José Luís Escrivá, durante el Pleno del Congreso de los Diputados. / efe

Su señoría la corbata

La prenda se carga de ideología en un pleno en el que el ministro Escrivá desatiende los consejos de Sánchez y sube a la tribuna de oradores con ella puesta

J. A. G.

Convertidas en las últimas semanas en una prenda de identidad política, las corbatas, que llevan vistiendo los escaños de la Carrera de San Jerónimo desde los tiempos de Sagasta, tuvieron ayer su pequeño gran protagonismo en el pleno extraordinario que se desarrolló en el Congreso para, entre otros asuntos de calado, aprobar el decreto de ahorro energético de cara a este otoño-invierno, en el que más que ajustarnos el nudo al cuello, nos tocará ajustarnos el bolsillo.

Corbatas sí, corbatas no. He ahí la cuestión. Desde que este pasado mes de julio, Pedro Sánchez animara a todo quisqui a quitarse la corbata «cuando no sea necesario» para ahorrar en aire acondicionado, los diputados de derechas o izquierdas han pasado a distinguirse los unos de los otros por su decisión de abrocharse o no el corsé al gaznate.

¿Todos? Pues no, porque el ministro José Luis Escrivá, el primero que subió a la tribuna de oradores para defender el decreto del nuevo sistema de cotización de los autónomos, lo hizo con una elegante corbata de tono azul marino. 'Escrivá se rebela', titulaban algunos medios en son de guerra. Lo cierto es que el jefe no estaba (Sánchez anda de viaje en Colombia, Ecuador y Honduras), así que Escrivá se 'atrevió' a desobedecerle... O quizá en ese pulso por quitársela o ponérsela, ganó el economista formal y auditor fiscal que lleva dentro. Ya se sabe que estos señores vienen al mundo con el traje y el windsor puestos.

El caso es que las corbatas poblaban los escaños masculinos de la oposición (arrasaban en la bancada de PP y Vox) y brillaban por su ausencia en los de los socialistas y sus socios de investidura, con excepciones como Joan Capdevila, de ERC, que en esto de seguir los consejos de Sánchez siempre ha sido muy independiente. El republicano aprovechó su turno en la tribuna para lanzar su guiño a través de su corbata, amarilla, aunque no un amarillo chillón, más bien algo deslavazado... casi, casi como el procés.

efe

En la bancada azul del Gobierno, salvo el ya citado Escrivá, los escasísimos ministros presentes se desprendieron de la corbata, entre ellos el titular de Cultura, Miquel Iceta, con los cuellos de su camisa blanca bien abiertos como si necesitara ponerlos a bailar a lo Freddy Mercury. Tampoco llevaba la icónica prenda el ministro de Universidades, Joan Subirats. Eso sí, los dos conservaron puesta la chaqueta.

La imagen de ambos descorbatados recordaba a aquella otra de 2011 del exministro Miguel Sebastián, el primero que se sentó sin corbata en los escaños reservados al Gobierno. Han pasado once años desde aquel episodio («sin corbata tienes una sensación de dos o tres grados menos») que le valió un tirón de orejas de su compañero de partido, el muy protocolario José Bono, que entonces presidía el Congreso.

El hemiciclo, que a lo largo de la sesión matinal y vespertina, mantuvo en todo momento la temperatura de 27 grados exigida en la nueva norma de ahorro energético, apenas registró media entrada. Como se permitió el voto telemático, los diputados que quisieron pudieron prolongar las vacaciones en sus lugares de veraneo. Tanto espacio libre ayudó a que el aire corriera más libre y hasta refrescó algunas acaloradas ideas, lo que es de agradecer en un lugar donde suele galopar viciado. Entre las féminas presentes, mucho vestido ligero (de tirantes y manga corta) y algunos abanicos, que 27 grados siguen siendo 27 grados.

Al margen de los resultados de las votaciones, la corbata ganó por mayoría simple. Fuera del Congreso, la temperatura iba subiendo. Y no por los rigores del bochorno madrileño, que no acaba de marcharse, sino por la protesta de los bomberos forestales, que reclamaban un estatuto propio… con cascos y sin corbata.