Jaula y arco iris

De entrada, vaya usted a saber

19/03/2018

Se acaban de cumplir 32 años del referéndum que ratificó la permanencia de España en la OTAN. Una permanencia condicionada a una serie de requisitos que no se han cumplido. Fue una apuesta de Felipe González, tras su habilidosa campaña, bajo el lema OTAN, de entrada no, que algunos desde un primer momento completaron con un, no sé si irónico, «de salida, tampoco»; y acertaron de pleno.

Pocos meses antes de la celebración de la consulta era, según señalaban distintos estudios sociológicos, claramente mayoritario el rechazo del pueblo español a la permanencia en la Alianza Atlántica, organización en la que España se había integrado en mayo del año 1982, con el Gobierno de una UCD en proceso de crisis y descomposición que presidía Leopoldo Calvo Sotelo. En julio de 1985 Fernando Morán había abandonado el Ministerio de Exteriores del primer gobierno del PSOE, al parecer por su reducido entusiasmo atlantista.

«Las razones son múltiples y tienen una trayectoria que se fue consolidando en los años anteriores»

La promesa de un referéndum sobre la continuidad o no en la OTAN fue utilizada por el PSOE en los momentos anteriores a su llegada al poder tras arrasar en las elecciones del 28 de octubre de 1982. Luego se produciría un cambio radical de postura y la convocatoria de una consulta en la que los socialistas, y especialmente su líder, Felipe González, se implicaron a fondo a favor del sí, logrando modificar la posición de una parte muy significativa de la ciudadanía.

El resultado, pese a la manifiesta irresponsabilidad de la Coalición Popular de Manuel Fraga, que siendo claramente favorable a la continuidad del Estado español en la OTAN propuso la abstención por razones puramente partidistas, para desgastar al presidente González, fue claro en el apoyo a las tesis atlantistas: más de 9 millones de votos a favor del sí (el 53,9% de las papeletas), frente a los 6,8 millones del no (40,3%), según los datos del Ministerio del Interior.

En aquella histórica jornada del 12 de marzo de 1986, cuatro comunidades fueron la excepción al triunfo del sí: País Vasco, Cataluña, Navarra y Canarias, estas dos últimas gobernadas entonces por los socialistas Gabriel Urralburu y Jerónimo Saavedra, respectivamente. Las dos primeras en manos de PNV (José Antonio Ardanza) y CiU (Jordi Pujol).

Canarias dijo no. En el caso del Archipiélago, el no consiguió el 51,13% de las papeletas, por el 44,09% del sí. Con significativas diferencias entre los distintos territorios insulares. El apoyo a la continuidad en la OTAN fue mayoritario en Tenerife, La Palma y La Gomera, mientras que el rechazo a la Alianza militar se impuso en Gran Canaria, Fuerteventura, Lanzarote y El Hierro. Miles de personas salieron a las calles de las islas aquella noche del 12 de marzo festejando el resultado en nuestra tierra y coreando el «Canarias dijo no».

Cuesta entender como unas islas que dieron en las elecciones generales del 77 y del 79 un apoyo aplastante a la UCD y que en el 82 se lo ofrecieron al PSOE, así como en las primeras autonómicas de 1983, se alejaran en esta ocasión de la norma y no obedecieran las consignas del partido que en esos momentos gobernaba en España y en Canarias.

Las razones son múltiples y tienen una trayectoria que se fue consolidando en los años anteriores. Con matices diferenciales entre las distintas islas, siendo mayoritario el no en aquellas que sufrieron las consecuencias del abandono del Sahara y de la militarización, así como en las que se habían planteado la futura instalación de bases militares.

En el caso de la isla de Fuerteventura había una larga tradición de lucha antimilitarista, animada sin duda por los desmanes cometidos por integrantes de la legión tras su llegada después de la descolonización chapucera del Sáhara: robos, acosos, secuestro de un avión y, especialmente el asesinato en abril de 1976 de Pablo Espinel, alcalde pedáneo de la pequeña localidad de Guisguei. Casi el 65% de los majoreros y majoreras votó no en la consulta.

Respecto a El Hierro influyó el temor de su población ante distintos anuncios que hablaban de diferentes planes para la instalación de bases de seguimiento en su territorio. Fue la única de las islas occidentales que se opuso a la permanencia en la OTAN, con un 61,6% de papeletas negativas.

Gran Canaria, por su parte, había jugado una batalla importante contra la instalación de una superbase militar en Arinaga, en el sureste de la isla. Pese a la división de las fuerzas progresistas de entonces, con UPC defendiendo el documento de Arinaga, y PSOE, PCE y Asociación de Vecinos, fundamentalmente, rechazando su unilateralidad y denunciando que los autodeterministas intentaran internacionalizar el conflicto cuando aquel texto fue remitido a la OUA.

«En el caso de la isla de Fuerteventura había una larga tradición de lucha antimilitarista, animada sin duda por los desmanes cometidos por integrantes de la legión tras su llegada después de la descolonización chapucera del Sáhara».

Fases. Para Pablo Socorro Arencibia, autor de La última batalla de la Transición: las organizaciones del movimiento anti-OTAN, hay dos fases de ese movimiento antimilitarista. Una, entre 1978 y 1981, centrada en la lucha contra la instalación de una base militar en Arinaga; y otra, entre el 81 y el 86, en la que se centra la actividad en el rechazo a la OTAN, en coordinación con organizaciones estatales, aunque manteniendo especificidades propias de las Islas.

En esa segunda etapa jugarían un gran papel movilizador la Comisión Ciudadana Por la Paz y los Comités anti-OTAN, que desarrollarían un prolongada actividad que incluyó charlas, acampadas (como la realizada un año antes del referéndum en Tefia, Fuerteventura) manifestaciones y hasta una huelga de hambre de varios activistas. Antes de su ruptura y desaparición también fue relevante la acción de la UPC: la lucha contra la OTAN fue una de las banderas de la organización nacionalista; pero esta había dejado de existir antes del año 85. En el caso de Fuerteventura resultó determinante la labor de Asamblea Majorera.

El rechazo mayoritario de Canarias a la OTAN fue un fenómeno con características muy especiales que iban más allá del voto a los partidos políticos. Se demostró en las urnas pocos meses después, en las generales de junio del 86, donde los partidos con presencia institucional más activos en Canarias en la batalla contra la permanencia en la OTAN sacarían unos modestos resultados: AC-INC (5,52%) e ICU (4,31%). Mientras, el PSOE superaba el 36% y Coalición Popular (AP-PDP-UL) el 23%.

«Las razones son múltiples y tienen una trayectoria que se fue consolidando en los años anteriores»

«En el caso de la isla de Fuerteventura había una larga tradición de lucha antimilitarista, animada sin duda por los desmanes cometidos por integrantes de la legión tras su llegada después de la descolonización chapucera del Sáhara».