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Cantar de Semana Santa en San Lorenzo

Cantar de Semana Santa en San Lorenzo

Opinión ·

«Ha vuelto ya una Semana Santa que, en su lustre de acción parroquial, es también semana grande para un pueblo con siglos de sentir y latidos de semana mayor»

Juan José Laforet

Juan José Laforet

Cronista Oficial de Las Palmas de Gran Canaria

Miércoles, 15 de marzo 2023, 22:32

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Bajo el palio de sus laureles/ la plaza suena a marcha procesional,/ y entre aromas de campos y huertos/ humea incienso de semana mayor./ Tañido antiguo y sereno/ de campana parroquial,/ resuena por vetustos callejones/ y los pasos inquietos/ deambulan en pos de seculares tradiciones./ San Lorenzo, sueño y requiebro/ de sentir semanasantero,/ mientras la luna se encamina/ al esplendor de una madrugada/ de nardos y alelíes».

He de confesar, y no como penitencia, sino como sentimiento de verdadera pasión, que mi reencuentro con la Semana Santa laurentina lo ha sido con la memoria personal más íntima y celosamente guardada de estos días grandes de la antigua y tradicional semana grande del año grancanaria. Aquí me he acercado a esencias y sentires, que creo que hoy se pierden, y con ellas una sustanciosa pátina insular de siglos. Y en esta plaza, en sus callejuelas aledañas, en sus atardeceres de Martes y Miércoles Santo, en sus noches de horas señeras del Jueves y Viernes Santo, me he topado con la Semana Santa de Gran Canaria de ayer, de hoy y, espero, que de siempre. Esa que, el que fuera mi predecesor como Cronista Oficial del actual municipio de Las Palmas de Gran Canaria, D. Luis García de Vegueta, consideraba que «nunca tuvo demasiado relumbrón de fiesta sacra ni ese aparato de cofradías…», pero «fue, eso sí, una Semana Santa apañadita, casi íntima, que la gente se gozaba desde dentro, metida en la procesión y no contemplándola como un espectáculo….», y esa «...gente había adquirido consciencia de la Semana Santa, viviéndola con cierta humilde compostura….». Y en ese recuerdo, en esas íntimas composturas de alma isleña, de tradiciones insulares, como las que este pueblo sabe tan bien preservar y potenciar, vuelven los versos sonoros de Josefina de la Torre, quizá con escenografía veguetera y trianera, pero a los que también les cabría ahora la sustanciosa escenografía laurentina en estos días de pasión. «Por las calles isleñas los tronos pasarán/ un año tras otro, en la ciudad en fiesta./ Pero aquéllos (¡oh, Bécquer!), ésos .. . no volverán».

Sin embargo, aquí sí volverá, ha vuelto ya, una Semana Santa que, en su lustre de acción parroquial, es también semana grande para un pueblo con siglos de sentir y latidos de semana mayor. Que no hay dicha tan grande, ni se percibe fervor igual, que una mañana de Domingo de Ramos y bendición de palmas y olivos como la que disfrutan los mas pequeños, al socaire del fervor de sus mayores, en este secular templo, que hizo de la plaza su pasillo mayor. Y en ese Domingo de Ramos, en el esplendor de la media mañana, se puede comprobar como bajo un palio de palmas la fina luz atlántica va enhebrando las figuras, que siglo tras siglo, han compuesto la peculiar y personalísima identidad de este pueblo en su «semana mayor», en esa Semana Santa que también tiene, por unos días al año, en San Lorenzo su particular y sugerente Jerusalén pasionista.

Y así, en el aire suave del clima isleño en primavera, cualquier día de nuestra Semana Mayor, pude siempre comprender que esta Semana Santa grancanaria tiene también una palpable y atractiva singularidad.

Es más, si cada pueblo tiene una forma diferente de comprender y expresar la pasión de Cristo, la del nuestro es esta que pudo, y puede hoy también, considerarse de las mejores.

El Martes Santo fue siempre uno de los días más sugerentes de la Semana Mayor en Gran Canaria. Y en ello no fue ajeno el pueblo de San Lorenzo con sus cultos y su posterior procesionar del tan venerado, con fervor de siglos, «Señor Atado a la Columna». Esta es la íntima persuasión de lo que da a nuestras procesiones su carácter, es la expresión de un acontecimiento que ningún pueblo siente del mismo modo, pues cada uno tiene su manera de comprenderla y expresarla, como también acontece aquí en el orbe de las tradiciones, de los usos y costumbres de San Lorenzo, donde, cada Miércoles Santo, al admirar, silente y fervorosamente al Nazareno bajo el pesado peso de la Cruz, nada puede apenas murmurarse; quizá un sumarísimo sollozo hecho versos. Y ahora queda por encontrarnos quizá una de las escenas con mayor dramatismo, pero también con más hondo significado. Jueves y Viernes Santo son las horas de la Última Cena; del Lavatorio de los pies; de la institución de la Eucaristía y del Sacerdocio, la noche turbulenta de la oración de Jesús en el Huerto de Getsemaní. Horas de oración silente, de recogimiento absoluto, tiempo de la «Hora Santa», del velo que se desgarra en el Templo.

Pero también serán las horas en que, en los caminos de esta Jerusalén atlántica, en los senderos más personales de nuestras vidas, nos encontremos, una vez más, las figuras serenas en el más hondo de los sufrimientos, calladas cuando mucho tendrían que decir, y lo dicen con una sola mirada. Es el paso pausado, cadencioso, cansado de tanto sufrimiento, de Nuestra Señora de los Dolores y de San Juan Evangelista, ambas de candelero y señera historia en este pueblo de San Lorenzo, que con tan entrañable cariño y devoción siempre las ha recibido generación tras generación.

Queda aquí el pregonar. Pero en muchos detalles se percibe la inquietud de quienes, en estos días de marzo, a la par de su vida y actividades parroquiales, de hermandad, tienen que ultimar muchos detalles para que, en menos de un mes, San Lorenzo vuelva a ser verdadera predica de la pasión y resurrección del Salvador, con un sugestivo lucimientos de tronos e imágenes que no son otra cosa que la oración que un pueblo lanza a los cuatro vientos de su espléndido valle.

Y en este valle también, entre triquitraques y estruendos, que de fuegos y voladores aquí son maestros reconocidos y respetados, llega el Sábado de resurrección y el Domingo de Gloria. Paz en las calles, espera en las almas. El Resucitado nos llega con su triunfo sobre la muerte, sobre el pecado, sobre las tinieblas que empañan de miserias el alma de la humanidad. Y en esa intensidad debemos buscar el origen y el fin de todo ello, de todo lo que en los días de la semana mayor ha vivido este pueblo por su plaza y por sus calles, sin miedo alguno, pues como señala San Mateo: «...se que buscáis a Jesús, el que fue crucificado. No está aquí, porque ha resucitado, como dijo…». Pero lo encontraremos en esa entrañable y feliz eucaristía de la resurrección en la medianoche del sábado, en la misa solemne de la mañana del Domingo más glorioso del año. Otra Semana Santa llega y, de nuevo, se escapará de nuestras vidas, pero sus grandes valores, sus tradiciones y enraizadas costumbres, permanecerán en este pueblo como una de sus señas de identidad. Y viviremos de los momentos pasados y la ilusión de aquellos que están por venir en la próxima primavera. Y así transcurrirá la vida, de una a otra generación, de todo un pueblo de ayer, de hoy de siempre, que ya ha vivido sus días pasionistas, su semana mayor en este templo a lo largo de más de trescientos cuarenta años.

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