Plaza de San Marcos y el Gran Canal de Venecia.

Tornos con reserva para visitar Venecia

«Todos los habitantes del mundo quieren venir al menos una vez en su vida, pero no podemos acoger a todos juntos», justifica el alcalde

DARIO MENOR Enviado especial a Venecia

Un torno y una reserva: esos son los elementos con los que Venecia intentará recuperar el equilibrio. La Ciudad de los Canales, que lleva 1.600 años manteniéndose con éxito entre el mar y la tierra, ultima su defensa contra la más peligrosa de las amenazas que se ciernen sobre su presente y su futuro: la masificación turística. Una vez salvada de los episodios de 'agua alta' gracias al Mose –la instalación de diques móviles que ya está en funcionamiento aunque no estará concluida hasta finales de año–, la antigua 'Serenissima' pondrá en marcha a partir del próximo verano un sistema de reservas para regular los accesos a la ciudad y evitar las aglomeraciones que se producen en los días más señalados.

Se pretende así que Venecia ya nunca más resulte invivible tanto para sus vecinos como para los turistas. Se estima que recibe unos veinte millones de visitantes anuales, aunque no de manera regular. Hay masificaciones en Carnaval, verano o Semana Santa, pero en otras fechas sus calles, plazas y canales están mucho más despejados. «Los tornos funcionarán unos noventa días al año. El resto del tiempo no hará falta porque no hay tanta gente», explica el alcalde, Luigi Brugnaro, desde la sala de reuniones del centro de control, un edificio inaugurado hace un año y situado en Tronchetto, la isla artificial donde deben dejar su vehículo quienes llegan a Venecia con ese medio. Delante de esta moderna construcción el Ayuntamiento ha instalado unos prototipos de las barreras con las que regulará los accesos a la ciudad: solo se abrirán mostrando con el móvil el código recibido cuando se hizo la reserva.

'Gran hermano'

Brugnaro habla sentado junto a una gigantesca pantalla que es una suerte de 'gran hermano'. Permite conocer la previsión de las mareas, la oscilación de las temperaturas, la calidad del aire, la posición de los 'vaporetti' y demás medios públicos de transporte... Ofrece un impresionante flujo de información entre el que destaca un mapa que divide la ciudad en cuadrantes, áreas de 150 metros de lado. Sobre cada uno de ellos se levanta una columna que refleja la cantidad de individuos que hay en cada momento en esa zona.

Pasando la punta del ratón por encima de la columna se sabe cuántas de esas personas son extranjeras y cuántas italianas, incluso la región de origen de éstas últimas. «Es un sistema pasivo que utiliza la información de las tarjetas sim de los teléfonos móviles, aunque se trata de datos anónimos y agregados. No sabemos la identidad de esas personas», tranquiliza Paolo Bettino, responsable de la empresa municipal encargada de la digitalización de la ciudad. Esos datos son oro para el sistema de accesos regulado que quiere poner en marcha Brugnaro: permiten incluso prever dónde y cuándo se va a producir una aglomeración e intervenir para tratar de evitarlo.

«Todo el mundo quiere hacerse un selfi en la plaza de San Marcos, pero si vemos que muchas personas se están dirigiendo hacia allá, podemos reconducirlas por otro itinerario y que paseen por otros lugares también muy hermosos aunque sean más desconocidos», cuenta el alcalde. «Todos los habitantes del mundo quieren venir al menos una vez en su vida a Venecia, pero si cuando lo hacen está masificada, no la disfrutan. Y quien vive, trabaja y estudia aquí también tiene derecho a estar cómodo. Por eso hemos decidido implantar el sistema de reservas. Hay libertad para frecuentar la ciudad, pero el espacio es el que es y no podemos acogerlos a todos juntos».

De 3 a 10 euros

En el Ayuntamiento insisten en que las reservas no son una forma de buscar nuevos recursos para la ciudad, aunque le costarán de tres a diez euros diarios al visitante, según se trate de fechas con mayor o menor demanda. Quedarán exentos de pagar la tasa quienes pernocten en un hotel de Venecia, así como los vecinos de la ciudad y quienes trabajan y estudian en ella, que siempre podrán moverse libremente. También gozarán de facilidades para el acceso los familiares de los venecianos y los habitantes del Véneto, la región italiana de la que Venecia es capital. «No tenemos alternativa. Si alguien tiene otra idea que nos lo diga y la estudiaremos. Nosotros llevamos dos años preparando este proyecto», se justifica Brugnaro, que tuvo que retrasar la implantación del sistema debido a la irrupción de la pandemia de coronavirus.

La Ciudad de los Canales se convertirá así en la primera urbe del mundo en exigir una entrada para acceder a ella. El Consistorio aún tiene que decidir cuál es el número de visitantes crítico a partir de la cual cierra los tornos. Podría oscilar entre 100.000 y 120.000 personas, una cifra que sumada a la de sus vecinos –unos 50.000 en el casco histórico– y a la de sus trabajadores y estudiantes foráneos se acerca a los alrededor de 200.000 habitantes con que contaba Venecia en sus épocas más gloriosas.

«La belleza no se entiende cuando hay una masificación»

A algunos venecianos no termina de gustarles que haya que restringir los accesos por medio de un sistema de reservas, pero coinciden en que es necesario poner un filtro al turismo masivo. «Aquí vivimos de belleza y para sentirla necesitas que se te respete como visitante, debes poder vivir la ciudad íntimamente. Cuando está masificada, resulta en cambio muy difícil de entender», dice Giovanna Zabotti, comisaria del pabellón de Venecia en la Bienal de Arquitectura, que confiesa que en los días de Carnaval no sale de casa para evitar la turba.

Fortunato Ortombina, superintendente del teatro de la ópera de La Fenice, otra de los excelencias culturales de la Ciudad de los Canales, coincide en que «algo hay que hacer» para regular el flujo turístico masivo.

«Aparte del número, me preocupa el comportamiento de la gente. Hay quien pasea por nuestras calles en bañador, como si esto fuera una playa, o pretende tirarse a los canales desde los puentes. Hay que venir a Venecia sabiendo lo que es Venecia», explica Ortombina en uno de los palcos de La Fenice, un magnífico coso operístico que, haciendo honor a su nombre (El Fénix), ha renacido tras ser devastado dos veces por el fuego.

También se queja de la falta de civismo de algunos turistas Marco, un quiosquero que vende en su negocio más recuerdos para los extranjeros que periódicos y revistas. «Algo hay que hacer para regular la situación, poner filtros de alguna manera, pero no creo que al final el Ayuntamiento vaya a poder instalar los tornos. Me parece de nazis tratar de controlar así los accesos a la ciudad. Y esto no es un parque de atracciones».

Temas

Venecia