Franco y el sebastianismo

Emilio González Déniz
EMILIO GONZÁLEZ DÉNIZ

Cuando hablamos de que hay personas que viven una realidad paralela, pensamos que se trata de una anomalía que alguien sufre en la percepción del mundo que le rodea. Si pensamos que esa percepción irracional se produce en un grupo de gente muy numeroso, no solo es peculiar, sino que podemos pensar que esto no es posible. Pero sí que ocurre, y este fenómeno estamos viviéndolo ahora mismo en España con Franco, como hemos visto con gran nitidez el reciente 20 de noviembre, aniversario de su muerte.

Si miramos la historia reciente, vemos que a grandes figuras se las recuerda positiva o negativamente con el convencimiento real de que ese líder es pasado, un capítulo más de los libros de historia. Se pasado página con la mayor parte de los grandes figurones, desde Lenin y Trostki hasta Hitler y Mussolini. Mao, aunque teóricamente siga en pie el régimen que levantó, ha sido enterrado por los chinos. Franco, sin embargo, no es que resucite, es que para un grupo, entre los que cuentan incluso personas que nacieron después de su muerte, sigue vivo, más que un recuerdo es una idea que ya ha demostrado ser muy peligrosa.

Este fenómeno nos lleva inmediatamente a recordar el sebastianismo, memoria colectiva en Portugal y su imperio que traspasó siglos y rompió con la lógica de lo racional. El rey don Sebastián I de Portugal fue dado por muerto en 1578 cuando realizaba una cruzada a destiempo contra el sultán del norte de África. Desde entonces, a pesar de que se entregó un cuerpo que acabó enterrado en Los Jerónimos de Lisboa, hubo dudas de si realmente murió en la batalla de Alcazarquivir. Su muerte-desaparición fue en la práctica el final de la Casa de Avís, la que llevó a Portugal a ser una de las grandes potencias descubridoras, y coincidió con el comienzo del declive del entonces poderoso imperio luso.

Hasta ahí puede seguirse el relato con lógica, pero es que los portugueses siguieron esperando el regreso de don Sebastián (y con él la gloria del Imperio) durante siglos, pues hasta Fernando Pessoa, más de cuatrocientos años después, alimenta esa leyenda, supongo que metafóricamente. Es irracional que personas con dos dedos de frentes esperen que reaparezca alguien que vivió tres o cuatro siglos antes, la vida humana no da para tanto. Sin embargo, hay zonas del noreste de Brasil –entonces parte del imperio luso- en las que aún hoy, en 2017, siguen esperando que aparezca don Sebastián montado en un caballo blanco para salvarlos. Es un fenómeno, tan increíble como demostrable, lo que viene a decirnos que no hay que subvalorar la potencia y el peligro de los mitos.

Por ello, viendo el escalofriante entusiasmo con que ciertos grupos invocan a Franco (no al franquismo, que eso sería otra cosa), me pregunto si no estamos asistiendo a un nuevo sebastianismo, que pasa por encima de años y razonamientos y cree que puede volver en todo su sangriento esplendor un hombre que está muerto y enterrado bajo una losa de dos toneladas. Posiblemente esto responda a que el franquismo se cerró en falso y que mientras no haya justicia no habrá olvido; lo cierto es que a veces tenemos la espeluznante sensación de que Franco sigue vivo. El escritor Fernando Aramburu, autor de la novela Patria, ha dichos en estos días que el franquismo no ha sido ideológicamente desactivado. Creo que es peor, es Franco el que sigue enchufado. Es necesario hacer un esfuerzo para desconectar, enterrar, pulverizar, exterminar a un mito que parece conducirnos a una reedición del mentado sebastianismo. Nunca hay que olvidar, precisamente para no reproducir el pasado, pero hay que seguir adelante con memoria pero sin mochila.