Opinión

Las Palmas, 1936

19/09/2018

Cuesta imaginarse cómo era Las Palmas de Gran Canaria en los prolegómenos del inicio de la Guerra Civil. Cómo tuvo que ser aquella ciudad y la mentalidad de la sociedad, siempre isleña, a escasos meses de que estallase el conflicto. En las islas no hubo guerra tal cual ni frentes de batalla con trincheras pero sí represión, mezquindad humana y amaneceres con paseíllos que acabaron con las vidas de los que no pensaban igual a partir del 18 de julio de 1936. Sin ir más lejos, pensemos en la sima de Jinámar. Cuánto sufrimiento, lágrimas y aullidos tuvieron que condensarse allí por obra y gracia de unos pistoleros fascistas que actuaban a su mero antojo. Si los datos que manejo son ciertos, uno de ellos todavía tiene un colegio público a su nombre en las medianías de Gran Canaria. Menuda vergüenza.

«En las islas no hubo guerra tal cual ni frentes de batalla con trincheras pero sí represión»

A tan poco tiempo de un golpe de Estado, lo normal es que haya tensión social. No se pasa de la normalidad de la calle al guerracivilismo de la noche a la mañana. Pero de ahí a cuestionar la legitimidad y el desarrollo razonable de la convocatoria electoral de febrero de 1936 en la que ganó el Frente Popular, es otro cantar. En este contexto se desenvuelve el último trabajo de los historiadores José Miguel Pérez García y José Alcaraz Abellán: Las elecciones de 1936 en Las Palmas (Ediciones Idea). Un estudio en el que viene a constatarse que el gran hecho entonces es la división de las llamadas derechas en la isla que responde a conflictos e intereses empresariales del momento (que se pone de manifiesto en los resultados de Teror y Arucas) y que para nada asoma el fraude masivo que invalide aquella cita con las urnas.

Desvirtuar el sentido de las elecciones de 1936 justificaba el golpe de Estado frustrado que culminó en Guerra Civil (1936-1939). No solo respaldaba el sacrificio (la apelada cruzada de salvación) a nivel interno sino que de cara a la comunidad internacional lo justificaba. Ya se sabe que la Historia la escriben siempre los vencedores y, ya en democracia, es necesario ser precisos y no contaminar hechos anteriores a la dictadura que pudiesen dar pábulo a lo que hicieron Franco y sus correligionarios. Salvando las distancias, que son muchas, hay ejemplos de intentar enredar el proceso y resultado de citas electorales. A algunos dirigentes del PP de José María Aznar les costó asumir la noche electoral de 1993 que Felipe González había ganado (¡otra vez!). Y en los comicios de 2004 enseguida asomó todo tipo de teorías conspirativas sobre los días previos amén de los atentados de Atocha. Hubo quien dijo la temeridad de que había que volver a votar. Y es que en democracia, por fortuna, las elecciones lo son todo.