Por si le interesa

La Constitución, antídoto a la quinta columna

22/05/2019

Gaumet Florido

Hay un pasaje en el libro Campo de los Almendros, de la serie El Laberinto Mágico que sobre la Guerra Civil escribió Max Aub, en el que uno de los personajes confiesa a otro cómo le preocupan los quintacolumnistas que ya asomaban la patita en Alicante. Era el último y acorralado bastión que le quedaba a la agonizante II República española en plenos estertores del conflicto bélico, en marzo de 1939. Con el Gobierno constitucional ya fuera de España tras el golpe de Estado de uno de los suyos, el coronel Casado, los leales al sistema republicano vagaban de Alicante a Valencia y viceversa a la espera de barcos salvadores mientras aguantaban que los afectos al bando sublevado empezaran a soltarse la melena. De vez en cuando pasaba un carro y sus ocupantes gritaban Arriba España para provocar a los que, con el corazón encogido, se arremolinaban en el puerto, días enteros, a la espera de noticias. Es probable que algunos de aquellos agitadores ocasionales pocos meses después se mancharan las manos de sangre con los que quedaron atrapados en aquellas tierras.

Son como caballos de Troya. Entran disfrazados para atacar en cuanto vean la oportunidad

Estos días se me vino a la memoria este relato literario basado en la historia de aquel conflicto para reflexionar, sin extrapolarlo a la realidad actual (que no tiene que ver pues el contexto es otro), sobre el papel de los quintacolumnistas, esas figuras agazapadas que están contra el sistema establecido, sea cual sea, y que trabajan desde dentro para dañarlo. Son como caballos de Troya. Entran disfrazados para atacar en cuanto vean la oportunidad, en cuanto huelen la herida por la que hurgar. Lo más difícil es dar con ellos, identificarlos, pero me pregunto si una vez están localizados conviene o no neutralizarlos.

Esos quintacolumnistas pueden ser personas de carne y hueso, o también pueden ser ideas. De carne y hueso es Trump, un tipo que se nos coló porque nadie se lo tomó en serio y que ahora pone en riesgo la estabilidad mundial. O Putin, que se pasa por el arco del triunfo las normas de convivencia internacionales. O pueden ser ideas, como aquellas que, por ejemplo, pretenden socavar los derechos LGTBi, que ponen en duda la necesidad de avanzar hacia la igualdad real de las mujeres o que anteponen las fronteras a la solidaridad humana.

Ahora que se sientan en el Congreso de los Diputados, en el templo de la democracia española, algunos de los que las defienden, veo más necesario que nunca activar un antídoto que evite que se cuelen en el sistema. No hablo de prohibir ideas, hablo de evitar que pasen al ordenamiento jurídico. Nosotros tenemos cómo hacerlo, con la Constitución. Es nuestra principal arma. Ya garantiza algunos de esos derechos sobre los que algunos dudan, pero hay que blindarlos frente a veleidades ideológicas y electorales.