La arista

Dime de qué presumes

10/08/2019

Intoxicado por Rosa Dávila, Fernando Clavijo le cogió el gusto a hablar de la economía de su Ejecutivo. Tanto el expresidente como la ex consejera de Hacienda presumieron por todos los rincones de Canarias de tener las mejores cuentas de la historia de la autonomía, saneadas y frescas, las mejores inversiones y hasta el dinero suficiente para cambiar el modelo económico de Canarias. Acusaron al Gobierno de Sánchez de bloquear partidas de los presupuestos. Se agarraron a la deuda histórica, a los flecos de los presupuestos, a las sentencias judiciales... para pedir más y más a pesar de que todo les iba extraordinariamente bien.

Tuvimos que aguantar toneladas de propaganda en cada una de las presentaciones de los ejercicio presupuestarios. Previsiones económicas desbordadas de entusiasmo, recaudaciones históricas de impuestos, cumplimientos en la ejecución... además del manido discurso, siempre políticamente correcto pero vacío de contenido real, del talante social del dinero que administraban y que al final se gastó, básicamente, en sueldos al personal sanitario y a los profesores. Como mandan los cánones de la derecha, Rosa Dávila y Clavijo se apuntaron a la bajada de impuestos, en la convicción de que la economía se movería más y mejor.

Tanto gusto le cogieron al asunto que hasta anunciaron una desobediencia masiva para gastar el dinero del superávit del que presumían. Reunieron en palacio a todos los agentes sociales, aún sabiendo que era ilegal lo que pretendían hacer. Repartieron el dinero, como no, a gasto social, mientras comprometían partidas, que no estaban contempladas en los presupuestos, con sus allegados para dar rienda suelta a su política clientelar, dejando un agujero de más de cuatrocientos millones de euros.

«Nada de lo que predicaron para Canarias era cierto. Madrid ya había advertido a Clavijo y a Rosa Dávila de que la comunidad entraba en barrena, pero lo ocultaron hasta el último momento»

Presumieron pomposamente y hasta la extenuación de cumplidores con las cuentas. Tanto que algunos nos preguntamos si no era mejor gastar e incumplir que mantener el tono estoico del gasto por el simple hecho de ser los mejores de la clase. Se presentaron como adalides del buen hacer presupuestario y acusaron a Madrid de castigar a los que lo hacían bien, los canarios, y premiar a los que más gastaron. Todo un carajal de propaganda que escondía una realidad bastante distinta.

Nada de lo que predicaron para Canarias era cierto. Madrid ya había advertido a Clavijo y a Rosa Dávila de que la comunidad entraba en barrena, pero lo ocultaron hasta el último momento. Las previsiones macroeconómicas también la conocían, entrábamos en la zona de enfriamiento económico, y que Canarias, como siempre ha ocurrido, se resfriaba la primera ante cualquier estornudo en España y Europa. El turismo daba las primeras señales de retroceso y no hicieron nada. Prefirieron seguir presumiendo de cuentas. Bajaron los impuestos y la economía no se movió, la recaudación cayó estrepitosamente y afectó a las arcas públicas y, por supuesto, en año electoral, gastaron mucho más dinero del que debieron, dejando una herencia envenenada a sus sucesores. A Román Rodríguez se le abrieron las carnes ante los primeros informes reales de la situación. Estupor ante las mentiras del régimen y desolación para poder cumplir con la agenda social que mueve el alma de este gobierno progresista. Rodríguez heredó una comunidad con claros síntomas de resfriado económico, con previsiones a la baja, con una administración que corre el riesgo de ser intervenida por Madrid, con un agujero presupuestario de más de cuatrocientos millones y con la dura tarea de tener que comenzar una legislatura a base de recortes.

Las mentiras, señor Clavijo y Doña Rosa, tiene las patas cortas, pero también, siempre, duras consecuencias, que, evidentemente, ustedes no pagarán de sus bolsillos, pero si todos los canarios.