Ofrenda floral en la verja del palacio de Buckingham / YOAN VALAT / EFE

Luto frente al palacio de Buckingham

Ofrendas florales, peluches y velas en memoria de la «abuela» Isabel

LOURDES GÓMEZ Londres

Familias con niños pequeños, grupos de amigas, turistas arrastrando sus maletas de viaje, obreros, estudiantes, amas de casa, pensionistas, ejecutivos de la City y otros profesionales se han acercado a lo largo de este viernes hasta la verja del palacio de Buckingham para honrar a Isabel II, la «abuela y reina global», que falleció el jueves en su residencia de Balmoral, en las Tierras Altas de Escocia, tras un año de suave y lento deterioro físico.

La emoción ha superado a muchos visitantes, que se han echado a llorar al recordar a la monarca británica, constante de estabilidad y serenidad en sus vidas. Le han dedicado rosas, claveles y girasoles, le han dejado peluches, camisetas deportivas, fotografías enmarcadas, banderines y cientos de miles de notas de despedida y con expresiones de admiración. Había velas y antorchas encendidas en el suelo. Al mediodía, el repique de campanas desde la cercana abadía de Westminster al castillo de Windsor y otros cientos de iglesias de todo el país marcaba el inicio oficial de diez días de luto nacional.

Por la tarde, el nuevo rey ha dado una inesperada sorpresa a las masas concentradas junto al palacio de Buckingham. Carlos III, acompañado de su reina consorte, Camila, ha saludado personalmente al público, que ha estallado en gritos de 'Dios salve al rey'. Su presencia ha ayudado a levantar momentáneamente el ánimo, aunque realmente la gente simplemente deseaba transmitirle el pésame por la muerte de la querida y admirada matriarca, de 96 años.

«Siento una tristeza enorme. Ella representa todo lo que yo conozco. La asocio con mi madre, que es de su edad y sigue viva; antes la miraba como si se tratara de mi abuela… y ahora la hemos perdido para siempre», exclama Sandra, después de depositar un ramo de flores al pie de la verja palaciega. Recién jubilada a sus 67 años, y con buen dominio del español que estudió décadas atrás, identifica a Isabel II como la «reina de todo el mundo». «Era una reina global. Una fuerza de estabilidad y de constancia durante tanto tiempo. Los jefes de gobierno vienen y van, pero ella siempre estaba con nosotros. Y aunque fue un reinado largo, de 70 años, su muerte sigue resultando chocante. La vamos a echar de menos», dice compungida.

Hileras de gente llegaban constantemente a la zona, que se ha cortado al tráfico rodado. Unos caminaban desde Piccadilly a través de Green Park y otros recorrían el regio paseo de The Mall, que enlaza la sede oficial londinense de la monarquía británica con la plaza de Trafalgar. Con expresiones sombrías y sin levantar la voz, avanzaban lentamente por las distintas colas que se formaban a lo largo del recinto, bajo la atenta vigilancia de empleados de seguridad y agentes de Scotland Yard. Nadie trataba de colarse y todos terminaban encontrando un hueco donde colocar su recuerdo o una vista apropiada para sacarse un 'selfie' con el móvil.

Las ofrendas florales se retiran cada doce horas de algunas secciones de la valla, según advertía un cartel. El marco de madera con el parte oficial de la defunción de la monarca estaba, a su vez, enmarcado entre ramas y coronas sujetas a los mismos raíles. «Creció con nosotros. Forma parte de nuestras vidas y se ha ido. Es terrible. Tristísimo», suspira Paul. Aún lleva puesto el chaleco amarillo y el casco protector del gremio de la construcción y ha aprovechado la pausa del almuerzo para rendir su tributo a la respetada Isabel. Camilla, de 28, deja un ramo en nombre de su abuela y el resto de su familia, que viven en el centro de Inglaterra. «Vendrán a ver la procesión del cortejo funeral», explica.

Salvas de cañón

A la 13.00 hora local (las dos en España), la monarca fue despedida con 96 salvas, una por cada año de su vida, lanzadas desde Hyde Park, la Torre de Londres y otros emblemáticos espacios de la capital. Los cañonazos retumbaron además en Cardiff, Edimburgo, Belfast, Plymouth, Gibraltar, Jersey y demás territorios dependientes de la Corona. Representantes de la Commonwealth -el club de 56 naciones y Estados enlazados en su mayoría al antiguo Imperio británico- remitieron el pésame a su regia presidenta en emotivas notas dejadas junto al palacio. «Una mujer de Estado de incomparable integridad era la roca y paladín de la Commonwealth», se leía en una.

«Es un día triste para el país. Todos los británicos la adoramos, incluso los antimonárquicos apreciaban a la reina por su carácter y personalidad», observa Edward, universitario de 20 años. Luce chaqueta de 'tweed' y corbata negra, en señal de «respeto» por la matriarca Windsor, que murió en el castillo de Balmoral arropada por algunos descendientes. Un par de días antes había recibido en audiencia a la nueva primera ministra, Liz Truss, y aceptado la dimisión del anterior jefe de gobierno, Boris Johnson. La alarma por su salud saltó el mismo jueves, aunque el declive físico es aparente desde hace casi un año, cuando suspendió un viaje a Irlanda del Norte de relevancia constitucional.

«Va a ser extraño sin la reina. Carlos lleva muchos años preparándose para ser rey, pero aun así nos llevará tiempo acostumbrarnos a su reinado», dice el estudiante de Políticas y Relaciones Internacionales. También la pensionista Sandra cree que la transición en el trono de madre a hijo será difícil de digerir. «La continuidad es el pilar de la monarquía, pero nos costará mucho acostumbrarnos a decir rey, en vez de reina», sonríe. De todas formas, apunta a los numerosos jóvenes que se están acercando a Buckingham, a Windsor y a Balmoral, en marcado respeto por la desaparecida reina, como signo de la «buena salud de la monarquía». «Pero vamos a echar en falta la juiciosa presencia de la reina», opina Sandra.

Para Olivia, veinteañera estadounidense, Isabel II era un ejemplo de «civismo a lo largo de la historia». «Yo no lo veo como el fin de una era, sino como la desaparición de una gran figura internacional que llevaba mucho tiempo con nosotros. Era la abuela de todos», afirma. Evandre Beckford, asistente de quirófano en un hospital londinense, destaca el «sentido del deber» de la reina y la responsabilidad que afrontó toda su vida. «Cargaba al país sobre sus hombros», compara este joven que siempre pensó que la reina viviría hasta cumplir cien o más años.

Maggie ha comprado casi todos los periódicos de la jornada y está buscando un ejemplar del gratuito Metro, que también dedicó un suplemento especial a la desaparecida dama. «Nuestros corazones están rotos», titulaba en portada el Daily Mail. «Una vida de servicio», reconoció The Times. «Gracias Ma´ am», decía el City Am. «Estoy triste, pero al mismo tiempo me siento aliviada por ella. Ahora podrá olvidarse de los disgustos y las decepciones que le están causando algunos miembros de su familia y se reunirá con su marido, el duque de Edimburgo», advierte esta mujer entrada en los cuarenta. Reconoce el fin de la segunda era isabelina, tras la defunción de una «mujer brillante», y desearía truncar el cambio monárquico de forma que la corona pasase directamente a Guillermo. «Tiene más empatía y don de gentes que su padre, Carlos. Necesitamos una monarquía moderna».