MARÍA PICASSÓ I PIQUER

Xiomara Castro, la parte contratante de la segunda parte

La primera presidenta de Honduras recupera el poder para la izquierda tras el golpe de Estado que apartó a su esposo y la caída en desgracia de su sucesor, aliado de EE UU que le acusa ahora de corrupto y narco

JON G. ARAMBURU

Bien visto, la fórmula ha rendido suculentos réditos a lo largo de la Historia. Eva y Juan Domingo Perón. Imelda y Ferdinand Marcos, Jiang Qing y Mao Zedong, Cristina y Néstor Kirchner... Hasta Hillary Clinton rozó el larguero, si nos ponemos estupendos. Salvando las distancias, la nueva presidenta de Honduras, la primera mujer en el cargo en un país remiso a quitar la batuta a los hombres, tiene entre sus muchos desafíos el de demostrar a propios y extraños que no es una figura de paja hecha a la medida de Manuel Zelaya, amante esposo y también presidente derrocado en el golpe de Estado de 2009 cuando cometió la osadía de acercarse a Hugo Chávez, una deriva que nunca ha sido bien vista al sur de Río Grande.

Xiomara Castro, de 62 años, acaba de ganar las elecciones de Honduras, lo que ha permitido a la izquierda recuperar el poder perdido hace ya 12 años. Lo ha hecho en un momento complejo -como acostumbran a serlo todos en las cancillerías centroamericanas-, con el país sacudido por la pandemia, desastres naturales en forma de huracanes y unos índices migratorios galopantes. Bueno, y con el presidente saliente, el conservador Juan Orlando Hernández, cuestionado por corrupción y tráfico de drogas nada menos que por la Administración norteamericana, que acaba de condenar a su hermano y no descarta extraditarlo también a él para ajustarle las cuentas. Una fiesta, vamos.

«¡Pueblo, no te voy a fallar!» Con mis promesas retornaremos al orden democrático», se puede leer en la cuenta de Twitter de Xiomara, que a sus 62 años, ha conseguido, aliada con Salvador Nasralla de la Unión Nacional Opositora de Honduras, imponer un programa de «refundación del país» y que plantea incluso convocar una Asamblea Constituyente para modificar la Carta Magna, en línea con lo que en Chile propone su correligionario Gabriel Boric. También derogar la Ley Orgánica de las Zonas de Empleo y Desarrollo Económico, que faculta a determinados elementos para influir en la política fiscal o de seguridad, pasando por encima de la soberanía del país.

En el cesto de Xiomara, además de la lucha contra la corrupción, el 'narco' y los escuadrones de la muerte, figura el respeto para las mujeres, aunque sus más directos colaboradores dudan que sea el momento de afrontar el aborto o el matrimonio igualitario. La avala una victoria aplastante al recabar casi el 54% de los votos emitidos, veinte puntos por encima de las cifras de Nasry Asfura, candidato del PN y principal rival. Un triunfo lo bastante holgado como para enmudecer su enconada diatriba anticomunista y forzarle a dar un paso atrás dos días después de la consulta.

Xiomara, originaria de una familia de terratenientes, se casó con su primo Manuel a los 16 años y tuvieron cinco hijos, lo que no le impidió a ella licenciarse en Administración de Empresas. Los que sientan querencia por las hemerotecas descubrirán que él empezó su carrera política en el centro-derecha para ir escorándose poco a poco; mientras ella armaba la línea femenina del partido Liberal. Sea como fuere, tras el golpe militar que depuso a su marido con el apoyo del Congreso, Xiomara se convirtió en el rostro de la oposición, llegando a encabezar protestas por el centro de Tegucigalpa y arrogándose un cada vez mayor protagonismo cuyos frutos recoge ahora.

La esposa de Zelaya toma las riendas de un país con 9,5 millones de habitantes, de los que el 70% viven en el umbral de la pobreza

Con independencia de la influencia que Manuel Zelaya ejerza sobre su mujer -y que él se empeña en repetir que se limitará a la de mero «asesor»-, varios rasgos parecen distinguir a esta izquierda de la que lideraba el otrora presidente hondureño. Hablamos, primero, de formaciones distintas, ya que el Partido Liberal, que ha logrado alzarse al tercer puesto en las urnas, es de centro-izquierda, y el que comanda Xiomara Castro surgió del 'putsch' de 2009 e incorpora a elementos campesinos y ecologistas, lo que le permite gozar de una base social más amplia. Abona un escenario de moderación -más en la línea de la línea Michelle Bachelet- la presencia de Salvador Nasralla, que sumó sus fuerzas semanas antes de las elecciones. Su contribución es muy relevante, ya que permite que el nuevo ejecutivo acoja en su seno desde empresarios e industriales hasta las clases medias.

El patio trasero de EE UU

¿Qué papel va a jugar Estados Unidos en este escenario de giros y contragiros? Pues no está muy claro, ya que aunque Xiomara ha sido tachada por sus rivales de «comunista» y los antecedentes de Zelaya no invitan, precisamente, a bajar la guardia, la Casa Blanca necesita un interlocutor en su patio trasero, algo para lo que hoy por hoy no puede contar ni con la Nicaragua de Ortega, ni tampoco con El Salvador o Guatemala. Y si bien el nuevo gobierno hondureño quiere sacudirse de encima los afanes colonialistas de Estados Unidos, a nadie se le escapa la dependencia económica que tienen de él, y en este contexto el cambio de aires que ha propiciado la llegada de Biden es bien recibido.

Es precisamente el Tío Sam el que ha segado el suelo bajo los pies de los rivales de Xiomara Castro. Lo ha hecho enfundando a Tony Hernández, el hermano del presidente saliente, en un buzo gris de presidiario y condenándole a cadena perpetua, después de que un juzgado de Nueva York le hallara culpable de introducir 185 toneladas de cocaína a EE UU, así como de facilitar sobornos, entre otros a Juan Orlando, provenientes del 'Chapo' Guzmán y del cártel de Sinaloa para 'engrasar' el tráfico de polvo blanco. A la luz de los últimos acontecimientos, no sería de extrañar que se llamara a declarar al exmandatario hondureño, aunque por ahora ningún cargo le apunte a él directamente. Xiomara observa mientras le hacen el trabajo sucio.