Ultramar

El naufragio

10/11/2018

Hace unos días, coincidiendo con el 30 aniversario de la publicación de la primera fotografía que mostraba el primer muerto por el naufragio de una patera en aguas españolas, ocurrió el 1 de noviembre de 1988, testimonio de lo que sería el comienzo de la migración por el estrecho de Gibraltar, se estrenó el documental El naufragio, un demoledor y escalofriante trabajo periodístico, realizado por el periodista grancanario Nicolás Castellano, especializado en el fenómeno de la inmigración.

«El sistema naufraga si piensa que con cordones ‘sanitarios’ y represivos puede aislarse del sufrimiento»

Partiendo de aquella foto que realizara Ildefonso Sena en un playa del Campo de Gibraltar, publicada en el Diario de Cádiz y que ilustraba una información que daba cuenta de la muerte de 18 personas tras naufragar la embarcación en la que viajaban, Nicolás Castellano nos muestra tres décadas de un drama que ha ido en ascenso y que ya se ha cobrado en las rutas marítimas hacia España 25.000 vidas, según estimaciones de ONG. Esta semana hemos sabido que en los que va de año en aguas del Estrecho ya han perecido 570 personas, la peor cifra en una década.

El naufragio es un documental, pero, sobre todo, es la constatación del naufragio de un sistema incapaz de hacer frente a una realidad, incapaz de entender que el fenómeno migratorio no cesará mientras las economías de origen no creen empleo y que responde a la defensiva, parapetándose tras vallas y sucumbiendo a políticas excluyentes y aislacionistas, sin importarle renunciar a los valores que le permitieron nacer; imaginando que con cordones sanitarios y represivos puede aislarse del sufrimiento que pone en marcha esas caravanas que atraviesan las fronteras y el mundo.

Pero al naufragio se llega tras un camino. En el caso de los inmigrantes, incluso de años a través de un desierto inclemente que devora a miles de ellos. Unos 30.000 se considera que yacen en las arenas del Sáhara. A esos ni los vemos. ¿Y lo que no se ve no existe? El camino de ignorar la realidad aboca también al naufragio, en este caso de un primer mundo que, por más que quieran algunos, no puede permanecer ajeno a los movimientos migratorios, que son una constante en la historia de la humanidad. Sin embargo, por ahí parece que algunos quieren que camine Europa, aunque todavía sus ciudadanos prefieren las democracias a las dictaduras, las sociedades abiertas a las cerradas pero que, sin embargo, empieza a sucumbir a los cantos de sirena que abogan por darle la espalda al mundo, sometiéndose a poderes espurios y no dando respuesta a los problemas cotidianos, lo que no hace otra cosa que engordar la indignación y poner en solfa, aún más, la credibilidad de las instituciones.

Hacen falta respuestas, tanto para la inmigración como para le cohesión territorial, la economía, la banca o el Supremo; salvo que, por inacción, se quiera institucionalizar eso que algunos ya llaman «democracias diabéticas».