Psicografías

La condición insular

20/01/2019

Un isleño siempre es un Ulises. Viajamos y demoramos los regresos, y vivimos con un pie dentro y otro fuera de la isla. Si estamos en el continente visualizamos los mares en las cordilleras o en los horizontes mesetarios, y si estamos en una isla alzamos la mirada todo lo que podemos para tratar de encontrar orillas continentales más allá de ese espejismo que aprendimos a vislumbrar rodeados de agua desde la infancia. El mar se escucha siempre en nuestra cabeza. Solo tenemos que cerrar los ojos para navegar lejos o para flotar como si aún siguiéramos nadando plácidamente en el líquido amniótico.

Estos días, Azulia Editorial ha reeditado La condición humana del insular, de Domingo Pérez Minik. Leí a Pérez Minik hace muchos años, cuando regresé a la isla después de estar mucho tiempo lejos. Andaba desubicado, como esos marineros que aún sienten el vaivén del océano en el asfalto. Mi generación quería salir cuanto antes. En aquellos años, la isla estaba todavía más lejos de los centros en los que se gestaban la literatura, la pintura o las investigaciones científicas. No había Internet y volar costaba una fortuna. En aquel regreso me encontré con este ensayo del escritor tinerfeño y recuerdo subrayar, como mismo he hecho ahora, este párrafo: «Poeta y emigrante, nuestro insular es ese hombre que cuando se queda a solas, canta. Pero este canto no lo resiste mucho tiempo y, pronto, sobre el vehículo circundante de su geografía pone un puente de plata y con buen fresco emigra, llevándose a las islas en su corazón».

«Leí a Pérez Minik hace muchos años, cuando regresé a la isla después de estar mucho tiempo lejos. Andaba desubicado, como esos marineros que aún sienten el vaivén del océano en el asfalto».

Minik abogaba por lo cosmopolita, por los encuentros de culturas distintas, por aprender del extranjero y por salir para regresar luego con una mirada nueva que evitara los provincialismos y esos endiosamientos locales de quienes no se han asomado más allá de la punta de La Isleta. El libro de Azulia, además, cuenta con unas magníficas fotografías de Carlos A. Schwartz.

Volver a un texto ya leído también es como regresar a una isla en la que uno estuvo solo, concentrado en cada palabra y en cada planteamiento, durante muchas horas. Y cuando encuentras párrafos que ya subrayaste un día, te encuentras a ti mismo en aquel otro tiempo en que leías lo que ahora ves con otros ojos por haber leído muchos más libros y por haber viajado a muchos más sitios. Vivir en una isla es como vivir en un libro, o como tener un libro siempre cerca.

Algunos deciden leer o mirarse a sí mismos cuando se asoman al mar. Otros se siguen viendo eternos o no valoran ni su condición insular, ni su condición humana.Vale la pena aprender a pensar un poco más en nosotros mismos, y por ende en la humanidad entera, leyendo lo que plantea Pérez Minik sobre el ser humano, y sobre esa isla que siempre llevamos con nosotros a todas partes.