Frank-Walter Steinmeier, este domingo, en su reelección. / AFP

Stenmeier, reelegido presidente de Alemania con un rotundo consenso

El político procedente de la socialdemocracia encadena así un nuevo mandato para cinco años en un escenario de polarización social

JOANA SERRA Berlín

Frank-Walter Steinmeier, presidente alemán desde 2017 y correligionario del canciller Olaf Scholz, ha logrado su reelección como representante del más amplio consenso político posible y a modo de señal de cohesión, frente a la polarización social. El político, representante de la socialdemocracia alemana aunque formalmente dejó en suspenso la militancia al asumir el puesto, logró el apoyo de 1.045 miembros de la Asamblea Federal, del total de 1.425 votos válidos emitidos por esa cámara, con 1.475 puestos.

Se trata de un órgano mixto, integrado por los 736 diputados del Bundestag (Cámara baja) y el mismo número de delegados de los länder, sean los miembros del Bundesrat (Cámara alta) o los ciudadanos designados por los poderes regionales. Su única función es reunirse para elegir, para un mandato de cinco años, al presidente del país, un cargo representativo, con cierto carácter de autoridad moral y al que se atribuye neutralidad.

La inclusión entre los delegados de los länder de ciudadanos comunes -que pueden ser figuras públicas, deportistas o incluso el virólogo de referencia del país, Christian Drosten- le da aire de representación popular a una fórmula de elección sin participación directa del elector.

Steinmeier, de 66 años, tenía ante sí tres teóricos rivales: el izquierdista Gerhard Trabert, el conservador Max Otte -propuesto por la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD)- y una única candidata mujer, Stefania Gebauer, respaldada por el minoritario partido derechista de los Freie Wähler (Electores Libres).

La designación de Otte había levantado un fuerte revuelo, ya que la AfD lo reclutó de las filas de la Unión Cristianodemócrata (CDU), el partido de la excanciller Angela Merkel y ahora liderado por Friedrich Merz. Era un desafío para los democristianos, que con la elección como nuevo jefe de Merz han dado un giro a la derecha respecto al centrismo que representó Merkel.

La dirección de la CDU suspendió de inmediato de militancia a Otte, quien decidió mantener su candidatura. La designación por parte de la AfD era una afrenta para la democracia cristiana alemana. Merz se ha comprometido a mantener un estricto cordón sanitario en torno a la ultraderecha, descartada como aliado a todos los niveles por el resto de los partidos políticos.

Steinmeier recibió los votos del Partido Socialdemócrata (SPD) y el bloque conservador, integrado por la CDU y la Unión Socialcristiana de Baviera (CSU), así como de los Verdes y los Liberales. Reafirmó así su condición de representante del consenso político en su sentido más amplio.

Rival y aliado de Merkel

En 2017 ascendió al cargo a propuesta de la entonces canciller Merkel y sus socios de coalición, los socialdemócratas. Su propia biografía avala esa figura de consenso que encarna. Su carrera política a escala federal empezó bajo el socialdemócrata Gerhard Schröder (1998-2005), de quien fue ministro de la Cancillería, lo que incluye el puesto de coordinador de sus servicios secretos.

Tras la derrota de Schröder frente a Merkel, en 2005, fue ministro de Asuntos Exteriores en la primera coalición de la líder alemana. De jefe de la diplomacia de Merkel pasó a ser su rival como candidato del SPD en las elecciones generales de 2019.

Cayó ante Merkel y arrastró a la socialdemócrata a lo que entonces era su peor resultado en unos comicios nacionales. Pero recuperó el puesto en Exteriores en la tercera legislatura de la canciller. Ya en la presidencia, y desde su posición de 'árbitro' de la política alemana, dio la llave a Merkel para la que sería su última gran coalición. Su SPD había sufrido su siguiente derrumbe en las generales de 2017, entonces con Martin Schulz como candidato.

El aspirante derrotado se negaba a negociar otra gran coalición. Fue necesaria la intervención de Steinmeier, quien prácticamente forzó a Schulz a suscribir otra alianza de gobierno bajo Merkel.

Era la única constelación política posible para tener una mayoría sólida y evitar ir a nuevas elecciones. La AfD había irrumpido en el Bundestag y se había convertido en el primer partido ultraderechista con escaños a escala federal desde los años 50. Alemania entraba en una dinámica de progresiva polarización.