Donald Trump y Benjamin Netanyahu. / EFE

Israel-Emiratos: ¿acuerdo simbólico o confirmación de una realidad?

La normalización de relaciones es sintomática de las nuevas líneas de conflicto que marcarán Oriente Medio en las próximas décadas: Irán es el nuevo adversario

ALBERTO SUÁREZ SUTIL Las Palmas de Gran Canaria

La semana pasada será recordada en España como aquella en la que nos dimos cuenta de que el coronavirus aún estaba presente en nuestras vidas.

Mientras tanto, en Oriente Medio, se produjo un evento que podría considerarse histórico: la decisión el pasado jueves por parte de Emiratos Árabes Unidos (EAU) de normalizar relaciones diplomáticas con Israel, tradicionalmente visto como el enemigo del mundo árabe.

Tal decisión ha dado lugar a la publicación, tanto en medios nacionales como internacionales, de una serie de crónicas y artículos de opinión que van desde describir el evento como un paso más en la agonía de la idea de dos estados (uno judío y otro palestino) como establecen los Acuerdos de Oslo de 1994, a describir a Trump como un 'genio' de la geopolítica por 'resolver' el conflicto árabe-israelí hasta el punto de proponerle para el Nobel de la Paz.

¿Qué es lo que de verdad supone este acuerdo para la región? ¿Quién es Emiratos Árabes Unidos, ese país que ha tomado esa decisión? ¿Quiénes salen ganando y perdiendo con esta decisión?

No es la primera vez que un país árabe normaliza relaciones diplomáticas con Israel: el honor le corresponde a Egipto, que en 1979 enterró el hacha de guerra con Israel. En 1994 Jordania selló la paz con Tel Aviv al calor de los Acuerdos de Oslo de ese año, donde -en teoría- se reconocía la idea de dos estados: uno judío y otro palestino.

Lo relevante ahora es que Israel no se compromete a sacrificar nada simbólico a cambio de establecer relaciones diplomáticas con EAU. Si bien es cierto que se paraliza de forma temporal la anexión de Cisjordania y los asentamientos judíos- algo que a primera vista mantiene viva la débil llama de los dos estados- Netanyahu fue rápido en decir que la idea de anexionar los asentamientos (plasmada en el plan de paz de Trump) seguirá adelante en el futuro. Como resultado, los países árabes están traicionando su tradicional promesa de apoyar a la causa Palestina, una bandera que enarbolaron con orgullo desde 1948. Esto significa que están dando su reconocimiento tácito al hecho de que Israel acabará en el futuro incorporando Cisjordania (o Judea y Samaria,, según quien hable) bajo su control.

EAU, el país firmante, es conocido mundialmente por Dubái, el exponente del lujo árabe. En geopolítica, es un aliado fiel de Estados Unidos y Arabia Saudí, potencias de peso en Oriente Medio. Bajo el mando de su actual líder el jeque Mohamed Bin Zayed (MBZ), el Emirato se ha consolidado como un enclave de negocios y un baluarte frente a Irán, el rival por excelencia de Estados Unidos y los países suníes.

Esta aversión a Irán, por motivos religiosos y geopolíticos, está detrás de la decisión de EAU. Desde que los ayatolás llegasen al poder en 1979, Irán ha extendido su doctrina chií a lo largo de Oriente Medio. Hoy en día la influencia de Teherán se nota en Beirut con Hezbollah en el gobierno, en Bagdad y Damasco con Los Guardianes de la Revolución (brazo militar de los ayatolás) y en su apoyo a los rebeldes hutíes en Yemén. Para los países del Golfo, suníes, tal expansión de esta corriente religiosa- tradicionalmente oprimida en el mundo árabe- se ve como una amenaza para la supervivencia de sus regímenes autocráticos. Es aquí donde la máxima según la cual 'el enemigo de mi enemigo es mi amigo' entra en acción: Israel es el adversario mortal de Irán. Además, es un país puntero en ciberseguridad, espionaje y contraterrorismo y el bastión de Washington en la región. Con estas credenciales, no es de extrañar que los países del Golfo decidan enterrar el hacha de guerra con Tel Aviv a cambio de los beneficios de contar con información sensible sobre Irán, tecnología militar de los Estados Unidos a través de Israel o sistemas de ciberseguridad con los que 'hackear' a Irán y sus aliados.

Finalmente, no nos podemos olvidar de los grandes perdedores de esta acción: los palestinos. Es de justicia reconocer la sensación que corre en Ramala (sede de la Autoridad Palestina) de traición del mundo árabe. También hay que reconocer- aunque para algunos sea de mala gana- que la causa palestina ya no tiene esa connotación de injusticia que tuvo en los setenta y ochenta. Hoy en día hay dos facciones -Hamás y la Autoridad Palestina (antigua Fatah)- que mantienen una guerra soterrada por erigirse en campeón de la causa palestina. Si a esto le añadimos el hecho de que Hamás es apoyada por Irán y las alegaciones de corrupción en el seno de la Autoridad Palestina e inacción de estos frente a la expansión de los asentamientos israelíes en Cisjordania, se entiende el hastío -aunque sea en privado- de los países árabes en apoyar la causa Palestina. Como resultado, Ramala agoniza al tenor de un conflicto geopolítico y religioso que debilita sus posibilidades de tener un estado propio, dándole alas al sueño sionista del Gran Israel con Judea y Samaria (Cisjordania) ocupado por la Estrella de David.

En conclusión, la normalización de relaciones entre EAU e Israel es sintomática de las nuevas líneas de conflicto que marcarán Oriente Medio en las próximas décadas: Irán y no Tel Aviv es el nuevo adversario. Como resultado, EAU ha jugado la carta de los hechos consumados, reconociendo que sellar la paz con Israel le reportará más beneficios que apoyar una causa moribunda como la Palestina.

Está por ver cuál será la reacción de los países de la región (especialmente Arabia Saudí), pero lo que se puede decir es que más que una sorpresa, la decisión de EAU confirma de manera abierta las nuevas líneas de conflicto que marcarán la región en los próximos años.

Alberto Suárez Sutil es graduado en Política Internacional e Historia Militar (Aberystwyth University) y Máster en Seguridad y Terrorismo (University of Kent)