Autogolpe 'trumpista'

Lo único que puede salvar este trance es que opere con normalidad la separación de poderes tan rígida que caracteriza a EE UU y su sistema presidencialista

Rafael Álvarez Gil
RAFAEL ÁLVAREZ GIL

Los golpes de Estado posmodernos no son los de antaño. Ya no habrá un Tejero asaltando el Congreso de los Diputados y los tanques paseando en Valencia, como en el 23F, ni tampoco un Pinochet atentando contra el Gobierno de Salvador Allende, es otra cosa. Son más sutiles pero igual o más acerados en sus repercusiones, con o sin sangre, que la ha habido en este episodio. Ahora bien: ¿cómo te defiendes de un autogolpe? Donald Trump está en la Casa Blanca y con sus tuits jalea a las masas en su peculiar toma de La Bastilla del siglo XXI. No acepta la derrota y nadie sabe qué ocurrirá a partir de este momento en el que todo se ha desatado, para mal de la democracia.

Trump y su vocabulario no nos es ajeno: también en España la ultraderecha ha tildado al Ejecutivo de coalición de izquierdas de ilegítimo. Un tobogán muy peligroso que hace tambalear los cimientos que creíamos sólidos. Y sus votantes, los perdedores de la globalización, lo aplauden en su delirio de fraude electoral inexistente. Es lo que acontece cuando las redes sociales se confunden con el periodismo y los partidos políticos no vertebran a la sociedad y se convierten en agencias privadas o en una especie de empresas con intereses. Mal, muy mal. Pero el daño ya está hecho. Trump nunca fue un perfil clásico de republicano, no lo consideraban de los suyos. Y el transcurso de los años lo deja más que claro. El sistema de partidos hace aguas.

Lo único que puede salvar este trance es que opere con normalidad la separación de poderes tan rígida que caracteriza a Estados Unidos y su sistema presidencialista. En caso contrario, el autogolpe habrá triunfado y las lecciones de democracia que lanzan habitualmente a Suramérica, se habrán vuelto en contra de forma inaudita. Pensemos en Venezuela y Nicolás Maduro, en la Cuba poscastrista y en Bolivia, ¿cómo responderán en el futuro cuando la Casa Blanca les remita la recomendación o sugerencia que se tercie? Los populismos asolan a ambos lados del Atlántico y Trump no se irá sin más sino que genera escuela. Movimientos protofascistas que ya asomaron en el Viejo Continente durante el período de entreguerras, una nueva versión de la misma amenaza. Jamás pensamos asistir a un trance semejante desde Europa, justo cuando Estados Unidos fue (con sus errores) un referente en derechos fundamentales. Ganar la Guerra Fría para ahora sucumbir a la extrema derecha y las arengas insólitas de Trump, no es el mejor desenlace ni mucho menos. A saber cómo evoluciona… Es pronto. Pero la sociedad, dividida y polarizada, tiene a un inquilino en la Casa Blanca que es capaz de arengar contra la legitimidad de la democracia, que primero lo puso en el poder y el pasado mes de noviembre sentenció que toca irse. Trump se resiste. Y la opinión pública internacional observa con enorme preocupación sus tácticas dilatorias para aceptar el veredicto de las urnas. Algo tan sencillo que, su no cumplimiento, nos recuerda la barbarie.