Un bombero pasa corriendo junto al cadáver de una víctima que yace sobre el asfalto tras la explosión de un misil en una calle de Kiev. / REUTERS

La ira de Putin se ceba con los civiles

Misiles rusos matan a una decena de personas en las principales ciudades, incluida Kiev, que permanecía al margen de la guerra desde junio

MIKEL AYESTARAN ENVIADO ESPECIAL. Zaporiyia

Veinticuatro horas después de que Vladímir Putin acusara directamente a Ucrania de la explosión en el puente de Kerch, que une Rusia con Crimea, Moscú lanzó 83 misiles contra diferentes puntos de Ucrania. La mitad de ellos fueron interceptados por la defensa antiaérea, según el Ministerio de Defensa de Kiev. Fue la venganza de Putin por lo que calificó de «acto terrorista» y al menos trece personas perdieron la vida y más de sesenta resultaron heridas. Los proyectiles impactaron de forma casi simultánea en las principales ciudades del país, como Járkov, Dnipró, Leópolis o Melitópol, pero el ataque más sangriento lo sufrió el centro de Kiev, donde murieron ocho civiles. Fue el primero contra la capital desde junio y volvió a recordar a los kievitas que, aunque el frente esté alejado, siguen en el punto de mira del enemigo. La zona más afectada fue el distrito de Shevchenkiv, donde se encuentra la universidad.

Mientras en Moscú Putin adelantaba la reunión semanal del Consejo de Seguridad, en Ucrania llovían proyectiles. El líder del Kremlin dijo que la operación consistía en «ataques masivos con armas de alta precisión de largo alcance contra la infraestructura energética, militar y de comunicaciones de Ucrania». En Kiev, Volodímir Zelenski calificó la jornada de «difícil» y explicó que las fuerzas buscaban «el pánico y el caos» y querían «destruir el sistema energético». Los misiles dejaron sin electricidad a amplias zonas del país y en la capital el servicio estuvo cortado durante dos horas.

El presidente ucraniano empleó también la palabra «terrorismo» para calificar el papel ruso y anunció un acuerdo con el canciller de Alemania, Olaf Scholz, para celebrar una reunión «urgente» del G7 a raíz de los bombardeos. Zelenski confirmó que participará en esta cumbre a través de videoconferencia y señaló que además de misiles el enemigo empleó drones kamikaze 'Shahed' comprados a los iraníes.

Nuevo golpe en Zaporiyia

Las autoridades de Kiev mantuvieron el estado de máxima alerta durante toda la jornada y pidieron a los ciudadanos que permanecieran cerca de los refugios. En Zaporiyia sufrieron el tercer ataque de la última semana y la «precisión» de la que habló Putin volvió a cebarse con los civiles. Un misil 'S300' impactó contra un edificio de cinco plantas del centro de esta ciudad del sur del país y al menos dos personas murieron. Los servicios de rescate trabajaron sin descanso porque diez vecinos que pasaban la noche en el sótano quedaron atrapados bajo los escombros. Los rusos emplean de manera sistemática estos proyectiles, que en realidad son antimisiles, para golpear esta ciudad. El jueves mataron a diecisiete personas y el sábado fueron doce los civiles fallecidos en ataques similares contra sus viviendas.

«Venganza, esto es lo que ha llevado a Putin a lanzar esta ofensiva. Está dolido por el golpe que logramos en el puente y ha querido dar una exhibición de fuerza», piensa Leonid, excoronel del Ejército de 69 años, que trabaja para reparar los daños sufridos en su apartamento, donde no ha sobrevivido ni una sola ventana.

En la puerta de al lado, Maya, de 39 años, prepara a su hijo Oleg, de 5, para viajar a Dnipró. «Primero escapamos de la ocupación rusa y dejamos nuestra casa en Pologie en busca de refugio en Zaporiyia. Ahora nos alejamos otros noventa kilómetros al norte con la esperanza de estar seguros. Este lugar da miedo porque el misil le puede caer a cualquiera. Es una lotería. Aquí no hay objetivos militares próximos. Solo casas y cada noche vas a dormir pensando que te puede tocar a ti. No aguanto más», cuenta Maya.

Ella tampoco tiene dudas de que «pagamos la ira de Putin por la explosión en el puente y en Zaporiyia». Bajan las escaleras con sus pertenencias en varias bolsas de plástico y abajo les espera un ejército de bomberos que tratan de rescatar a vecinos atrapados entre los escombros. El pequeño Oleg mira la montaña de cascotes y al camión de bomberos, del que se eleva una gran escalera. «Tiene 5 años, pero sabe muy bien que estamos en guerra», explica Maya mientras le agarra fuerte de la mano. Les toca volver a empezar.