Camila, hoy reina consorte del Reino Unido, en una imagen de archivo. / afp

Camila, la reina superviviente

En los últimos 30 años ha pasado de ser la «mujer más odiada del Reino Unido» al arma secreta de la casa Windsor

PAULA ROSAS Londres

No ha sido la princesa del pueblo. Pero el suyo ha sido, sin duda, el cuento de hadas en el que, al final, ha triunfado el amor. Camila, hoy reina consorte del Reino Unido, ha pasado en los últimos 30 años de ser la bruja del cuento al arma secreta de la casa Windsor, una de sus trabajadoras más infatigables, y el ancla que ha dado estabilidad, confianza y aplomo al actual monarca.

Que su designación como reina consorte por «deseo sincero» de la fallecida Isabel II apenas generara polémica en el mismo país que la vilipendió y la ridiculizó hace apenas tres décadas, dice mucho de cómo han cambiado las cosas en el Reino Unido. Los tabloides británicos, además, tienen una nueva «mala» con la que llenar sus páginas, como bien sabe Meghan Markle, la mujer del príncipe Enrique.

La princesa Diana, la primera esposa del entonces príncipe de Gales, la llamaba «el Rottweiler». La propia reina llegó a referirse a ella como «esa mujer malvada». La prensa amarillista la bautizó como «la mujer más odiada del Reino Unido» después de la muerte de la glamurosa Lady Di, ascendida a los cielos por un país que la adoraba. Nadie, en este país tan dado a las apuestas, se hubiera jugado un penique a que hoy sería reina.

Camila, sin embargo, no solo ha conseguido ganarse el favor del público, sino que ha logrado suavizar la imagen del actual monarca ante los ojos de los británicos. Como explicaba su biógrafa, la periodista Angela Levin, en una entrevista con 'Town & Country', «antes de poder estar públicamente con Camila, Carlos era un alma infeliz porque no tenía apoyo». Aquella a la que se acusó de poner patas arriba la monarquía podría, finalmente, convertirse en su salvadora.

Quienes la han tratado de cerca describen a una mujer con los pies en la tierra, con alma de campo, jovial, discreta y trabajadora. Hija de un comandante del Ejército reconvertido en marchante de vinos y una madre aristocrática, Camila Shand pasó su infancia en una magnífica casa de campo en el sureste inglés, haciendo lo que entonces solían hacer las niñas bien de la aristocracia británica: cazar y montar a caballo.

Educada en el elitista Queen's Gate School en el barrio londinense de South Kensington, Camila fue una adolescente segura de sí misma, poco estudiosa pero gran lectora y «con un magnetismo y una confianza que yo envidiaba más que nada. Era una de esas personas que sabe lo que quiere y que sabe que tendrá éxito en la vida», según la describe una antigua compañera de clase en el libro 'Charles y Camilla', de Gyles Brandreth.

Sin muchas aspiraciones profesionales, Camila fue enviada a un internado suizo especializado en etiqueta y en crear a la perfecta ama de casa de la alta sociedad. Pero a Camila, como a cualquier adolescente, le gustaba divertirse. De uno de sus primeros empleos como secretaria fue despedida por llegar tarde después de pasar toda una noche de fiesta.

El origen del romance

Carlos y Camila se conocieron en 1971. Ella había tenido una relación intermitente con Andrew Parker-Bowles, un oficial del Ejército con fama de rompecorazones. En una de sus rupturas, en la que Parker-Bowles intentó cortejar a Ana, la hermana de Carlos, el príncipe de Gales y Camila iniciaron una amistad. La leyenda dice que, en ese primer encuentro, Camila, despechada y seductora, le soltó: «Mi bisabuela fue amante de tu bisabuelo. ¿Qué me dices?». Verdad o no, la amistad se convirtió rápidamente en romance.

En 1973, Carlos partió con la Marina para continuar su formación militar y la relación se enfrió. Ese mismo año, Camila aceptó la propuesta de matrimonio de Parker-Bowles, lo que dejó al joven príncipe sumido en la desolación. «Supongo que esta sensación de vacío pasará con el tiempo», confesó entonces a su tío abuelo y mentor, Lord Mountbatten. No fue así.

