A la izquierda. Pedro Sánchez renuncia a su acta de diputado en 2016. Derecha. asado, en su última sesión de control, este miércoles. / R. C.

Dos asesinatos políticos con muy distinta sepultura

La batalla del PSOE llevó en 2016 a un divorcio profundo entre militancia y dirigentes que no se percibe en el PP

Paula De las Heras
PAULA DE LAS HERAS Madrid

La caída en desgracia de Pablo Casado y su intento inicial de resistir al frente del partido pese a su cada vez más evidente soledad evoca, en no pocos aspectos, el episodio que acabó en 2016 con el primer mandato de Pedro Sánchez al frente del PSOE. Pero pese a ciertas analogías, entre un caso y otro existen no pocas diferencias.

1. La duración de la batalla

Lo que se escondía tras el choque interno era, en ambos casos, una mera lucha por el poder. Ni existió debate ideológico en el PSOE ni lo ha habido en el PP. Pero, a diferencia de lo ocurrido con Casado, el liderazgo de Sánchez estuvo en el alero casi desde el primer día. Susana Díaz propició la elección del hasta entonces poco conocido diputado madrileño en 2014 pensando que podría controlarlo y que no sería más que un peón en sus manos, su hombre de paja hasta que pudiera dar el salto a Madrid. A los tres meses, le declaró la guerra. La amenaza de un golpe de Estado orgánico fue una constante para la dirección socialista al menos desde 2015. Sánchez cayó en octubre de 2016.

2. El relato

Fue la gran baza de Sánchez. Tras dos años de asedio, Díaz se había convertido en la madrastra del cuento. Aunque el líder del PSOE había defendido en la campaña electoral que había que dejar gobernar a quien lograra sumar más apoyos parlamentarios, acabó aferrado al 'no es no' contra Mariano Rajoy. Fue una bandera de conveniencia. Sabía que si se convertía en el secretario general que permitió gobernar al PP, sus opciones de ganar el Congreso federal, pospuesto por la repetición electoral, se esfumarían. Las bases, sin embargo, asumieron íntegro su discurso. En parte, porque fue capaz de mantenerlo hasta el final. Casado trató de encuadrar su confrontación con Isabel Díaz Ayuso, para la militancia del PP la princesa del cuento, dentro de una cruzada contra la corrupción. Pero él mismo se encargó de hacer trizas el argumento cuando, a las pocas horas de haberla señalado por incurrir en malas prácticas, dio carpetazo a las pesquisas internas sin que la presidenta de la Comunidad de Madrid hubiera presentado más prueba documental de su honestidad que su propia palabra.

3. El alineamiento

Sánchez nunca estuvo tan solo como ha estado Casado en su resistencia numantina. Es cierto que el día después del funesto comité federal del 1 de octubre de 2016, en el que los socialistas se 'acuchillaron' casi en vivo y en directo, algunos de sus más próximos colaboradores entregaron las armas y renunciaron a seguirlo en su posterior pelea para recuperar el cetro del partido, pero el hoy presidente del Gobierno llegó vivo y con un nada desdeñable apoyo interno a esa reunión. Aunque no tenía el respaldo de los barones, que le acusaban de estar dispuesto a entregar la gobernabilidad del país a Podemos y los independentistas, sí atesoraba el de muchos cuadros medios y el de casi la mitad de la ejecutiva. Los fieles al líder del PP podían contarse ya este martes, literalmente, con los dedos de una mano.

Sánchez se marchó como mártir ante las bases y eso le llevó en volandas a una resurrección a la que Casado ni aspira

4. Los métodos

La batalla del PSOE fue cruenta pero se dirimió con las armas de lo orgánico. Nunca se supo de un caso de espionaje para chantajear al rival con trapos sucios como, supuestamente, ha ocurrido en el PP. Tampoco emergió una figura equiparable a la de Teodoro García Egea, capaz de concitar un rechazo visceral incluso en los inicialmente cercanos al líder. El destino de Casado ha acabado unido al de su número dos, aunque hubo algún momento, en el que pareció que entregar su cabeza podría salvarlo.

5. Las secuelas

A estas alturas es ya obvio que Pablo Casado no va a intentar volver cual ave fénix. Y el modo en el que, según parece, el PP cerrará su crisis no dejar 'a priori' tantas heridas abiertas. La guerra civil socialista provocó algo difícil de gestionar para una organización política: un divorcio profundo entre las bases y los dirigentes. La reconciliación interna, escenificada en el congreso federal de octubre, ha tardado cinco años en llegar. Los barones del PP, a diferencia de los socialistas, se han alineado con quien gozaba de más apoyo popular, Isabel Díaz Ayuso. Pero la figura de consenso para ocupar la presidencia, Alberto Núñez Feijóo, no era uno de los dos protagonistas de la pugna que ha convulsionado al partido.

A Sánchez se le obligó a dimitir como secretario general y abandonó el escaño, abatido, para no tener que votar en la investidura de Rajoy. Eso engrandeció su figura ante las bases. Casado vivió una manifestación a las puertas de Génova pidiendo su marcha, pero el partido le ha permitido despedirse con dignidad en la Cámara baja y mantenerse en el cargo hasta el congreso de abril.