Ánimos... y unas balas

Imagino la cara del presidente de Ucrania cuando le contaron lo del Gobierno español

Francisco Suárez Álamo
FRANCISCO SUÁREZ ÁLAMO

Mientras el Ejército ruso, siguiendo órdenes de Vladimir Putin, ataca sin contemplaciones una central nuclear en Ucrania y acrecienta su ofensiva por tierra, mar y aire, España envía munición para armamento individual. O sea: nuestra gran contribución pasa básicamente por animar a los ucranianos a coger fusiles y pistolas y combatir en las calles o atrincherados en sus casas contra misiles y artillería. Digamos que es como intentar que una batalla del siglo XXI se gane con la heroicidad de quienes salían de las trincheras en el frente del Somne, en la Primera Guerra Mundial. ¿Puede ocurrir que los ucranianos acaben venciendo? Pues sí, todo es posible. Ahí está lo que le pasó a Estados Unidos en Vietnam, pero quizás a alguien se le ha olvidado el altísimo precio que pagaron los vietnamitas: su victoria fue para administrar un país arrasado por las bombas, absolutamente empobrecido y con miles de cadáveres que enterrar.

Claro que resulta que España contribuye a la respuesta militar ucraniana pero al mismo tiempo lo hace con algo de tibieza, no sea que el enfado de Podemos sea mayúsculo. Y los afines a Pablo Iglesias que quedan en el Consejo de Ministros se enfadan, pero no tanto como para dimitir o para romper la coalición de gobierno.

Imagino la cara del presidente de Ucrania cuando, oculto en un búnker, es informado del papel de España y del lío que hay montado en el Ejecutivo. Como también puedo imaginar la reacción de los ucranianos ante esa esquizofrenia política en que vive España, donde el ardor guerrero inicial de la ministra Margarita Robles ha quedado bastante limitadito desde el momento en que la OTAN ya advirtió que está muy preocupada con esta crisis pero que no entra en sus planes intervenir activamente.

Al margen de las contradicciones existenciales del Gobierno español, lo cierto es que la comunidad internacional está insuflando ánimos a los ucranianos pero poco más. El presidente de ese país se desgañita con que no los dejemos solos, y eso es precisamente lo que se está haciendo.

Igual es hora de que el secretario general de Naciones Unidas, las presidentas de la Comisión y del Parlamento Europeo, cojan un avión y hagan ruta en coche hasta Kiev, se planten allí y digan que no se irán hasta que Rusia frene el ataque y se siente a negociar. ¿Y si les pasa algo? Pues supongo que lo mismo se preguntan cada día y cada noche los ucranianos cuando las sirenas alertan de que los bombardeos se repiten.