¡A por las estatuas!

«Lo que hay que hacer es culturizar para que las muchas infamias que jalonan la historia no se repitan»

Vicente Llorca Llinares
VICENTE LLORCA LLINARES

Manuel Díaz Martínez, poeta cubano asentado en Canarias, en su poema Mercadillo, del libro Objetos personales, retrató premonitoriamente, con jocosidad y meridiana claridad el fenómeno de la estatuofobia que hoy recorre muchos lugares del planeta. «- Por favor, señor tendero,/ ¿qué cuesta este busto/ del Máximo Líder Egregio?/ -Costaba mil reverencias,/ ahora cuesta un pedo y medio».

Vuelve a ocurrir, como ha sucedido tantas veces a lo largo de los tiempos. Y ahora, a cuenta de los desmanes racistas de policías estadounidenses, nada nuevo tampoco en otros muchos lugares, se desata la comprensible ira de multitudes que escenifican su hartazgo contra tales tropelías atacando estatuas de antaño. Egregias personalidades que, al entender de los iracundos, no merecen honra por haber legitimado en su tiempo conductas hoy políticamente incorrectas.

Y así, además de reconocidos esclavistas y defensores de la trata de seres humanos, algo que aún perdura como se puede constatar casi a diario en nuestras costas y en las del Mediterráneo, son también atacadas las de figuras como Voltaire, que llegó a dejar claro que estaba dispuesto a perder su vida por defender el derecho de cualquiera a expresar su opinión, aunque no la compartiese; o la del propio Miguel de Cervantes, que por boca de Don Quijote dejó dicho que quien lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho, dejando claro para la posteridad que ni a él ni a Don Quijote de La Mancha se les mancha por más pintura que derramen sobre sus efigies.

Malo es reinterpretar la historia con activismo, como malo es pretender juzgar «con la sensibilidad de hoy los hechos crueles, fanáticos, visionarios de hace cientos de años», como ha dicho Manuel Vicent. Si nos empecinamos en cribar la historia con los parámetros actuales, aquí no se salva ni Cristo, ¿o acaso la venerada Iglesia no forzó la abjuración de Galileo y sostuvo que la mayoría de los seres humanos no blancos carecían de alma?

Como sentencia un proverbio africano, hasta que los leones tengan sus propios historiadores, las historias de cacería seguirán glorificando al cazador; es decir, que la historia la escriben los vencedores. Así las cosas, vistos los hechos con perspectiva, las estatuas de ayer no tienen por qué significar honra, también han de forzar al conocimiento, por lo que han de estar donde merezcan, para ser honradas o conocidas, pero nunca asaeteadas. ¿Vamos a legitimar cubrir las partes pudendas con hojas de parra o tapar sus cuerpos desnudos cuando algún líder fundamentalistas transite por lugares que atesoran legados de nuestra historia?

Lo que hay que hacer es, desde el conocimiento, sabedores de las sombras y asumiendo la responsabilidad del pasado, aplicarnos en erradicar el mal, crear conciencia y culturizar para que las muchas infamias que jalonan la historia no vuelvan a repetirse.