Lunes en África

Mierda

Está Donald Tump reunido con un grupo de congresistas y dice: «¿Por qué tenemos que dejar entrar a la gente de esos países de mierda?». Y al día siguiente, la Bolsa de Nueva York marca otro triple récord, el sexto en los quince días del presente año. La letanía del jueves se refería a los ciudadanos de El Salvador, Haití, Panamá y otros países africanos, a los que el dorado presidente ha restringido la entrada en Estados Unidos en los últimos meses. No parece que en esa reunión le convencieran de lo contrario.

Al cumplirse el primer año del excéntrico mandato, los balances resaltan las advertencias de los psicólogos y soslayan, o simplemente ignoran, las crecientes alegrías de los inversores. El comportamiento soez de este individuo expresa un ejercicio del poder que genera abundantes imitadores locales, al margen de los golpes de pecho de la comunidad internacional.

Lejos de resultar incómodo, su puesta en escena obedece a un patrón en alza. Los mercados lo bendicen, su base de votantes no para de crecer y su apoyo a la desregulación fiscal y medioambiental le fortalece alianzas en el potente lobby petrolero, desde Rusia a Arabia Saudí o Israel. En ese contexto, se presenta como un líder con éxito, y toda resistencia debe ser destruida.

Esas actuaciones que rebasan todos los límites de la cordura no son tan ajenos como podría parecer. Esta semana se constituye el Parlamento catalán. Bastará entonces con escuchar a Carles Puigdemont parapetado en su mundo virtual para percibir las similitudes.

En Canarias, un paseo por los pasillos de los hospitales aclara el tratamiento que se da a los pacientes que no tienen otro sitio a donde ir. Sólo falta que algún responsable político aporte el vocabulario de moda. Porque el aprecio a los abandonados, ya sin tapujos, destila el aroma de las alcantarillas.