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Así vivieron nueve diputados las 18 horas de encierro en el Congreso

Así vivieron nueve diputados las 18 horas de encierro en el Congreso

Cuarenta años después del fallido golpe de Estado, nueve miembros del Parlamento rememoran sus angustias y temores y nos cuentan las anécdotas que vivieron mientras se decidía el futuro de la democracia en España

lorena gil | javier arias | maría josé torrejón | m. f. antuña | josé maría liébana | antonio montilla

Sábado, 20 de febrero 2021

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  1. Joaquín Almunia

    «Nos van a pasar por la piedra», pensé

Estos tipos nos van a pasar por la piedra a todos». Fue lo que pensó Joaquín Almunia, diputado socialista por Madrid, cuando Antonio Tejero irrumpió pistola en mano en el Congreso. «Teníamos en la memoria lo ocurrido en Chile, que llevaron a todos a un estadio de fútbol, y carecíamos de información». Almunia pensó en su mujer y en su hija, de tan solo año y medio. «¿Qué va a ser de nuestras familias si nos matan? ¡Otra vez una dictadura!», eran muchas las cosas que pasaban por su cabeza en un momento político en el que «la democracia no estaba consolidada» y los temores a que el golpe de Estado prosperara, inevitables.

«Tejero entró por nuestro lado, por el de los escaños de la izquierda. Ya conocíamos sus andaduras y supimos enseguida lo que era aquello», asegura el exdiputado del PSOE. La ráfaga de balas hacia el techo del Congreso hizo que les cayeran cascotes encima. «Yo siempre había llevado barba, pero ese día me afeité y me hice un corte bajo la patilla, que me sangraba. Esteban Granados me miró y me dijo: 'Joaquín, te han dado'», comparte.

Hubo quienes sufrieron algún mareo, alguno que otro pudo salir porque «dijo que les estaba dando un infarto», pero también quienes se sumaron a sus compañeros, sin ninguna necesidad de ponerse en riesgo. «Pepe Vida Soria había perdido el avión de Granada y llegó ese día tarde. Pues quiso entrar dentro, con nosotros, pese al golpe de Estado», destaca.

Recuerda Almunia las peleas por conseguir algún cigarro -«la mayoría éramos fumadores y hubo quien se resistió a compartir, no voy a decir nombres»-, o cómo los camareros del bar del Congreso les dijeron que los guardias civiles habían «saqueado» las existencias de alcohol.

El golpe de Estado sirvió «de vacuna». El exdiputado socialista recuerda al general Armada saludando cuando abandonaron el Congreso entre un pasillo de uniformados. «Nunca se ha juzgado a la trama civil, que la hubo», subraya. Evoca Almunia las últimas palabras de Landelino Lavilla, entonces presidente de la Cámara, aquel 23-F. «La sesión se convoca para pasado mañana».

  1. Miquel Roca

    «Al verles entrar sentí una profunda tristeza»

Miquel Roca ya portaba el sello de ser uno de los siete ponentes de la actual Constitución cuando el 23 de febrero de 1981 un grupo de guardias civiles irrumpió en el Congreso buscando poner en jaque la democracia, algo que el expolítico y abogado recuerda como «una imagen de profunda tristeza». Al igual que muchos otros de los presentes, creyó que los asaltantes acudían para «protegerlos de algún atentado terrorista». «Al cabo de unos segundos nos dimos cuenta de que no era así», afirma.

El que fuera presidente del Grupo Parlamentario Catalán en el Congreso desde 1977 a 1995 manifiesta que no pasó miedo, pero admite que, obviamente, «no estaba tranquilo». Y no podía estarlo porque, como él mismo reconoce, podría «haber sucedido fácilmente una desgracia».

«Unos tiros iban al techo y otros tocaban la franja divisoria entre un piso y otro», recuerda un Roca que por aquel entonces llevaba ya cuatro años como diputado en la Cámara baja. «La sensación que tenía no era tanto de ver peligrar mi vida, pero sí pensé que de allí salíamos para ir a un campo de fútbol al estilo chileno», relata. A pesar de «la pena»que le produce dicho episodio, cree que «recordarlo es más necesario que nunca porque «la democracia es frágil» y «siempre hay quienes la quieren poner en cuestión».

