Caidero seco en el barranco de la Mina. / C7

Agua no tan transparente

Gaumet Florido
GAUMET FLORIDO Las Palmas de Gran Canaria

No debe ser casualidad. Y menos en Canarias. En una época en la que, por aplicación de la legislación, las administraciones te permiten conocer al dedillo, a golpe de clic y desde el ordenador de tu casa, casi cualquier expediente público, o con trascendencia pública, aquellas que gestionan los asuntos que tienen que ver con el agua, al menos en Canarias, parecen castillos envueltos en una niebla espesa.

Me llama la atención, por ejemplo, que en plena era de la información digital y de la administración electrónica, te sometan a las restricciones de un horario, la mayor parte de las veces coincidente con el laboral, y te obliguen a acudir de forma presencial a una oficina para conocer un expediente que, para colmo, se supone que está en información pública. E insisto, no debe ser casualidad que esta práctica, que no digo que no sea legal, sea habitual en expedientes vinculados con el mundo del agua, y con la propiedad del agua.

Y tampoco es casualidad que las instituciones que tienen encomendada la gestión de ese bien tan preciado sean también las más opacas y burocráticas. Visto lo visto, tengo la impresión de que tampoco hemos cambiado tanto, que el agua, y la información que la compromete, sigue siendo patrimonio de unos pocos en esta tierra. Que la aguatenencia no solo acumula agua, sino que fagocita, cual agujero negro, la más mínima inercia de transparencia.

Eso ayuda, claro, a que, con relativa impunidad y, sobre todo, con nocturnidad informativa, florezcan más tuberías que saos o tilos en nuestros barrancos. Y que los cauces por los que siempre, digo bien, siempre, corría el agua, como el de la Mina, de repente sean víctimas de una sequía quirúrgica, selectiva e interesada.