Un grupo de migrantes trata de cruzar el paso. / efe

La avalancha de Ceuta, siete meses entre bulos y alertas

Más de 12.000 migrantes cruzaron la frontera en apenas 48 horas el pasado mayo con la permisividad de Marruecos. Casi todos han salido ya de una ciudad que ha recuperado la normalidad

JUAN CANO Ceuta

Sabah tiene cientos, quizá miles de sobrinos. Más de los que alcanza a contar y de los que puede atender en su chat de WhatsApp o su perfil de Facebook. Durante la crisis migratoria del pasado mayo, salía cada noche con unas amigas en su coche para repartir comida, ropa y mascarillas entre los jóvenes –muchos de ellos niños– que llegaron a Ceuta. Ella fue su asidero a la esperanza. Por eso todos la llaman tita. La vieja casa de los padres de Sabah se convirtió aquellos días en improvisado refugio de 36 personas. Ahora sólo queda un chaval de 22 años que, dice, no tiene a dónde ir mientras espera respuesta del Gobierno español a su petición de asilo.

Ceuta, como la casa de Sabah, se ha ido vaciando estos meses. Estas son las cifras oficiales: entre el 17 y 18 de mayo se produjo la entrada masiva de más de 12.000 personas, de las que se calcula que unas 1.500 eran menores. «El 95% ya no se encuentra en Ceuta», afirman desde el Gobierno de la ciudad autónoma, que actualmente acoge –estos son al menos los que tiene contabilizados- a 380 menores entre el albergue de Piniers y el centro de La Esperanza, y a 160 adultos en las naves del Tarajal. «Les prestamos asistencia básica: ducha, enfermería, médico, asistencia psicológica, servicio de lavandería y clases de alfabetización», explica la portavoz de Cruz Roja en Ceuta, Isabel Brasero, que aclara que la mayoría tiene de 18 a 30 años.

En mayo, un porcentaje «importante» de los migrantes que entraron –añaden en el Gobierno de la ciudad- regresó durante las primeras horas, de forma más o menos voluntaria, a Marruecos, que accedió a abrir la frontera para que retornaran. En el Tarajal, mientras volvían sobre sus pasos, muchos afirmaban sentirse engañados por los rumores que les empujaron a cruzar, como el que decía que Cristiano Ronaldo iba a disputar un partido amistoso en Ceuta, lo que movilizó a niños de corta edad en las escuelas.

Esta Navidad los bulos han vuelto a repetirse. La víspera de Nochebuena, un mensaje de voz circuló al otro lado de la frontera. En el audio, una mujer dice en dariya, el dialecto local: «Oye tía, ¿has escuchado lo que ha pasado? Que el Rey de Marruecos ha dado permiso para que a las 00.00 horas se abran las fronteras y no haya vigilancia por lo marítimo para que pueda haber una avalancha de personas. Les ha dicho: '¿No queréis pasar a Ceuta? Pues os lo dejo libre'. Vamos a comprar pipas y mirar todo desde la azotea, que madre mía vaya espectáculo va a haber (sic)».

El mensaje, que en realidad no era más que la difusión de un bulo amplificado por WhatsApp, Telegram y Facebook, provocó un intento de entrada masivo. Cientos de jóvenes marcharon desde la vecina ciudad de Castillejos hacia el Tarajal, pero las fuerzas de seguridad marroquíes los frenaron.

En Nochevieja ha vuelto a ocurrir. Mensajes como éste animaron a miles de jóvenes a intentar acceder a Ceuta por distintos puntos fronterizos, aunque el despliegue policial en el lado marroquí –un millar de agentes tomó Castillejos- frustró la tentativa. Hubo disturbios, cargas policiales y numerosos detenidos.

«Solidaridad y madurez»

En la frontera española se ha activado la alerta y tanto la Policía Nacional como la Guardia Civil aseguran estar preparadas para actuar, aunque hasta ahora no han llegado a intervenir. Se diría, recurriendo al tópico, que hay calma tensa. Pero no. «En Ceuta se vive así, somos conscientes de que puede pasar en cualquier momento», sostiene la portavoz de Cruz Roja. «Esto de los bulos –prosigue- y los intentos en las fechas especiales de la Navidad ocurre todos los años. Ahora la preocupación es otra: el virus».