«Son intolerantes o encuentran la satisfacción del arma como compañera de la violencia», dice Roca, a quien le es imposible no rememorar cómo pasó mucho tiempo del transcurrido en el Congreso pensando en su padre. «Él había nacido en el exilio, y ahora venían estas personas a poner en duda todo lo enorme que se había conseguido». Sin embargo, tiene claro la gran satisfacción que guarda cuando echa la vista atrás. «No solo no consiguieron lo que pretendían, sino todo lo contrario, reforzaron el sentimiento constitucional de la gente».

  1. José Bono

    «Esos 37 balazos son 37 reliquias de la sinrazón»

Una noche triste y a la vez imposible de olvidar» es la forma en la que el ya expolítico José Bono define lo acaecido en el Congreso de los Diputados la noche del 23-F. «Rabia e indignación» fue lo que sintió durante las 18 horas en que el Congreso permaneció secuestrado por los golpistas uniformados, hasta que el golpe de Estado fracasó. Pero también «miedo». «A lo irracional, a lo inesperado, a perder la vida», en definitiva. Se preguntó incluso si llegaría a conocer a su hija Amelia, a quien tanto él como su esposa ya esperaban por aquel entonces, y «sufrió pensando en lo preocupado que estaría su padre, en el pueblo, viudo y solo».

«Otra vez al pozo de la historia en ese macabro juego de la oca al que nos querían someter», pensó durante los momentos de más incertidumbre. «La joven Constitución ha cumplido 43 años, pero aquellos 37 impactos son 37 reliquias de la sinrazón», afirma un Bono que por entonces llevaba ya cuatro años como diputado y que por su condición de secretario cuarto de la mesa del Congreso le tocó vivir la escena a muy pocos metros, justo detrás, del entonces teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero y la pistola que éste empuñaba mientras se dirigía los 350 diputados al grito de «¡se sienten, coño!».

«Le vi la cara a un miedo que aquella tarde se vistió con bigotes negros y tricornio», dice al mismo tiempo que se muestra convencido que de aquel episodio, que fue «vacuna contra los fascistas», «todos aprendimos algo».

«Los políticos de aquella hornada aprendimos a llevarnos mejor, a no descalificar siempre, a valorar alguna vez al adversario», afirma el que fuera presidente de la cámara baja entre 2008-2011, que encuentra en la figura de Adolfo Suárez el mejor ejemplo de todo lo anterior: «Habiendo sido criticado reiteradamente por la prensa y sus adversarios, no se echó al suelo, defendió con valentía su honor como presidente del Gobierno y consiguió concitar la adhesión emocional de la inmensa mayoría de los españoles»

  1. Andoni Monforte

    «Las balas nos pasaron rozando»

Cuando Antonio Tejero irrumpió en el Congreso Andoni Monforte, diputado por el PNV, acababa de votar. «Solo por tres apellidos», recuerda. Después llegó «el desconcierto, los gritos... Tejero había estado metido en otras conspiraciones, como la 'operación Galaxia', pero nadie se imaginaba aquello», reconoce. Mientras los uniformados disparaban hacia el techo de la Cámara baja, se escondieron bajo los asientos . «Nos pasaron rozando», relata Monforte, que lamenta que se restauraran las marcas en la pared cercana a sus escaños. Los siete representantes jeltzales estaban casi en la última fila.

Fue «una noche muy dura». «La actitud de los golpistas era prepotente. Había un capitán que iba narrando cómo iba la cosa: '¡Valencia apoya, Milans del Bosch!', gritaba. Hasta que se dieron cuenta de que las cosas no salían como esperaban». Fundamental fue el papel del diputado de la UCD por Bizkaia Julen Guimón. «Gracias a su transistor nos enterábamos de que el golpe no iba bien», destaca. Hubo incluso un guardia civil que les dijo, en alusión a Tejero: «¿Qué va a pasar? ¡Está loco!».

Como grupo pequeño, creíamos que éramos los que más peligro corríamos. Jugamos a los chinos y yo me fumé todos los puros que llevaba», comparte. Andoni Monforte, que entonces contaba 35 años, tiene grabadas unas palabras de Gerardo Bujanda: «Mientras no se vean muchos uniformes militares, es que esto no ha triunfado». Pero el temor siempre estuvo presente. «Me acuerdo que Juan Mari Bandrés (Euskadiko Ezkerra) quiso que Gabriel Urralburu (PSOE), que había sido sacerdote, le confesara. Urralburu se negó por estar suspendido 'ad divinis'». «Dile que queda anulado en caso de guerra», insistió sin éxito Bandrés.

