Mónica Oltra. / EFE

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Mónica Oltra, una dimisión imparable, pero a regañadientes

La decisión viene motivada tras ser imputada el pasado jueves por supuestamente encubrir a su expareja por abusos sexuales a una menor

Ramón Gorriarán
RAMÓN GORRIARÁN Madrid

«Será más pronto que tarde», avisó el lunes Ximo Puig, y 24 horas después del florentino ultimátum del presidente de la Generalitat, Mónica Oltra dimitió de todos sus cargos en el Gobierno y en las Cortes autonómicas. No fueron las «razones estéticas, éticas ni jurídicas» que invocó el viernes la hasta ahora vicepresidenta para negarse a enfilar la puerta de salida. Ha sido la política, aunque ella haya echado la culpa -poco original- a una «infamia judicial y mediática».

La dimitida buscó unir su suerte a la del futuro del tripartito del Botànic (firmado en junio de 2015 por los socialistas, Compromís y Unidas Podemos en el jardín botánico de la Universidad de Valencia). Creyó estar por encima del pacto y calculó que si se iba, arrastraba a Compromís. Pero no. Desde la dirección de la coalición valencianista, de izquierda y ecologista le hicieron saber, para su disgusto, que las cosas no eran así.

Los cánticos y bailoteos con sombreritos naranjas del festejo del pasado sábado parecían pero no eran un cierre de filas. Unas imágenes infumables en medio de un caso sórdido donde los haya. «Yo no estoy para fiestas», avisó el socialista Puig haciéndose eco de un sentir general ante la inoportuna francachela.

La ya exvicepresidenta pinta mucho en Compromís, pero no manda todo. Porque aunque sea la cara más conocida, no deja de ser la líder de una formación minoritaria en la coalición, Iniciativa del Poble Valencià. En esa alianza la fuerza mayoritaria es el Bloc Nacionalista, ahora Més-Compromís.

Oltra se quedó en Iniciativa en coherencia con sus orígenes en el Partido Comunista del País Valenciano, al que se afilió con 16 años en 1984, el mismo año que regresa con su familia emigrante de Alemania. Tras el clásico proceso de centrifugado, divisiones y escisiones de todas las familias comunistas en los ochenta y noventa consigue un escaño en las Cortes autonómicas en 2007 en las listas de Compromís.

Enseguida se hizo un rostro conocido fuera de la Comunidad Valenciana por su agresivo activismo contra el PP y sus casos de corrupción. Sus camisetas alusivas adquirieron notoriedad, por llevar una de «Camps. Wanted. Only alive» (Se busca. Solo vivo), fue expulsada de la Cámara regional. Se convirtió en la imagen de Compromís. Ahora, que ha probado su jarabe, el futuro es un albur.

Como también lo es su papel en el proyecto Sumar de Yolanda Díaz, del que es una firme propulsora. La vicepresidenta, de momento, calla. Un silencio extraño y espeso bastante extendido entre supuestos aliados y presumibles amistades.