Pedro Sánchez se dirige al pleno del Congreso el pasado 16 de febrero. / Eduardo Parra / Europa Press

Sánchez ve en Feijóo un escollo a su plan para ocupar el centro

En el Gobierno confían en que el nuevo líder popular propicie mayor estabilidad institucional, pero temen su potencial atractivo electoral

Paula De las Heras
PAULA DE LAS HERAS Madrid

En apenas cinco días la percepción del Gobierno y el PSOE sobre el impacto de la crisis del PP ha cambiado de forma notable. Los socialistas dieron el pasado fin de semana un paso al costado para asistir como espectadores interesados al desmoronamiento del principal partido de la oposición. Nunca hubo auténtico regocijo pero sí cierta sensación de que ante ellos se abría una ventana de oportunidad. «El electorado moderado –decían– se ha quedado huérfano». Ahora, no lo tienen tan claro.

Los populares parecen haber recorrido su particular vía crucis en un tiempo récord, sobre todo, si se compara con lo que le costó al PSOE resolver la crisis de liderazgo en la que quedó sumido tras la defenestración de Pedro Sánchez en octubre de 2016. Si las cosas siguen el curso previsto, Alberto Núñez Feijóo será aclamado presidente del PP en un congreso extraordinario a principios de abril. Sánchez no recuperó su cetro hasta mayo de 2017. Y aunque su victoria sobre Susana Díaz fue inapelable, los resultados de aquellas primarias hablaban de una nítida fractura interna (50,2% para el hoy presidente del Gobierno, 39% para la andaluza y menos del 10% para Patxi López).

Durante la semana de acontecimientos veloces en la que los barones del PP se han cobrado la cabeza de Pablo Casado y de su número dos, Teodoro García Egea, para encumbrar al presidente gallego, Pedro Sánchez hizo lo posible para evitar ser percibido como un político carroñero. No solo por la promesa de no aprovechar la coyuntura para adelantar unas elecciones en las que, según admiten en su partido, no necesariamente le iría bien. Renunció a hacer leña del árbol caído en todas sus declaraciones.

«Nadie puede estar contento con la situación –remarcaba un veterano diputado con experiencia orgánica horas antes de que el aún formalmente presidente del PP claudicara ante los cargos territoriales en Génova–. Todo lo que debilite el sistema institucional nos perjudica a nosotros también». En la actitud de Sánchez, sin embargo, subyacía al tiempo esa creencia de que la situación podría servirle para emerger como única alternativa viable a los ojos del votante moderado en un contexto, además, de crecimiento económico ahora amenazado por la guerra en Ucrania.

Imagen «propagandística»

En el PSOE se han lanzado ya a cuestionar que Alberto Núñez Feijóo posea, en realidad, un perfil atemperado. «Ha montado una imagen propagandística de sí mismo, igual que hizo en su día Alberto Ruiz Gallardón», apunta una socialista gallega, en consonancia con el análisis que en los últimos días defienden desde Ferraz. No niegan la eficacia de su estrategia. Pero, en cualquier caso, advierten de que su prueba de fuego será la investidura de Alfonso Fernández Mañueco en Castilla y León.

«Si llega para avalar el Gobierno con Vox, ese aura se resentirá; si nos acepta el reto del cordón sanitario, en cambio, nos cierra espacios», apunta un dirigente del PSOE. Pese a su discurso público, los socialistas no se llaman a engaño y asumen que también a ellos el pacto de coalición con Unidas Podemos y las alianzas parlamentarias con formaciones independentistas les han pasado factura.

En términos generales, en el PSOE se reconoce al presidente de la Xunta de Galicia como un rival mucho más «sólido» y temible que Casado. También con un sentido más institucional de la política. «Su designación es una buena noticia para España y no tan buena para PSOE. Si mantiene su seriedad habitual, transmite madurez y acaba con obstáculos como la renovación CGPJ y el TC, puede capitalizar voto moderado que Casado no ha sabido atraer. Y si una parte del electorado fronterizo PP VOX llega a la conclusión de que tiene opciones, se decantará por él como vía para llegar a gobernar», vaticina, con todas las cautelas, un veterano fontanero de la Moncloa.

A Feijóo se le reconoce además otra virtud: ha demostrado que sabe unir al partido en torno a su figura. «En Galicia se tuvo que enfrentar, ni más ni menos, que a importantes caciques para hacerse con las riendas del PP y les ganó la partida. No es ningún ingenuo», avisa un exsecretario de Organización del PSOE.