«Dijeron que era un golpe blando, pero yo creo que no lo fue; hay quienes piensan que era un intento de desalojar a Suárez...», comenta Monforte. «La verdad es que se han escrito multitud de libros sobre aquel día, pero son muchas las lagunas. ¿Cuál fue el papel del Rey? ¿Por qué Felipe González indultó al general Armada? El golpe de Estado fue sin duda una vacuna y el PSOE acabó sacando después mayoría absoluta».

  1. Faustino Muñoz

    «Soñé mucho tiempo con los tiros»

He escuchado un tiro». Faustino Muñoz García (Cáceres, 1942) se lo comentó al oído a su compañero de bancada, Antonio Morillo, diputado por Cádiz, quien le respondió con un gesto de incredulidad. «Los primeros tiros los oí en los pasillos», recuerda el diputado por Cáceres de UCD que aquel 23 de febrero de 1981 vivió el golpe de Estado dentro del Congreso. Cuatro décadas después, todavía conserva en su memoria los detalles de aquella larga jornada de 18 horas, que él terminó en un hospital porque su úlcera de estómago se vio agravada por la falta de medicación. La había dejado dentro de su coche.

Faustino entró ese día al Congreso por los pelos. Se retrasó por una reunión en Cáceres. «Llegué con 15 minutos de retraso, en el momento en el que cerraban las puertas. Metí el pie. Por 15 segundos más no entro». Apenas una hora después, a las seis y veinte, comenzaron los disparos.

«Aquello fue muy impactante. Lo tengo grabado. Estuve mucho tiempo soñando por las noches con los tiros. Y a muchos de mis compañeros también les ocurrió lo mismo. Fue muy duro». Enseguida tuvo claro lo que pasaba. «Cuando vi a Tejero dije: 'esto es un golpe de Estado' y me entró una tristeza enorme. Pensaba en la Constitución, en el trabajo que había costado sacarla adelante».

Muñoz también describe con precisión 40 años después el olor a coñac y anís que desprendía aquel guardia que le encañonó para que se tirara al suelo. No olvida ni su olor ni su cara.

  1. Ludivina García Arias

    «Hay que investigar la trama civil»

Ludivina García Arias tenía 35 años cuando Tejero entró en el Congreso. Socialista nacida en México hija de refugiados, tenía dos hijos, -de uno y siete años- y la angustia instalada en el cuerpo. Estaban aquel día colocados por orden alfabético los parlamentarios según su procedencia, de modo que los asturianos se ubicaban junto a los aragoneses. Hablaban bajito, compartían cualquier noticia que llegaba a la vuelta del baño o la enfermería. Fueron momentos de irrealidad, de tensión.

Imposible pegar ojo. Ella fue al baño y vio lo siguiente: «Me topé con dos ocupantes que debían ser oficiales que habían dirigido la operación y estaban hablando con Blas Piñar, cuando se dieron cuenta de que me acercaba se separaron y, cuando regresé al pleno, Blas Piñar desapareció, y reapareció por la mañana, cuando acababa todo, con la cara desencajada y la gabardina en el brazo». Y lo que narra no es baladí: «Comento esto porque creo que la trama civil no fue investigada».

Imposible olvidar el instante en que el guardia civil al mando del control del plenario ordenó destripar las sillas de los taquígrafos y sacar el serrín para ponerlo encima de la mesa y amenazar: «Al menor movimiento, fuego».

Llegaron después días raros. «Se decidió que no hiciéramos declaraciones. La situación seguía siendo muy delicada, y lo aceptamos». Dice Ludivina que el silencio «no fue inteligente, pero sí comprensible». Su petición ahora es clara: «Que se permita a los historiadores acceder a las fuentes».

  1. Francisco de la Torre

    «Escuché al Rey en la radio de Guimón»

Cuando el hoy alcalde de Málaga y entonces diputado de UCD vio desde su escaño a Antonio Tejero, identificó de inmediato a aquel teniente coronel que había estado destinado en su tierra, donde ya había dado algunas muestras de que no le gustaba la senda democrática que había emprendido España. «El primer recuerdo que tengo es el de los disparos. Tras la incertidumbre inicial, sobre todo porque no sabíamos qué estaba pasando fuera y qué apoyo tenía el golpe, pasé del impacto y la preocupación a la sensación de que algo no les marchaba bien. Sobre todo porque no comparecía la autoridad militar que habían anunciado», rememora.