Mucho se ha escrito sobre por qué, si estaban enamorados, no dieron el paso entonces para casarse. Algunos apuntan a que Carlos no quería contraer matrimonio hasta llegar a los 30, y que ella decidió no esperar. Otros, a que diferentes miembros de la familia real tenían a sus propias candidatas a princesa de Gales y que maniobraron para que la historia de Carlos y Camila no saliera adelante.

Pero una razón sobrevuela todo lo demás: Camila tenía sangre azul pero también tenía un «pasado». Es decir, no era virgen. Y en una sociedad tan hipócrita y rancia como la aristocracia británica, el sexo antes del matrimonio estaba -para ellas- prohibido. El consejo de Mountbatten, el mismo que había montado un picadero en Hampshire para que Carlos llevara a sus amigas, y que le había incitado a que «echara una cana al aire» antes de asentarse, fue claro: «Busca una chica de carácter dulce para ponerla en un pedestal y casarte con ella», según la biógrafa Sally Bedell Smith. Esa chica fue Diana Spencer, y el matrimonio -no es ningún secreto- fue un desastre.

Carlos y Camila habían seguido siendo amigos y, para cuando llegó la boda con Diana, el affaire entre los antiguos amantes, dicen algunos de sus biógrafos, había recomenzado. La ahora reina consorte ya tenía dos hijos, Tom y Laura, y un marido infiel. En la misma luna de miel, Diana encontró unas fotos de Camila en un libro de su flamante esposo y ambos tuvieron una pelea cuando ella descubrió que las dos ces entrelazadas de los gemelos de su marido significaban «Carlos y Camila».

Tensiones con Diana Spencer

Diana llegó a enfrentarse a Camila en una fiesta de cumpleaños en 1989. «Sé lo que está pasando», le dijo. «No me trates como a una idiota». Pero el matrimonio, ese en el que Diana dijo en su famosa entrevista con Andrew Morton que habían sido tres, se rompió en 1992. Camila y Andrew se divorciaron en 1995.

Un año después de la separación de Carlos, una bomba estallaba en la prensa tabloide británica. La transcripción de una conversación telefónica íntima entre Carlos y Camila, en la que el príncipe de Gales le confesaba que le gustaría vivir en los pantalones de su amante y reencarnarse en su tampón, acabó, negro sobre blanco, en la prensa de medio mundo.

La conversación revelaba mucho más, ante todo el profundo amor que se profesaban, y el apoyo constante de Camila hacia un Carlos tremendamente infeliz en su matrimonio. Pero casi lo único que trascendió entonces fueron los detalles picantes. Carlos fue ridiculizado y la prensa encontró lo que buscaba: una villana a la que odiar.

El 'Camillagate', como la prensa llamó a aquellas revelaciones, y el acoso al que fue sometida, fue tremendo. «Es duro. Fui escudriñada durante tanto tiempo que, al final, tienes que buscar la forma de vivir con eso. A nadie le gusta que le miren todo el rato y le critiquen…», reconocía en una entrevista con la revista 'Vogue' el pasado julio, con motivo de su 75 cumpleaños. «Pero creo que conseguí estar por encima y superarlo. Tienes que seguir con tu vida».

La trágica muerte de Diana en 1997 reactivó la cacería mediática contra Camila. Pero la relación con Carlos era cada día más fuerte, y el príncipe consiguió hacer valer su voluntad, ante su familia y ante los británicos, de pasar el resto de sus días con la que había sido su auténtico amor. Las apariciones de la pareja, primero tímidas, fueron siendo cada vez más frecuentes. La reina y el resto de la familia la había aceptado. Se casaron en 2005.

«Que se querían nadie lo ponía en duda», afirma el periodista Jonathan Dimbledy en su biografía autorizada de Carlos. «En Camila Parker-Bowles el príncipe encontró el calor, la comprensión y la estabilidad que siempre había deseado y que no había sido capaz de encontrar en ninguna otra persona».