Domingos tristes

Que descanse en paz el genio, tanto como escritor como articulista y polemista.

Victoriano Suárez Álamo
VICTORIANO SUÁREZ ÁLAMO

Los domingos ahora serán más tristes y aburridos. Nos hemos quedado sin la ironía, lucidez y controversia de los artículos de Javier Marías en el periódico 'El País'. El escritor, fallecido ayer, era un polemista. Sabía que con sus opiniones levantaba ampollas. No transitaba por las redes sociales, pero sabía que en ese estercolero intelectual le esperaban cada domingo para atacarle y vilipendiar sus aseveraciones. Le importaba un rábano. O puede que no. Como era infinitamente más inteligentes que los 'ofendidos' y 'odiadores' profesionales de las redes, los alentaba a la vez que iluminaba al resto con artículos con los que, lógicamente, no siempre estabas de acuerdo. Pero eso es parte del juego democrático y de la prensa libre, algo que en internet les suena a chino.

La otra vertiente de Javier Marías es la más importante y a la vez la más desconocida para muchos, incluidos los que le odian. Su universo literario era único. Apabullante. Fue capaz de crear un estilo propio, que entrelazaba los modos de los grandes clásicos, a los que tanto había estudiado, leído y admirado, con la vanguardia y su sello personal e inimitable.

Contaba con una legión de lectores en España. Fieles y que lo idolatraban, pero lejos de las cifras de los 'best seller' y los fenómenos efímeros que tanto imperan y apasionan en estos tiempos donde la mediocridad se ha adueñado de buena parte del mercado editorial, como de casi todo.

En la Real Academia de la Lengua también han perdido a uno de su díscolos por excelencia. Y es que en todo, pese a todo y muchos, Javier Marías siempre destacaba. Que descanse en paz el genio.