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España piensa titulares

23/10/2019

Gaumet Florido

España piensa titulares. Y Cataluña. Muchos españolistas y también muchos independentistas. Y eso no es bueno. Un titular a menudo apela a las emociones, de ahí que muchas veces sea pasto fácil del sensacionalismo. Es una llamada de atención, un fogonazo de luz, cuanto más refulgente mejor, que busca seducir para atraer al lector, para que profundice en una información y se entere de lo que pasa. Pero el problema es que, si nos quedamos solo ahí, más que iluminar, encandila. Una realidad sin matices es una mentira, y en un titular no hay tiempo ni espacio para los matices.

Claro, es más fácil vivir en un escenario binario: o blanco o negro, o todo o nada, o buenos y malos

Por eso es un riesgo que en este país cada vez haya más gente que piense titulares. Da igual la edad. La epidemia afecta también a los jóvenes, incluso a aquellos que han pasado por la universidad. Es justo lo que está pasando con el conflicto catalán. En uno y otro bando. Por eso no es difícil dar con gente, mucha gente, que trufa sus análisis de imágenes simplistas que vinculan a España con una mantilla negra y con un legionario, con un torero o con Franco. O que mezcla sus simpatías hacia un club de fútbol con la lucha por la independencia de un pueblo. O que confunde la legítima reivindicación independentista de una sociedad descontenta y que en su mayoría se manifiesta pacífica, con las acciones violentas de unos desalmados, que, por cierto, hay que perseguir de forma implacable, con la ley en la mano.

Por ejemplo, pensar titulares es Les metieron en la cárcel por votar (falso) o En Cataluña te miran mal si hablas español (falso), o Les cayó un siglo de cárcel (falso). Unas veces subrayan la anécdota. Otras, mezclan ideas reduccionistas. El caso es que con estos mimbres su visión del problema está viciada. Se engañan, y no lo saben, pero, claro, es más fácil vivir en un escenario binario: o blanco o negro, o todo o nada, o buenos y malos. Se posicionan en un lado y punto. De ahí a la radicalización solo hay un paso, y de la radicalización a la violencia, menos aún, apenas medio pasito.

En un escenario así, con gente que piensa titulares y emociones, es muy difícil resolver problemas complejos como sin duda lo es el derivado del procés. Pero es que si, para colmo, el contagio de ese simplismo, real o interesado, ha llegado a la clase política, a los que han de sentarse en nombre de los demás para buscar una vía de diálogo, apaga la luz y vámonos.