El Guernica y la vergüenza ajena

Emilio González Déniz
EMILIO GONZÁLEZ DÉNIZ

Que los devotos de la guerra y la destrucción como negocio utilicen la burla y el menosprecio para satirizar los sentimientos más nobles del ser humano no es nuevo, pero nunca habían llegado tan lejos en su prepotencia o su torpeza (prefiero creer que fue lo segundo, porque lo otro sería una ofensa de dimensiones aterradoras), como en el posado fotográfico que las esposas de los mandatarios de los países miembros de la OTAN realizaron hace unos días en el Museo Reina Sofía de Madrid, delante del Guernica, pintado en 1937 por Picasso.

El Guernica de Picasso no solo fue el mural imprescindible de un par de generaciones, cuando todavía se conservaba la memoria oral de quienes vivieron las atrocidades de la última gran guerra en España y en el Mundo, sino que nació para convertirse en una de las obras más representativas del siglo XX. Siempre hemos sabido que la ultraderecha española y mundial se toman el cuadro en plan chanza de los rojetes que querían hacer el amor y no la guerra, porque se volvió bandera de los deseos de paz a través de horror. El óleo sobre lienzo que surgió con vocación muralista (mide 3,5 metros de altura y casi ocho de longitud) es una muestra sobrecogedora del genio humano, es tan influyente desde el punto de vista político como histórico o emocional. Lo es también desde el mero plano artístico, hasta el punto de que se suele decir hiperbólicamente que, a partir de esta obra de Picasso, el arte pictórico se ha hecho a favor o en contra del Guernica.

Como es bien sabido, el cuadro es un encargo que hizo el gobierno de la II República para la Exposición Universal de París en ese año de 1937, con intención de concienciar sobre la guerra civil que acababa de empezar, y buscar simpatías y apoyos de los gobiernos europeos, que luego serían los aliados, para luchar contra el fascismo que ya sobrevolaba Europa. La visión del cuadro fue un aldabonazo, y logró simpatías de los medios y de millones de personas, pues recorrió media Europa, pero no el apoyo de los países poderosos, que permitieron que la Alemania nazi y la Italia fascista hicieran un ensayo general de la guerra que ellos mismos iniciarían dos años después haciendo alianza con Japón: la mayor matanza de la Historia de la Humanidad.

Cuando la guerra se desató, pilló al cuadro de gira, y como Picasso no quería entregarlo a Franco (era propiedad del Estado español), lo envió al MOMA de Nueva York hasta que en España hubiera un gobierno democrático. El regreso definitivo a España tuvo lugar en septiembre de 1981. En realidad, el cuadro se llama así porque cuando Picasso buscaba un hilo conductor de obra tan magna, aconteció el bombardeo de la simbólica ciudad vasca por parte de la aviación alemana e italiana. La cabeza del genio lo tuvo claro, y el 1 de junio, solo cinco días después, ya estaba trabajando directamente sobre aquella superficie de unos 27 metros cuadrados. 35 días después, el 4 de junio, estaba terminado, y su proceso fue documentado fotográficamente por Dora Maar, que entonces era amante del pintor, entre otras (pero esa es otra historia).

Para realizar una obra de tanto simbolismo, tanta fuerza y tantos mensajes entrecruzados hay que poseer, además de un talento descomunal, la fuerza física de un atleta y tener grabada en el ADN toda la historia del arte, pues hay guiños al Greco y, por supuesto, a Goya, y así nació un cuadro que es como un mito clásico, pues contiene muchos relatos enlazados que caen de golpe sobre quien mira el cuadro con un mínimo de sensibilidad. No es posible decir que el cuadro significa «esto». No, es toda una reflexión que puede conducir a quien lo contempla a conclusiones muy complejas. Lo que sí está claro es que se trata de un alegato contra la guerra y una denuncia de la crueldad de la que somos capaces los seres humanos.

Madrid, 29 de junio de 2022. Las delegaciones de más de 30 países discutían sobre el fortalecimiento de una alianza militar, siguiendo la máxima romana de «si vis pacem, para bellum» (si quieres la paz, prepara la guerra). No tomaría yo por sabio consejero de la paz a uno de los imperios más belicistas de la Historia. El caso es que, para entretener a sus esposas, mientras los dirigentes preparan la guerra (es por la paz, aceptamos pulpo) a alguien se le ocurrió hacer una gran foto «jijí-jajá» delante de la obra más dolorida y crítica con la guerra en muchos siglos. Si fue adrede, o si fue ignorancia, torpeza o ineptitud es lo de menos. Han ofendido la memoria de millones de muertos, y a mí me han causado indignación y vergüenza ajena. Lo siento.