Por si le interesa

Innecesaria crueldad de Sanidad

03/07/2019

Gaumet Florido

Ya lo hice una vez cuando clamé, a los cuatro vientos y con una herida todavía muy abierta, que la gente exigiera sus derechos en Urgencias y ahora, cinco años después, me reafirmo tras conocer el caso de una chica teldense de 30 años que salió de un centro de salud con el diagnóstico de una faringitis viral y bastó el trayecto al hospital para que fuera ingresada en el Insular por una supuesta neumonía que derivó en un shock séptico y acabó con su vida en solo cinco días.

Entonces usé la expresión morder, en evidente sentido figurado, aunque hubo quien lo interpretó, malintencionadamente, como un intento de incitar a la violencia. Nada más lejos de la realidad. Y por supuesto, nada más lejos de mi intención. Póngale el verbo que le plazca. El diccionario es muy rico. Cuando vaya a las Urgencias de cualquier centro sanitario público de Canarias exija, reclame, clame, pida, reivindique, exhorte, inste, requiera, implore, solicite, interpele... Elija usted el término, pero eso sí, porque le puede ir la vida en ello, no se calle nunca.

La misma Sanidad que no supo salvarla, ahora, ya muerta, alega que la protege. Cruel

Esa joven intuía que algo iba mal. Que le dolía demasiado. Que se sentía muy débil. Pero confió en quienes la atendieron en Urgencias de Atención Primaria. Puso su salud, y su vida, en manos de quienes la despacharon como a uno más, como a tantos que podían mandar a casa con un simple tómese un termalgin. Vaya por delante que no dudo de la profesionalidad de la inmensa mayoría del colectivo médico, pero el problema es que su responsabilidad es muy alta, muy, muy alta, y cuando se equivocan, se equivocan con la vida de seres humanos. Quién sabe si aquella joven habría estado hoy viva si alguno de los que la vio en el centro de salud le hubiera dedicado 10 minutos más. O si quiso comprobar su diagnóstico con alguna prueba que fuera más allá de su, no digo que no, científica intuición. Lo cierto es que aquella chica hoy ya no lo puede contar. Cuando entró en Urgencias del Insular llamó a su pareja y padre de su niño para transmitirle, sorprendida, que después de tantas idas y venidas resulta que tenía neumonía. La mandaron a la UCI, la sedaron y ya no dijo nada más. No pudo decir nada más. Su vida se apagó, pero no su eco.

Su madre, Lucía, ha decidido heredar la lucha que, está segura, su hija habría emprendido. Quiere saber la verdad. Pero se ha topado con un muro, un muro cruel, el de la Sanidad burocrática, esa que se agarra a un clavo ardiendo para decirle a su madre, con todo el cinismo, que le niegan la información que ella pide precisamente para garantizar la protección de su hija. Tal cual. Le hablan del derecho a la intimidad de su hija. A su madre. Sin ponerse coloraos. La misma Sanidad que no supo salvarla, ahora, ya muerta, alega que la protege. Cruel.