La opinión

El desconocimiento de la Historia

30/11/2017

Siempre he sido -o he pretendido ser- un optimista, aunque esa palabra tiene cada día menos pedigrí. En todo caso, prefiero ver el lado positivo de las cosas (vale, el posible lado positivo), y a lo mejor se mezcla eso con unos gramos de esperanza en que lo que sea vaya mejor. Por eso a menudo me dije durante mucho tiempo que esa división encarnizada de las dos Españas ya era historia. No hay acuerdo sobre el momento en que empezó a emponzoñarse esa dualidad; unos dicen que es desde las Guerras Carlistas, otros que desde el absolutismo de Fernando VII, y otros lo sitúan más atrás. Luego, los optimistas-positivistas o cegatos como yo llegamos a creer por un momento que la Transición había acabado con todo eso. Pero no, me rindo. Dirán que procede de las diferencias sociales, de la Inquisición, del fanatismo religioso, de las guerras civiles; puede ser, pero de todo eso ha habido en Italia, en Francia, en Inglaterra, en toda Europa, y en ninguna otra parte hay tanta cerrazón y tanta bilis a punto de reventar.

Desde que Machado escribió lo de las dos Españas, este concepto ha sido elevado a dogma, como algo especial y único en el planeta. Es cierto que hay dos Españas (o más, ¡Viva Cartagena!), pero también hay más de dos Francias, Italias y casi cualquier estado que invoquemos. Las sociedades están estratificadas, y hay una parte que no quiere que cambie porque tiene la sartén por el mango, y otra lo contrario porque entiende que la situación es injusta. Si a eso se le asuman diferendos territoriales, religiosos o de cualquier otra índole, ya tienen los políticos para agarrarse al victimismo, la desigualdad y hasta la superioridad según y dónde convenga.

De las dos Españas machadianas, solo hay una que nos ha helado el corazón, nos ha comprometido el futuro y siguen enfrascada en su particular lucha por el poder. Esa es la España que nos tiene hasta las narices, porque mientras la gente -la España indefensa y sin capacidad de decisión- lo está pasando muy mal, la otra España está en su película de representaciones y prebendas. A esta España no le importa el Ayuntamiento, el Cabildo, la Comunidad Autónona, el Estado. Solo el poder, y lo llena todo de mentiras, campañas de imagen y tonterías que para nada sirven. Estos políticos bien trajeados no se plantean la lentitud de la justicia (si ellos mismos son lentos hasta para tomar posesión...), la angustia de tanta gente sin trabajo, el abandono de personas sin recursos, helado de frío porque la energía, como los medicamentos, es otro gran negocio que no se puede tocar. Pensábamos que un movimiento como el 15-M aportaría algo nuevo, pero cuando ha cristalizado sigue el juego de siempre.

Los maximalismo que duraron en Europa hasta mediados del siglo XX se fueron atenuando porque las migajas que caían para los de abajo eran un poco más grandes y llegaban a categoría de mendrugo, que llamaron Estado de Bienestar, aunque las distancias seguían siendo abismales, pero se notaba menos. Siempre fue así, pero en España se suele anunciar la llegada del otro como si fuera el fin del mundo: ¡Que viene la derecha! ¡Que vienen los rojos! ¡Que España se desmembra! Y ahora pasa igual, pero ya nadie se atreve a gritarlo con mucho convencimiento, porque hemos visto cómo unos y otros hacen cosas que no concuerdan con sus discursos. Por lo tanto, tal vez sea hora de tratar de acabar con el mito de las dos Españas como algo excepcional en el mundo. Las desigualdades, los privilegios y las injusticias son planetarias, y por lo tanto no hay que conformarse, sino plantearlo planetariamente. Quienes cortan el pastel demuestran no solo incapacidad sino desconocimiento de la Historia. Pero, como dicen en mi pueblo, con estos bueyes hay que arar. No es poca tarea para siglo XXI.