Sobre los pensamientos que tuvo, De la Torre dice: «Preocupación por el país y por lo que pudiera pasarnos a nosotros y a mi mujer y mis cuatro hijos que estaban en Málaga».

En una de las salidas que pudo hacer al servicio, Francisco de la Torre pudo oír que había emisoras de radio que emitían «en libertad». Aquello le animó y cuando llegó a su escaño le pidió a su vecino, el vasco Julen Guimón, su transistor, donde pudo escuchar el discurso del Rey y también una noticia que provocó una anécdota: «La SER había dicho que la Policía Militar con el comandante Pardo Zancada venía al Congreso. La impresión es que venían a liberarnos. Se lo dije a mis compañeros y llegó al banco azul. Cuando se conoció que venían a apoyar a los golpistas, Pérez Llorca, entonces ministro de Exteriores, comentó: 'De estos libertadores que no vengan más'».

  1. Cándido Méndez

    «'¡Vaya noche que hemos pasado!', le dije»

Reconoce su ingenuidad, con 29 años y solo cinco meses como diputado del PSOE por Jaén. «Cuando vi entrar a la Guardia Civil pensé que podía ser por amenaza terrorista, que venían a protegernos». De la confusión le sacó su vecino de escaño, Cipriano García, del PSUC: «'¡Hostias!, ¡Tejero, el de la 'Operación Galaxia!'». Cándido Méndez Rodríguez, secretario general de la UGT durante 22 años, recuerda que tirado en el suelo pensó que aquello iba en serio. Cipriano, un veterano minero comunista, le dibujó el futuro: «Ahora nos sacarán por la puerta de atrás, nos meterán en camiones, nos internarán en algún sitio y algunos probablemente lleguéis al destino de enterramiento y otros tal vez no lleguemos».

Porque no todos los disparos fueron al techo, «algunos fueron hacia la bancada de la izquierda y con subfusil», relata. Sin noticias del exterior, pensaron que la transición a la democracia fracasaba. La principal fuente informativa, aparte de algún transistor, era «la evolución del rostro de los golpistas». Largas horas de angustia hasta el mensaje televisado de Juan Carlos I. «En este 40º aniversario, habría que hacerle un reconocimiento al rey emérito».

Y una anécdota. Tuvo que orinar «encañonado con el 'cetme'» del cadete que le acompañó. «Luego, cuando se acabó, Tejero los puso firmes en el pasillo y estaba este joven. Cuando pasé a su lado no pude evitar decirle, con cierta empatía porque era un 'mandao', '¡vaya noche que hemos pasado!'. Y él, firme, asintió con la mirada».

  1. Joseba Azkarraga

    «Ordenó dar fuego a mesas si cortaban la luz»

Joseba Azkarraga guarda en la retina un momento de especial tensión aquel 23-F. «Tejero ordenó poner mesas y sillas de las taquígrafas en el centro del hemiciclo y prenderles fuego si cortaban la luz», evoca. Recuerda el entonces diputado por el PNV cómo separaron a los principales líderes de los partidos. «Con el único que no se metió fue con Manuel Fraga». «Está dando un golpe de Estado», dijo este último a Tejero. «Cállese y siéntese», le respondió. Junto a los escaños del grupo jeltzale había un baño. «Levantábamos la mano para ir», explica. En uno de los viajes le acompañó un guardia civil joven:

- ¿Dónde estamos?

- Esto es el Parlamento español. No sé si usted ha votado...

-He visto a Carrillo. Nos han dicho 'quien quiera salvar España, que se suba al autobús'. Y aquí estoy...

Joseba Azkarraga, que en 1981 tenía 29 años, destaca «el respeto entre las diferentes ideologías políticas. «Para los que apostamos por la reforma democrática, no saber lo que iba a pasar nos hacía plantearnos si habíamos acertado», reconoce. El exdiputado jeltzale es de los que cree que «el Rey dejó hacer» y lamenta que «existan materias clasificadas».

Azkarraga evoca el instante en el que el socialista Enrique Múgica les comunica: «Parece que va a llegar el Ejército», les susurra. «¿Los buenos o los malos?», preguntan los jeltzales. «No lo sé». Al salir del Congreso, «no sabíamos si nos llevaban al campo

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