El pazo de Meirás (A Coruña), propiedad durante muchos años de la familia Franco. / Cabalar

El último trago

Alba Carballal
ALBA CARBALLAL

Una mudanza siempre es un jaleo, y se lo dice una que algo sabe del tema. Después de vivir durante dieciocho años en la misma casa familiar, desde que abandoné el nido no he parado: siete casas en diez años. Cerrar por última vez la puerta de un lugar que ha visto crecer tus expectativas, tus neuras, tus amores y tus naufragios durante un tiempo en el que tu vida se ha transformado —y qué tiempo no te transforma— es como despedirse de un viejo amigo.

El viejo amigo, claro está, no es el piso de alquiler, sino tú mismo: de pronto, con una caja de libros aún abierta entre los brazos, te miras de refilón en el espejo de la entrada y te descubres yéndote muy distinto de la persona que cruzó el umbral por primera vez.

Las mudanzas tienen algo de Mercedes Sosa, un poco de Janis Joplin y mucho de Chavela Vargas: se sitúan en la improbable intersección entre el homenaje al fracaso, la lágrima psicodélica y la ruptura sentimental. En cualquier caso —y con independencia de si las circunstancias del cambio son felices o no—, l a cinta adhesiva, el cartón y el papel de burbujas siempre dejan un regusto áspero: tiene que ver con el clásico 'tempus fugit', que en el fondo no es otra cosa que la constatación —otra más— de que nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Quienes tampoco son los mismos, por fortuna, son los Franco. No sé si los herederos del dictador estarán viviendo su salida del Pazo de Meirás de manera similar a cualquier hijo de vecino que tenga que abandonar su vivienda por no poder pagar el alquiler, pero seguro que los cincuenta camiones cargados de piezas históricas y obras de arte que están expoliando a todos los españoles le restarán amargor al último trago.