El Auditorio, hito de la historia ciudadana

«El Auditorio Alfredo Kraus puede celebrar ufano y feliz sus primeros veinticinco años de existencia, pero también de saberse parte y representación de la historia de Las Palmas de Gran Canaria»

Juan José Laforet
JUAN JOSÉ LAFORET Cronista Oficial de Las Palmas de Gran Canaria

Hace veinticinco años, un 5 de diciembre de 1997, el Auditorio Alfredo Kraus de Las Palmas de Gran Canaria abría sus puertas. Para muchos grancanarios aquel era un momento muy grato, muy feliz, que colmaba aspiraciones arraigadas y esperadas desde más de veinte años antes. Constituía un verdadero hito, entendían que se trataba de un edificio totémico, con el que la ciudad se adelantaba a inaugurar un nuevo siglo, la mismísima apertura de las puertas de un futuro, del que debía esperarse mucho.

Lo prueba es que ya en abril de 1980 se constituía, por varias instituciones socio-culturales de la capital grancanaria, y siguiendo una vieja aspiración local, una Comisión para trabajar en pro de la construcción de un «Auditorio y Centro Artístico Polivalente». Una petición que elevaron al propio ministro de Cultura, que la acogía favorablemente. Como expusieron ante la prensa del momento, se trataba de edificar en esta ciudad, que debía prepararse para un futuro muy exigente, que ya llamaba a sus puertas, un «…recinto, adaptable a los distintos medios de expresión, cultural, música, ópera, zarzuela, teatro, ballet, conferencias y congresos, complementado con las instalaciones necesarias para albergar un Conservatorio de Música y unas Escuelas de Ballet y Arte Dramático, pintura y escultura, museo, restaurante, etc…». O que poco después, en octubre de 1981, se anunciara, con la ampliación del Parque de Santa Catalina, la construcción de un Auditorio para mil personas en el Puerto, y que al mes siguiente se conocían las intenciones de las autoridades locales de comprar un solar en La Puntilla, para la construcción de un Auditorio para tres mil personas.

Sin embargo, la construcción de un Auditorio en Las Palmas de Gran Canaria conllevó una polémica que se prolongó durante varios años, referida a varios y diferentes aspectos. Quizá el más trascendente, el que más pudo retrasar el inicio de las obras, fuera el de su ubicación, inicialmente prevista en el ya mencionado solar de La Puntilla; un ambiente de discusión que se extendió en 1984 por todos los sectores sociales y culturales, políticos y vecinales de la isla. El entonces ministro de Cultura, Javier Solana, acudió al Castillo de La Luz para la presentación de las maquetas del futuro Auditorio, ante las que mostró una gran satisfacción, pues se apreció que se trataba de un gran proyecto, en una ciudad que aspiraba a una amplia modernización urbana y socio-cultural. En junio de ese año el propio Óscar Tusquets mostró su convencimiento de que «Las Palmas estará orgullosa del Auditorio-Palacio de Congresos» que proyectaba para ella. Y no se equivocaba en esto, pues, en realidad, como precisaba en un amplio artículo el senador Gregorio Toledo, fiel garante de la playa de Las Canteras, nadie ponía en duda «…que la ciudad de Las Palmas necesita un Auditorio, y tampoco nadie pone en duda que disponer en la actualidad de mil millones de la Administración Central para un Auditorio en la ciudad de Las Palmas, es una suerte…».

Hoy, cuando el Auditorio Alfredo Kraus es una brillante realidad, que cumple sus primeros veinticinco años de vida, con una trayectoria y unos contenidos ejemplares, aunque, como en todo proyecto importante, aún se marque nuevas y potentes metas a las que aspirar y alcanzar, nadie duda que aquel ambiente de debate y discusión, provocado por la ubicación señalada inicialmente en La Puntilla, fue un magnífico acicate no sólo para trasladar su localización a un espacio con más capacidades de futuro, como es el actual, sino para centrar ideas, propuestas, sugerencias sobre los diversos cometidos que debería ofrecer la futura instalación, sobre lo que debía suponer para una ciudad que pronto entraría en una nueva centuria y un nuevo milenio; y, junto a ello, para ser exponente de la manifiesta voluntad mayoritaria de la población capitalina, y en buena medida de toda la isla, de contar con un nuevo, amplio y capaz espacio escénico y de muy diversas posibilidades complementarias, adecuadas a las grandes actividades de nuevo cuño, a las grandes exigencias que ya se entreveían, como una opción muy favorable para el progreso de Gran Canaria.

La capital grancanaria no tuvo teatros, espacios escénicos adecuados a los requerimientos que ya entonces planteaba una población donde la música y el teatro suscitaban una afición muy extendida, hasta bien entrado el siglo XIX. Y es curioso que, como recuerda el cronista Carlos Navarro Ruiz, el primer teatro de la población llegara en ese tiempo en el que Gran Canaria «…trabajaba para engrandecerse guiada por don Cristóbal del Castillo, Don Antonio López Botas, Don Juan Evangelista Doreste y Don Domingo J. Navarro, secundados por toda la isla…», y entre las varias iniciativas y proyectos impulsados para ello «…edificaron el teatro que se llamó de Cairasco en una parte del sitio que hoy ocupa el Gabinete Literario…», que se inauguró en una fecha tan elocuente como la de 1845.

Décadas más tarde, cuando la construcción de un nuevo gran puerto de refugio era ya una realidad que, impulsada por la Ley de Puertos Francos y la introducción de cultivos de exportación como el tomate o el plátano, conllevaba una prosperidad y una modernización que preparaba la entrada al siglo XX, a un futuro muy diferente a lo que la isla había sido en centurias anteriores, de nuevo surgiría la necesidad de un nuevo y mucho más amplio espacio escénico, que diera cumplida cabida no sólo a las nuevas necesidades musicales y teatrales, que ya atraían a cantantes, orquestas y compañías de alto rango internacional, sino a otras actividades culturales, institucionales y académicas. Un teatro junto al mar cuya ubicación también conllevó gran polémica, así como por algunos aspectos de su diseño, pero cuya construcción y necesidad nadie ponía en duda, instituyéndose enseguida en un símbolo, en un verdadero hito, de aquel cambio de siglo, pero también de mentalidades y de actitudes. Con todo ello, se puede hablar de una historia de la ciudad con los teatros, o espacios escénicos, como hitos de ese devenir. El Auditorio Alfredo Kraus puede celebrar ufano y feliz sus primeros veinticinco años de existencia, pero también de saberse parte y representación de la historia de Las Palmas de Gran Canaria.