Cambio de ciclo en Europa

No es baladí la reflexión de Borrell sobre un Ejército europeo

Francisco Suárez Álamo
FRANCISCO SUÁREZ ÁLAMO

En Alemania están a las puertas de un cambio de ciclo. En breve habrá elecciones y ya no estará Merkel, que decidió ceder el bastón de mando de la CDU y que ve cómo su sucesor en la batalla por el poder aparece ya en las encuestas por detrás del SPD socialista, con Los Verdes como tercera fuerza.

Si se cumplen los pronósticos, la política alemana dejará de ser cosa de uno y pasará a serlo de tres. En realidad hace tiempo que, en clave interna, dejó de ser un monopolio de Merkel y la CDU, pues cuando lo necesitó, la canciller fue capaz de entenderse con los socialistas y ahora con Los Verdes. Otra cosa es en el exterior, y especialmente en la política comunitaria, donde Berlín ha tenido durante años mando en plaza. Quizás lo más relevante del cambio sea precisamente lo que afecta a la pérdida de influencia de Alemán como referente político europeo, especialmente en materia económica. La Europa que encumbró a Merkel es bien diferente a la de ahora: ya no están los británicos, también en Francia hay dudas sobre cuánto durará el ciclo de Macron, en la antigua Europa del Este hay cancillerías que priman el nacionalismo sobre los derechos humanos (Hungría y Polonia, por ejemplo) y, por si fuera poco, Estados Unidos, que tanto influía en la UE para consolidar liderazgos como el de la propia Merkel, se bate en retirada y renuncia a ser el garante de las libertades en el planeta.

Gobierne quien gobierne en Berlín, es la UE quien debe preguntarse si quiere seguir con el tradicional eje francoalemán marcando el paso, si va a continuar conviviendo con unos miembros cada vez más reaccionarios y si acepta los peajes que conlleva consolidarse como estructura plena de poder. En ese sentido, no es baladí la reflexión que ya ha hecho el comisario Josep Borrell y que plantea hace tiempo la propia Francia sobre la urgencia de una especie de Ejército europeo. Sobre todo cuando vemos que EE UU se pone de perfil y que la OTAN es rehén de su dependencia de Washington. Pero esa fórmula tiene un coste económico, político y, sobre todo, de cesión de soberanía. Ahí radica el quid de la cuestión que hace tiempo Europa evita abordar: para ser más fuerte, hay que renunciar a cuestiones que ahora parecen 'sagradas'.

Si finalmente en Berlín el Gobierno pasa por tres partidos y no por uno más fuerte y otro en plan comparsa, quizás se abra una oportunidad para un multilateralismo del que salga una Europa más solidaria. Pero eso siempre pasará primero por esa concesión de cada país en beneficio de la fortaleza comunitaria.