Teodoro García Egea y Pablo Casado. / EP

¿Llegará vivo el aún líder del PP a la junta directiva nacional?

Las deserciones convierten a Casado, que pretende medir sus fuerzas en esa cumbre, en un presidente moribundo

Lourdes Pérez
LOURDES PÉREZ

El runrún se escucha en las filas del PP desde el viernes, cuando la crisis en el partido estaba ya abierta en canal: 'si Pablo no toma decisiones y rápidas, los barones lo harán por él'. Anoche, Casado protagonizó un movimiento agónico -la convocatoria de una junta directiva nacional para el lunes, día 28- por el cual se enroca sin dimitir, al tiempo que desafía al batallón de los barones comandado por Alberto Núñez Feijóo con la anuencia de Isabel Díaz Ayuso a que le impongan un congreso extraordinario para derribarle. Atrincherado en Génova con los contados fieles que le arropan y preservando la cabeza de su secretario general, Teodoro Gracía Egea, cuya decapitación resuena ya como una exigencia clamorosa entre los populares, el todavía presidente de la formación conservadora se ha dado un semana de plazo para calibrar sus fuerzas ante la cumbre de la próxima semana; pero ya ni siquiera está claro que esta vaya a organizarse el lunes aunciado, después de que un barón tan significativo como Juanma Moreno haya puesto el grito en el cielo porque coincide con los actos institucionales del Día de Andalucía. Y lo que es aún menos diáfano es si Casado va a aguantar un pulso, a cada minuto más insostenible, hasta la reunión del máximo órgano del partido entre congresos.

Quienes todavía le velan las espaldas le creían ayer en disposición de medir fuerzas dada la implacable hiperactividad desplegada por García Egea, territorio a territorio, para amarrar el liderazgo interno de su jefe de filas. Y Casado cuenta a su favor con que el presidencialismo del PP le empodera entre las opciones que permiten los estatutos. Pero el muro defensivo que está tratando de levantar, llamando para que acudan a Génova en peregrinación todos los cargos que supuestamente todavía atesora, empieza a asemejarse a una defensa numantina, a la desesperada, frente al constante goteo de deserciones no ya de los críticos, sino de los que habían engrosado el entorno del líder hasta que la fractura interna se ha hecho abisal. Casado es hoy un líder moribundo. El interrogante es cómo y hasta cuándo se mantendrá con la respiración asistida de la convocatoria de la junta directiva nacional.

Por de pronto, ni está claro que vaya a ser el lunes ni cuál es el orden del día, que puede fijarse hasta 24 horas antes. Como tampoco ha especificado, lo que queda en pie del 'casadismo', cómo se va articular el debate sobre el congreso extraordinario con el que el líder pretende calibrar unos apoyos cada vez más menguantes, con el ordinario previsto para julio en la agenda mojada de los populares. Casado lleva siete meses sin convocar la cumbre de la formación que congrega a todos los cargos que son algo en ella: más de 400 integrantes del PP, que tienen en su mano, si suman dos tercios, imponer a su presidente el congreso extraordinario si este se obceca en resistir y retarlos a hacerlo. La última junta nacional tuvo lugar en el parador de Gredos, en Ávila, el 21 de julio del año pasado, para conmemorar el tercer aniversario del triunfo de Casado frente a Soraya Sáenz de Santamaría por el liderazgo del primer partido de la oposición. Días de vino y rosas para el 'casadismo' que se han tornado en un bosque de espinas.