Un grupo de musulmanes reza en un arcén de una carretera de Kabul / Daniel LEAL / AFP

El fantasma olvidado de Al-Zawahiri en Kabul

El líder de Al Qaeda ya es historia en la capital afgana, donde el Estado Islámico impone el terror tras matar a decenas de miembros de la minoría chií

MIKEL AYESTARÁN Kabul

Una semana después de que Estados Unidos asesinara a Ayman Al-Zawahiri en el barrio de Sherpur, el líder de Al Qaeda es un fantasma olvidado en una capital afgana en la que las banderas religiosas rojas y negras de la minoría chií eclipsan a las enseñas blancas del emirato. Hay que alejarse de Sherpur, donde la prensa sigue sin ser bien recibida por los talibanes, en dirección Oeste para llegar al bastión chií, secta a la que pertenece la etnia hazara. Aquí se conmemora la Ashura entre fuertes medidas de seguridad ya que «en las explosiones ocurridas en los últimos días han muerto y resultado heridas unas 120 personas», según Naciones Unidas.

El grupo yihadista Estado Islámico (EI), enemigo de los talibanes, se ha atribuido estos ataques ocurridos en mezquitas como la de Imam Baqer, en Sare Kariz, donde ahora las fuerzas de seguridad del emirato mantienen bloqueados todos los accesos. En las puertas del pequeño templo se han colocado las fotos de algunos de los caídos, pero no se permite sacar la cámara ni hablar con los vecinos. Un cordón de barbudos, AK-47 en mano, vigila el trasiego de fieles y cachea uno por uno a todo el que pasa por allí.

La Ashura recuerda el martirio de Husein, nieto de Mahoma, hace 1330 años, que agrandó el cisma en el mundo musulmán abierto tras la muerte del Profeta y supuso la separación definitiva entre chiíes, seguidores de la familia del Profeta, y suníes, que optaron por los califas. Un cisma que en la historia reciente de Afganistán está marcado por la violencia sectaria de talibanes y EI contra esta minoría que ha vuelto a ser golpeada en las calles de la capital en los últimos días. En lugares como Bagdad, en Ashura, los fieles se golpean con espadas y cuchillos las cabezas hasta sangrar para recordar el martirio de Husein. En Kabul no lo hacen, pero las calles de estos barrios chiíes cercanos al palacio de Darul Aman tienen aún las huellas de sangre de los muertos en las explosiones.

La tensión ante la escalada de ataques sectarios ha llevado a las autoridades a islamistas a suspender el servicio de la telefonía móvil alegando «motivos de seguridad». El apagón telefónico ha dejado este lunes a Kabul incomunicada desde la mañana y voces críticas con los islamistas como la de la poetisa y activista de los derechos de las mujeres, Hoda Khamosh, alertan que «los talibanes intentan desconectar a la gente del mundo, buscan una tapadera para su opresión. Los crímenes no pueden ocultarse desconectando a las personas del mundo». Khamosh teme que el apagón se extienda al 15 de agosto, fecha en la que cumple un año de la vuelta de los talibanes al poder y en la que «saben que la gente está cansada».

El aeropuerto internacional de Kabul conserva el nombre de Hamid Karzai en grandes letras azules, aunque al expresidente se le ha caído la 'd' y se ha quedado en 'Hami' después de un año de los talibanes al frente del país. Ante la negativa de las compañías internacionales a retomar los vuelos a la capital afgana, son las dos líneas nacionales, Ariana y Kam Air, las que multiplican los esfuerzos para mantener abierta esta puerta de entrada y salida. Una puerta que solo se pueden permitir abrir los afganos privilegiados que tienen un pasaporte con visado o los 350 euros que cuesta el trayecto a Dubái o 500 euros en caso de querer volar a Estambul. Toda una fortuna en un país en la ruina donde conseguir algo para comer se ha convertido en la prioridad de cada día para millones de personas. Imposible hacer planes.

De ejecutores a defensores

«Me cuesta encontrar algo positivo en mi vida durante este último año. Podría decir que la seguridad, pero ya vemos lo que está pasando en Kabul. Si en el resto del país hay menos incidentes es porque ahora, quienes los provocaban, están en el poder, es el único motivo», reflexiona en voz alta Mohamed (nombre ficticio), a quien el regreso de los talibanes le sorprendió cuando cumplía su tercer año como militar del entonces Ejército Nacional Afgano (ANA, por sus siglas en inglés). En los últimos meses le han llamado desde el ministerio de Defensa, pero «pronto me enviaron de vuelta a casa porque solo se fían de los suyos», lamenta este exmilitar de 29 años, que se pasa el día sin apenas salir de casa.

Mohamed, como otros miles de afganos, fue entrenado para hacer frente a los talibanes y proteger lugares como Sherpur o los barrios chiíes, que durante dos décadas fueron objetivos de los atentados islamistas. Al-Zawahiri se suma a la lista de asesinados en Sherpur, zona frecuentada por expatriados donde en 2014 más de 20 personas murieron en el asalto a un restaurante libanés y en 2017 fueron más de 150 los fallecidos por la explosión de un camión bomba a las puertas de la legación alemana, acciones con el sello de la red Haqqani, facción que tenía como huésped al sucesor de Osama Bin Laden. En los últimos doce meses, los talibanes han pasado de ejecutores a defensores y se protegen ahora entre los muros que se levantaron para evitar sus propios ataques y coches bomba. Este nuevo rol empieza a superarles como se ha visto con Al-Zawahiri y con los repetidos golpes del EI contra los hazaras.