Sabah no maneja estadísticas, pero sí el pulso de la calle. Estas son las cifras no oficiales. Ella sabe que el asentamiento de las escolleras ha crecido porque ahora le lleva comida a una treintena de críos que malviven entre las rocas esperando una oportunidad para colarse en el ferri o en los bajos de un camión. «Los chicos no quieren quedarse en los centros de menores porque son muchos, se pelean… Lo primero que te dicen los niños es que no van a esperar seis u ocho años en Ceuta (hasta la mayoría de edad) para llegar a la Península», explica la mujer.

Sabe que hay otro asentamiento en la playa de San Amaro porque queda de vez en cuando con ellos en el puerto para darles mascarillas y comida. También sabe que suelen reunirse en los alrededores del establecimiento de la cadena Lid'l de la avenida Muelle Cañonero Dato, junto a la estación marítima, para mendigar. «Se concentran allí esperando que los ciudadanos que va a hacer compras les den alimentos», interviene Francisco Bravo, portavoz del Sindicato Unificado de Policía (SUP) en Ceuta, quien matiza, no obstante, que la situación en la ciudad se ha revertido «bastante».

Convivencia pacífica

La convivencia ha sido, salvo excepciones, pacífica. El presidente-alcalde de la ciudad autónoma, Juan Jesús Vives, así lo mantiene: «Si de algo ha dado muestras Ceuta en este año tan difícil es de entereza, solidaridad y madurez. No ha habido un solo episodio de racismo o xenofobia, si bien en los primeros momentos a los ceutíes les embargó un sentimiento de intranquilidad, angustia y desasosiego». Vives aprovecha para recordar al Gobierno la necesidad de crear el plan estratégico que anunció tras la crisis migratoria de mayo.

La delincuencia ha aumentado ligeramente. En el primer trimestre de 2021 había descendido un 25,5%; al término del semestre (el dato que ofrece Interior es acumulado), había bajado un 0,3%; y hasta octubre (última estadística publicada por el ministerio) había subido un 1,9%, lo que indica que los últimos meses han lastrado la reducción de la criminalidad en el primer tercio del año.

«Pero no necesariamente porque ellos [los migrantes llegados en mayo] delincan», matiza una fuente judicial. «La delincuencia –agrega- también ha subido porque ellos se han convertido en víctimas de delitos que se producen entre ellos, como las lesiones, o los hurtos y los robos, que son cometidos por menas (menores no acompañados) que llevaban más tiempo aquí o incluso por grupos de jóvenes ceutíes.

«Ceuta ha dado muestra de entereza. No ha habido ningún episodio de racismo o xenofobia», dice el presidente Vivas

Hace unos meses, la policía detuvo a un grupo de cinco menores residentes en Ceuta que, al parecer, acudieron tres noches seguidas a robar sus (pocas) pertenencias a los migrantes que acampaban en la playa de Benítez. «Fue curiosísimo. La propia gente de Ceuta, vecinos de los barrios aledaños, salieron a defender a los marroquíes», añade la fuente judicial.

Muchos de los que llegaron en mayo han logrado su objetivo, que era llegar a la Península. Lo han hecho en ferry, pero no ocultos en las bodegas, sino como parte del pasaje y con su billete comprado en taquilla. Una sentencia del Supremo dictada el 29 de julio de 2020 les reconoce su derecho a moverse libremente por territorio español (y no sólo por Ceuta y Melilla, como ocurría antes) mientras se tramita su solicitud de asilo. Eso ha reducido los intentos de cruzar el Estrecho en patera por parte de migrantes adultos. Los menores, que no tienen esta posibilidad, lo siguen intentando en ferris, camiones o pequeñas embarcaciones que salen de la costa.

El embudo de Ceuta ha desembocado, desde el punto de vista asistencial, en Andalucía. Los servicios sociales del Ayuntamiento de Málaga dan fe de esa situación: «Desde el pasado verano, hemos notado el aumento de la llegada de jóvenes marroquíes que se bajaban del barco y, literalmente, no tenían a dónde ir; estábamos preparados, así que les hemos asignado recursos y han podido ser atendidos».

Hay otros de los que no se sabe nada. «Muchos están desaparecidos. Es imposible saber cuánta gente ha muerto en el mar este año (los que lo han intentado en patera). Los familiares me pasan fotos que suben a Facebook y me preguntan: '¿Habéis visto a este muchacho?'», relata Sabah, que se muestra convencida de que, excepto los que retornaron voluntariamente los días posteriores a la entrada masiva de mayo, muy pocos han vuelto a Marruecos: «No quieren. Imagínate cómo están allí, si prefieren vivir en la escollera de un puerto».