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Acabo de ver la exitosa y oscarizada película Oppenheimer, una especie de juicio audiovisual del que llaman «el hombre más importante de la historia» porque fue el que hizo posible que la Humanidad alcanzara la capacidad de destruir el planeta. A esta maravillosa criatura le pareció poco haber descubierto la esencia de los agujeros negros y consiguió llevar la destrucción al paroxismo, pues no solo creó la bomba atómica de uranio que arrasó Hiroshima y la de plutonio que borró a Nagasaki del mapa, sino que también formó parte de los muchos científicos que consiguieron armar la bomba termonuclear de hidrógeno, que probaron por primera vez en 1946 en el atolón de Bikini perteneciente a las Islas Marshall en el Pacífico. Fue tal la potencia de aquel primer intento (durarían las pruebas una docena de años más) que el atolón se partió en dos, y es por ello que el diseñador parisino Louis Réard llamó Bikini a su creación del traje de baño femenino de dos piezas, que presentó ese mismo año. Aprovechó la fama repentina del atolón partido en dos para bautizar la nueva pieza, no sé si en un rasgo de humor negro muy francés, o como crítica a lo que aquello significaba.

Oppenheimer viene a ser el negativo del dios creador en todas las religiones. Nunca hasta él ningún hombre había alcanzado la capacidad de destruir el planeta, y quien sabe si habría llegado a tener el «don» de destruir el universo, porque bien que le advirtió Einstein sobre los peligros de una reacción en cadena fuera de control. Como todo, a veces algunos se encuentran con algo que realmente proviene de otros, porque el equipo que realmente tenía todos los boletos para fabricar antes una bomba nuclear era el alemán Werner Karl Heisenberg, pero se dijo entonces que no se adelantaron a los norteamericanos porque habían hecho mal los cálculos (él, el origen de la mecánica cuántica), o que el gobierno nazi no invirtió lo suficiente como hizo Estados Unido con el proyecto Manhattan.

Heisenberg en persona se encargó de dejar claro que él no cometió ningún error, pues a las 24 horas de haber estallado la bomba de Hiroshima, con los datos que dedujo de las características de la explosión, dio una conferencia explicando los detalles de la bomba americana, con lo que quedó claro que no falló en los cálculos, sino que simplemente no los hizo, e incluso trató de crear una alianza de los científicos de ambos lados de la guerra para que no dieran a sus gobiernos esa capacidad destructiva que sí le dio Oppenheimer a los Estados Unidos. Es decir, Heisenberg no quiso ser «el hombre más importante de la historia».

Esto nos muestra una vez más que la historia la escriben los vencedores, que ocultaron en una neblina informativa a Oppenheimer y trataron de justificar el genocidio de Hiroshima y Nagasaki propagando la idea de que Alemania habría lanzado bombas atómicas sobre París, Londres o Moscú, pero que no llegó a tiempo. Hitler posiblemente habría dado esas órdenes, pero la clave está en que no tenía ninguna bomba atómica que lanzar, sencillamente porque Heisenberg se la proporcionó, porque tenía los cálculos, el equipo y sin duda el Reich habría hecho el esfuerzo económico, pero es obvio que el gran científico que enunció el Principio de Incertidumbre no quiso. Bueno es que se sepa y por eso lo pongo negro sobre blanco, porque hasta intentó detener aquella locura a través de Einstein, que entonces andaba por Princeton y que tenía contacto y posible autoridad moral sobre Oppenheimer; pero este no hizo caso, a pesar de que Einstein le advirtió detalladamente que lo que tenía entre manos era poco menos que abrir las puertas del infierno, y que podría destruir, si no el universo, sí el planeta. Pero ni eso lo detuvo.

Todavía no tengo claro si esta película, con su magnífico reparto y su colosal puesta en escena, trata de justificar a un hombre ambicioso o incluso está haciéndole el juego al Pentágono con los aires de guerra que empiezan a soplar desde los 32 puntos de la Rosa de los vientos. Me extraña que una producción de semejante envergadura haya sido financiada alegremente, con el riesgo económico que ello supone, o bien los halcones interesados la han apoyado. No lo sé, pero se parece muchos a aquellas películas que financiaba el gobierno federal en los años cuarenta, encaminadas a convencer al pueblo americano, entonces muy opuesto a la guerra, de que había que entrar en la II Guerra Mundial. Fruto de esta política nacieron muchas películas, malas, regulares y algunas extraordinarias, como Casablanca.

Otro de elementos que abona mis dudas es que resulta muy sospechoso que nunca haya sido muy mediática la figura de Oppenheimer, ni siquiera cuando se habla de los agujeros negros, que es su gran aportación positiva a la ciencia. Cualquier personaje de menos relevancia es objeto de libros, documentales, páginas en periódicos y revistas, y programas de radio y televisión. Nada o muy poco, hasta el punto de que hay muchas personas que están convencidas de que la bomba atómica fue obra de Werner von Braun (entonces en Alemania, bajo las órdenes de Hitler), confundiendo al genio de los cohetes con el de la reacción en cadena. Oppenheimer Falleció en 1967 casi en silencio mediático. Lo han tenido oculto, y nadie se ha atrevido hasta hace muy poco. Sale ahora, precisamente en medio de las coordenadas políticas actuales, y lo convierten en un personaje de ficción, y solo se habla de lo buena que es la película y de las magníficas interpretaciones de los actores y actrices que componen la historia.

Nada se habla del significado del legado de este hombre, al que tratan de salvar en una escena en la que el presidente Truman prácticamente lo echa del despacho oval, el científico pone cara de incomprendido y descarga sobre los hombros del político todo el peso del criminal bombardeo de dos ciudades japonesas. Truman tiene una gran responsabilidad, es cierto, pero si fabricas una pistola para dársela a alguien que sabes que va a dispararla, hay una responsabilidad ética en el origen. Pues toda esa manipulación está en la película, aunque posiblemente haya más cosas que se me habrán escapado. Es como si estuvieran diciéndonos que hay coyunturas internacionales en las que solo es posible «La solución Oppenheimer». Y no, eso es falso; la guerra siempre es un paso atrás en la historia de la Humanidad. O bien, como decía Einstein, un regreso a las cavernas. ¿Queremos eso?

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