Alba: en compañía de otros

Alba: en compañía de otros

Francisco Suárez Álamo
FRANCISCO SUÁREZ ÁLAMO Las Palmas de Gran Canaria

El Tribunal Supremo ha hablado alto y claro: ratifica la sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Canarias que condenaba al juez Salvador Alba por los delitos de prevaricación judicial, cohecho y falsedad en documento público. Ya podemos omitir lo de 'podemos' al remitirnos a la calificación de los hechos: eso fue lo que pasó y así quedará escrito para la historia.

Cuando el Tribunal Supremo absolvió al también magistrado José Antonio Martín, recuerdo haber escrito que la Justicia en las islas debería reflexionar sobre los precios que hace pagar en ocasiones a las personas. En esta ocasión es evidente que igualmente hubo y hay peajes personales: Victoria Rosell tuvo que dejar el escaño en el Congreso al verse imputada por una querella 'alimentada' por el proceder de Alba, y también hay una factura personal que recae sobre Alba, que se encuentra a las puertas del ingreso en prisión.

El fallo judicial presenta al magistrado como autor de una conspiración que salta por los aires cuando el empresario Miguel Ángel Ramírez desvela la componenda. Pero una conspiración precisa de más de unos actores y Alba, con la condena penal a cuestas, tendrá tiempo de sobra para reflexionar sobre el hecho de que le toca pagar en solitario todas las culpas. Porque si hubo caso Alba, fue, para empezar, porque desde las alturas judiciales le facilitaron llegar al juzgado en el que había estado Rosell para así hurgar en un expediente concreto. Con su trabajo, más una ayuda no menor de la Fiscalía, el entonces ministro Soria armó una querella que pronto se vio que sólo tenía una finalidad: conseguir una imputación exprés de la que era diputada de Podemos y quitarla de enmedio. No podemos olvidar que en la conspiración participaron, jaleando la estrategia interesada, medios de comunicación de ámbito local y nacional que eran sabedores de lo que había pero que se plegaban a los caprichos del ministro que aspiraba a ser el sucesor de Rajoy en el PP. Las hemerotecas están ahí para recordar titulares y crónicas a las que, utilizando la literatura del Supremo, podríamos calificar como prevaricación mediática, cohecho noticioso y falsedad en documento periodístico.

Seguro que a Alba esos que le acompañaron en la conspiración le prometieron que el Supremo sería benévolo y saldría casi de rositas. Pero los hechos son los hechos. Y los daños son los daños. Ahora ya está claro: hubo una víctima, que se llama Victoria Rosell, pero hubo más de un culpable. Alba lo sabe mejor que nadie y la soledad en la condena es otra penitencia.