Un momento de la inauguración de la feria de artesanía, algo más animada. / C7

Desarraigo

Gaumet Florido
GAUMET FLORIDO Las Palmas de Gran Canaria

Se escuchaba cierto griterío infantil, cosa que agradecimos. Una calle muerta de domingo gris se hace cuesta arriba si no hay más compañía que el silencio. Es tiempo casi de víspera (tres días antes), de vísperas de San Gregorio, el patrón que hoy celebra Telde, pero nadie lo diría. Aquella tarde todo parecía muerto, o quizás dormido. Solo se respiraba vida en la plaza. Tres o cuatro castillos hinchables y largas colas de pacientes familias a la espera de su turno. No había más. Casi todo cerrado. Incluso bares y cafeterías. Solo dos rompían el aburrimiento y te invitaban a romper tanta inercia tristona con un refresco o un café. Un señor vestido de legionario, bandera de España en ristre, ambientaba la surreal escena urbana con los acordes de varias sintonías militares. En la iglesia, mas solo que la una, el supuesto anfitrión, asomado en su trono a la puerta del templo. San Gregorio pasaba más bien desapercibido. Y ajenos al trajín de los brincos de los chiquillos, un grupo de tranquilos jubilados, unos solos, otros acompañados, pasaba la tarde en los bancos de la plaza. O de la Avenida de la Constitución. La estampa responde a la triste realidad de una sociedad cada vez más desarraigada, un pueblo al que ya ni le mueven las fiestas que antaño marcaron su identidad y que lo convirtieron en destino de tantos. No es culpa de nadie y es culpa de todos. No hace mucho los fastos duraban casi un mes y las calles se llenaban solas. Nadie faltaba. No podía faltar. Y no, no es un efecto de la era poscovid. Estos síntomas colean desde hace años. Son otra prueba más de una sociedad civil adormecida, de la desconexión de un pueblo respecto de su propia idiosincrasia, de sus tradiciones y de su historia.