Editorial

40 años y una reforma necesaria

02/12/2018

La Constitución Española cumplirá 40 años el próximo jueves, un aniversario que será celebrado en el Congreso de los Diputados con un acto institucional. La conmemoración debe servir para celebrar el éxito de una sociedad española que salía de 40 años de dictadura, que sufría la sangrienta presión del terrorismo etarra y que se enfrentaba al reto de la modernización urgente para subirse al tren de lo que entonces era la Comunidad Económica Europea -hoy Unión Europea (UE)-. Todo eso fraguó en la Constitución, bajo cuyo paraguas se han vivido cuatro décadas de libertad.

La perspectiva del tiempo ayuda poner las cosas en su sitio y a calibrar con exactitud la importancia de aquel paso. Basta con mirar la composición de las Cortes constituyentes y de quienes recibieron el encargo de redactar la Carta Magna para comprobar lo meritorio de alcanzar un consenso mayoritario entre personas y facciones ideológicas tan distanciadas entre sí. Aquel espíritu de la Transición es posiblemente lo que tantos se echa de menos hoy, en especial cuando se contemplan sesiones como las recientes en el Congreso de los Diputados. Porque hubo un tiempo no tan lejano en que en esos mismos escaños se sentaron parlamentarios que en la Guerra Civil y en la dictadura franquista tenían las manos manchadas de sangre, pero supieron aparcar los reproches en beneficio de la convivencia. Es desolador, por tanto, que el diario de sesiones de estos tiempos recoja expresiones guerracivilistas, además de todo tipo de improperios.

«La perspectiva del tiempo ayuda a calibrar con exactitud la importancia de aquel paso»

Aquella Constitución rediseñó el modelo de Estado y abogó por una descentralización en la figura de las autonomías. Fue un hito pero es evidente que fue un proceso a medias. Se logró contentar entonces a las llamadas comunidades históricas pero se implantó una arquitectura institucional que desatendió singularidades derivadas de la geografía, como es el caso de Canarias, al tiempo que se agigantó el gasto público sin las debidas garantías de eficiencia y menos aún de cohesión territorial. Todo eso empezó a saltar por los aires con la crisis económica de 2008, que es la que puso al descubierto los fallos del modelo, lo que, en paralelo, dio pie a nacionalismos como el catalán a una huida hacia adelante en la que culparon al Estado de su nefasta gestión en la Generalitat -al tiempo que han tratado de silenciar los casos de corrupción institucionalizada.

Ahora, 40 años después, la conmemoración debe servir para valorar aquel proceso pero también para recuperar el espíritu del consenso y afrontar sin miedo una reforma constitucional. No con parches, como pretende ahora el Gobierno de Pedro Sánchez con los aforamientos, sino para actualizar un texto que, en el caso de Canarias, se ha quedado obsoleto en comparación con el reconocimiento que nos concede Europa como región ultraperiférica.