Crónica de un confinamiento

A la ventana, pero sin perder la perspectiva

24/03/2020
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Suena Vuelve de Beret. Atisbo varias mariposas blancas desde mi ventana. El viento empuja las hojas de los árboles del parterre que hoy se ha convertido casi en mi fiel amigo. Y empiezan a caer gotas de una lluvia que tiñe más apocalíptico al asunto. A mi derecha, un montón de libros aún por leer. Hasta el 11 de abril tengo tiempo de ponerme al día. Todo se ha reducido a paredes, mensajes de texto o audios de WhatsApp. Instagram es ahora un patio de colegio en el que matamos el aburrimiento con retos tan absurdos como divertidos. De repente, ya son las 11.45 horas, empieza a diluviar. Spotify tampoco regala treguas y ya escucho Te echo de menos. Una frase se cala en mi cabeza, como si estuviese pactado que sonase justamente mientras busco las letras para plasmar mis ideas: «Olvida todo menos la alegría».

Y ahí es cuando empiezan a fluir pensamientos positivos. Llevo sin ver a mi pareja desde hace ya casi dos semanas, el confinamiento me cogió preparándome los exámenes del master que estoy haciendo, y la extraño (nos veremos pronto, Crisas). Pero la cabeza debe ganar esta batalla. Cada uno en su casa, con su familia, pone un ladrillo en la construcción de una muralla para frenar el coronavirus. Desde aquí me acuerdo de todos los que ya se han ido y hago un llamamiento al civismo. Salvemos vidas.

Siempre sale el sol. Y mientras estamos confinados, los cielos son más azules, las aguas más cristalinas y los animales viven tranquilos sin nadie que los moleste. El universo ha mandado un mensaje cuando la naturaleza pedía a gritos auxilio. La contaminación se ha desplomado a sus límites históricos y nuestro aire hoy es más puro. Toca pensar. Y mucho.

Mientras, he peleado con el aburrimiento con un ojo en cómo está la situación en Corea del Sur (un beso, Cuqui y Dongsu). Superé el reto de dar 10 toques a un rollo de papel y me atreví con la cebolla, que luego acabó para salsa. Tiré mi barba a la basura y hasta me dejé el bigote. Mis amigos me empujaron a probar el Call of Duty, al que nunca vi sentido, y desempolvé el mando de la PS4. No aguanto vivo ni 30 segundos, pero las risas que me he pegado valen la pena. Al botón de Netflix del mando de mi LG ya le faltan letras y echo de menos hasta a los pives que entre el humo y carcajadas se ponen a contar batallas en el parque que tengo frente a la ventana de mi cuarto. Sueño con viajes por hacer y pienso en cómo será el día en el que se levante la cuarentena. Al mismo tiempo, he podido estar conmigo mismo y me he obligado a disfrutar aún más de la vida cuando salgamos de esta situación, que saldremos.

Mis pelos se erizan cada tarde, a eso de las siete, cuando barrios, pueblos y ciudades salen a la ventana, hermanados, para rendir tributo a los héroes que luchan contra esta pandemia. Y espero, con el corazón en la palma de mi mano, que los aplausos no nos cieguen y no olvidemos a quienes año tras año recortaron en la sanidad pública hasta dejar heridos de guerra a hospitales y, cómo no, al ejército humano que en ellos luchan por salvar vidas. Me quedan tres líneas por redactar y veo salir el sol. Siempre sale el sol. Nos levantaremos.