La imagen que nunca se puede dar

«Paseaba por Santa Catalina y su entorno y me avergonzaba de la imagen que se transmitía los turistas»

Francisco José Fajardo
FRANCISCO JOSÉ FAJARDO

En tiempos de pandemia, la recuperación económica es una de las grandes prioridades para nuestros gobernantes junto a la búsqueda de una vacuna que combata al dichoso coronavirus. Ese despegue, en nuestras islas, pasa en gran medida por la reactivación del sector turístico, pero muchas veces tengo la sensación de que las instituciones en Canarias se centran mucho cuestiones de gran relevancia y deja a un lado los detalles que, realmente, marcan la diferencia entre un destino turístico y otro. De forma general, cuando hablamos de las carencias que hay en Gran Canaria ponemos como ejemplos las zonas del sur que están descuidadas, las infraestructuras de servicios que llevan décadas sin actualizarse o los entornos abandonados de nuestros parajes naturales. Y es cierto que todo esto ocurre, pero no hay que irse muy lejos para ver que esas taras las padecemos en la propia capital.

El otro día paseaba por el parque Santa Catalina y todo el entorno portuario y me avergonzaba de la imagen que transmitía Las Palmas de Gran Canaria a aquellos miles de visitantes que llegan cada año en crucero. Me encontré, para empezar, con un Centro Comercial El Muelle en fase de remodelación pero totalmente abandonado. Seguí caminando hacia la plaza del Intercambiador y el aspecto era desolador. Papeleras rotas, los carteles anunciadores hechos con plantas sin apenas podar, y el suelo del propio parque totalmente roto y plagado de parches chapuceros. Era difícil caminar un rato sin encontrarte con un mosaico de baldosas y cemento en lo que, se supone, que es una de las puertas de entrada más importantes de nuestra ciudad.

Luego estaba la zona donde han colocado la réplica de la carabela La Niña II, una iniciativa que me encantó en su momento pero que ahora que se ha convertido en un punto de encuentro de propietarios de perros que ignoran que, en otra parte del parque, hay un rincón específico para los canes. Y no estoy en contra de que los perros puedan disfrutar de un parque al aire libre, todo lo contrario, pero el olor a orina y excrementos de los animales debajo del barco era insoportable. Y todo ello, en un enclave que se ha convertido en punto de encuentro de numerosas personas sin hogar que pasan el día y duermen en los jardines y hasta se han hecho sus pequeñas habitaciones aprovechando cualquier monumento o rincón. Es una lástima, pero el Ayuntamiento debería poner interés en embellecer y mostrar otra imagen ante los que nos visitan. Está aquí, en el corazón de la capital, por lo que invito a los que mandan para que se den un paseo y vean todo lo que les narro. Triste, pero cierto.