de máster, centrado en el tratamiento de la información sobre educación por parte de los medios de comunicación de las Islas, y con especial énfasis en la presencia del conflicto, las fuentes y los temas más reiterados. Defendido ante un tribunal correctamente constituido, que me concedió, creo que merecidamente, la máxima calificación. Y, sobre todo, trabajado durante muchos meses de revisión de archivos y de lectura de una amplia bibliografía; combinado con la asistencia, tres horas diarias a clase, durante más de un año.

Les aseguro, dos décadas más tarde, que no es imposible. Sí, se puede.

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