La presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, junto al vicepresidente de EE UU y presidente del Senado Mike Pence

Trump anuncia que no asistirá a la investidura de Biden como presidente de EE UU

El mandatario repudió ayer por fin el asalto al Capitolio y criticó a los alborotadores entre informaciones de que busca autoindultarse

MIGUEL PÉREZ

Todo se vuelve cada vez más oscuro en torno a Donald Trump. El mandatario estadounidense echo ayer un nuevo manto de niebla a la transición presidencial al anunciar que no asistirá a la investidura de Joe Biden el próximo día 20, lo que le convertirá en el primer presidente contemporáneo que da plantón a su sucesor y al propio país en una ceremonia política de gran relieve.

Si eso le convierte en un jefe de Gobierno de EE UU único, no lo es menos haber sido el primer inquilino de la Casa Blanca acusado públicamente de jalear un asalto al Capitolio, la sede por excelencia de la democracia estadounidense. El peso de esa especie de autoinmolación institucional debe ser grande. Ayer reculó un poco más respecto a sus resistencias iniciales y condenó explícitamente a quienes cometieron el ataque, mayoritariamente incondicionales suyos y grupos ultraderechistas también situados en su órbita personal .

La última noticia al respecto es que el asunto no queda ahí. El magnate llevaría tiempo explorando la posibilidad de concederse un autoindulto presidencial –hacerse un Nixon– para eximirse de responsabilidades ante determinadas investigaciones que le esperan a la vuelta de la esquina ,especialmente las financieras de la Organización Trump. Y ahora habría acelerado la prospección tras descubrise cómo presionó a un alto cargo de Georgia para tergiversar los resultados electorales en ese Estado y su presunto papel de «incitador» en la revuelta del Capitolio.

No en vano, la investigación sobre estos altercados ha tomado un nuevo giro tras la muerte en el hospital de un policía que resultó herido, y que se suma a la mujer fallecida de un disparo de un agente del Capitolio durante los disturbios y otras tres víctimas mortales; en total, cinco vidas segadas que llevan la revuelta a un punto mucho más lejano y grave que el de un problema de orden público. Las fuerzas de seguridad han detenido a decenas de alborotadores y el FBI trabaja denonadamente en la identificación del mayor número de asaltantes en una investigación con creciente peso judicial y cuyo final se desconoce. Pero distintas fuentes coinciden en que se acelera a medida que se aproxima la salida de Trump de la Casa Blanca y pierda la inmunidad presidencial.

Presión. Mucha presión en una Administración a cuyo líder la realidad le ha cambiado en cuestión de horas debido a un insólito acto de «inserrución» y «terrorismo doméstico», en palabras de su sucesor demócrata, que ha movido el terreno donde pisa. De las informaciones que surgen a diario del Despacho Oval cabe colegir que todavía quedan días salvajes o, cuando menos, abruptos antes de la investidura de Biden. De ahí que aumenten las voces que piden destitur al actual inquilino, de quien ya nadie se fía sobre cuál será su siguiente idea.

Algunos de los escasos cargos que quedan en la Casa Blanca afirman que Trump se ha convertido en la sombra agría de sí mismo. Y eso es mucho decir en un hombre que tira la chaqueta al suelo cuando se la quita, come hamburguesas con devoción, tiene afición a echar broncas humillantes y disfruta delante del televisor durante horas. Posiblemente soporte la presión gracias al apoyo de sus incondicionales: el jueves llamó por teléfono al comité nacional del Partido Republicano y sus miembros le dedicaron un cerrado aplauso al otro lado de la línea. Todavía en el Congreso se limpiaban los destrozos.

La magnitud de los disturbios le acompañará, sin embargo, largo tiempo, convertidos sus últimos días de presidencia en un final solitario, vergonzante y sin honor, ese «honor» que ayer dijo haber sentido estos últimos cuatro años al frente del país, salvo para sus millones de votantes republicanos, a quienes avanza que «este maravilloso viaje juntos no ha hecho más que empezar».

Y es que ayer, Trump habló. Tras evitar hacerlo el jueves –cuando incluso su secretario de Defensa le «imploró» que condenara los incidentes de Washington–, el mandatario hizo pública una declaración donde rechazó el ataque y advirtió que los alborotadores «profanaron la sede de la democracia estadounidense». «Para aquellos que participaron en los actos de violencia y destrucción, no representan a nuestro país. Y para aquellos que violaron la ley, pagarán», setenció tras declararse «indignado por la violencia, la anarquía y el caos».

El líder republicano garantizó que habrá una «transición sin problemas», pues este «momento exige reconciliación», y reconoció por fin a la nueva Administración demócrata. Pero sin excesos de cariño. «Los 75 millones de grandes patriotas americanos que votaron por mí y (los lemas) 'América primero' y 'Que América vuelva a ser grande de nuevo» tendrán una voz gigante para el futuro», enfatizó en su cuenta de Twitter. Y avisó que a sus votantes «ni se les faltará al respeto ni se les tratará injustamente de ninguna forma o manera».

Sólo unas horas después, volvió a activar sus cuentas digitales. «Para todos aquellos que preguntaban, no acudirá a la ceremonia», escribió (en tercera perdona) en relación a la investidura de Biden instalado de nuevo en un páramo inhospito y frío.

El periodo es delicado. La denuncia del fraude electoral y su ardorosa reclamación del trono para los próximos cuatro años va más allá del honor. El magnate sabe que cuando abandone el paraguas protector de la presidencia se enfrentará a la probable reaactivación de decenas de investigaciones, mayoritariamente relacionadas con los manejos financieros e inmobilarios de la Organización Trump, de modo que habría sopesado la posibilidad de autoindultarse, lo que le eximiría de algunas imputaciones, pero no de todas.

Así lo han filtrado algunos miembros de la Casa Blanca, en lo que supondría una aplicación extraordinaria –y prácticamente imposible– del perdón presidencial. Hay que remontarse a la época de Nixon para encontrar el último debate sobre esta cuestión y, como todo el mundo sabe, no fue un debate con final feliz. Ahora bien, en un acto final de estrambote, Trump no sólo se perdonaría a sí mismo; también parece que se lo querría conceder a su hija Ivanka, su yerno, Jared Kushner, su abogado Rudy Giuliani y a varios de sus asesores, alguno de los cuales habría respondido que para qué lo quiere si no ha cometido ninguna irregularidad.

Raphael Warnock, senador demócrata elegido por el estado de Georgia. / Reuters

Mayoría demócrata en el Senado

Con la certificación del Colegio Electoral y con los excelentes resultados cosechados en Georgia, Joe Biden camina a paso firme hacia la Casa Blanca. Los dos escaños conseguidos en ese Estado por el demócrata Raphael Warnock –que será el primer senador negro en representar a esa región tradicionalmente muy conservadora– y Jon Ossoff –que a sus33 años será el legislador más joven de la historia de su partido– aseguran a Biden la mayoría en la Cámara Alta. No en vano, aunque tienen 50 asientos, al igual que los republicanos, la Constitución estipula que será la futura vicepresidenta Kamala Harris quien podrá desempatar las votaciones.

El control sobre el Senado da a Biden plenos poderes legislativos ya que los demócratas, además de la Casa Blanca, dominan también la Cámara de Representantes. Una situación así no se había vivido desde los dos primeros años de la presidencia de Barack Obama. El camino parece despejado para el líder demócrata quien sale fortalecido de una crisis política «sin precedentes» y ahora tendrá la difícil tarea de cerrar las heridas y «restaurar el alma» de un país dividido tras cuatro años de mandato de Trump.