Biden estrecha la mano del pontífice con motivo de una visita al Vaticano durante el mandato de Obama. / REUTERS

Un católico en la Casa Blanca 57 años después

El sucesor de JFK. Los planes de Joe Biden coinciden con muchas de las apuestas del Papa Francisco, una convergencia que puede tener una influencia sociopolítica más allá de Estados Unidos

Pedro Ontoso
PEDRO ONTOSO

En la nueva decoración del Despacho Oval destaca una fotografía que inmortaliza el encuentro que protagonizaron en 2015 Joe Biden y el papa Francisco, con el que mantiene un vínculo especial. El retrato sobresale, el primero, entre los numerosos recuerdos familiares y personales, y entre los bustos de figuras que lucharon por los derechos civiles y humanos. Como los de Robert F. Kennedy, el pastor baptista Martin Luther King, la activista contra la segregación racial Rosa Parks o el líder sindical César Chávez. La imagen de Bergoglio no está por casualidad y su colocación en un sitio tan preeminente, tras su escritorio, responde, seguro, a una intención muy calculada. Supone una clara apuesta ideológica y tiene un valor programático sobre lo que se propone el nuevo inquilino de la Casa Blanca, católico y practicante, el segundo tras J. F. Kennedy, 57 años después.

Biden nunca ha ocultado su fe, pero tampoco ha hecho alarde de sus creencias, que responden a un catolicismo culto y abierto, y muy sosegado, sin blandir la Biblia como si fuera un arma o un escudo, como lo hizo Trump ante una iglesia de Washington. Ambos tienen y representan estilos opuestos y sensibilidades distintas, pero los dos comparten la Biblia, demostrando que se pueden hacer usos contradictorios del libro sagrado y lecturas contrapuestas, algunas de signo fundamentalista. La Biblia es patrimonio común de todo el mundo y en Estados Unidos tiene un valor simbólico reconocido desde que los padres fundadores desembarcaron en aquella tierra con un ejemplar en una mano y el rifle en la otra. Por eso la religión es un factor de peso que puede influir en unas elecciones, más en América que en otros lugares.

La Biblia tuvo un protagonismo en la ceremonia de toma de posesión de Biden, más allá de su juramento sobre un voluminoso e histórico ejemplar de la familia de 1893. Ya lo había tenido en su discurso de victoria, en noviembre de 2020, cuando citó el Eclesiastés, el Libro del Antiguo Testamento, como doctrina para suturar las heridas de un pueblo sufriente. «La Biblia nos dice que todo tiene un tiempo: un tiempo para construir, un tiempo para cosechar, un tiempo para sembrar. Y un tiempo para sanar. Este es el momento de sanar en Estados Unidos. No somos enemigos. Somos americanos», proclamó entonces. El pasado 20 de enero volvió a insistir y mencionó a san Agustín, padre y doctor de la Iglesia, y a su libro 19 sobre 'La ciudad de Dios' para contribuir a la unión de un pueblo fuertemente dividido. Y acudió a un salmo del rey David para transmitir esperanza ante el desgarro de la Covid-19: «El llanto puede durar toda la noche, pero a la mañana vendrá el grito de la alegría».

La jornada estuvo cargada de gestos y guiños religiosos, ya desde primerísima hora de la mañana cuando el presidente electo acudió a misa con su familia y muchos líderes políticos. Y siguió con la bendición de su amigo el jesuita Leo O'Donovan, un prestigioso eclesiástico que fue rector de la influyente Universidad de Georgetwon y que es su director espiritual. El miembro de la Compañía de Jesús, muy bien relacionado, formó parte durante un tiempo del comité de dirección de Disney y fue objeto de críticas por parte del conservadurismo religioso porque en aquella época se distribuyeron películas como 'Priest', en la que aparece un sacerdote homosexual, o 'Pocahontas', en la que algunos vieron una apología del paganismo. Ahora está al frente del Servicio Jesuita de Ayuda al Refugiado.

Guiños para todos

En el acto del Capitolio también participaron las cantantes Lady Gaga y Jennifer López, y la poetisa Amanda Gorman, las tres católicas. Pero también incluyó a la estrella del 'country' Garth Brooks, republicano, en lo que era algo más que un guiño a la América rural. Y al pastor Silvester Beaman, de la Iglesia Metodista Episcopal Africana, en la que se reconocen miles de afroamericanos. Una deferencia a la pluralidad y diversidad religiosa de Estados Unidos. Jill, la mujer de Biden, es presbiteriana, y Kamala Harris es protestante. Con raíces hindúes, la vicepresidenta se reconoce como seguidora de la Iglesia bautista. Juró su cargo ante dos biblias, una de ellas de la mujer que la llevaba de niña a la iglesia.

En sus discursos, Joe Biden se apoyó en sus creencias y en su cultura religiosa para desgranar un decálogo de ideas políticas y humanistas, que sintonizan con la Doctrina Social de la Iglesia y engarzan con los mensajes en los que el papa Francisco está siendo claro y reiterativo. Son cuestiones que tienen mucho que ver con la desigualdad en asuntos como la inmigración, los refugiados, la atención a los pobres o la preocupación por el medio ambiente. Esta convergencia ha llevado a las grandes cabeceras europeas y americanas a poner el foco en el tema. 'The Guardian' publicó un extenso editorial en el que se preguntaba si había llegado el momento de los cristianos liberales y progresistas, en un momento en el que el Papa libra «el último intento para cambiar el dial del cristianismo del siglo XXI lejos de las guerras culturales que lo han consumido».

Muchos de los analistas que observan este nuevo tiempo consideran que la futura gestión de Biden, y su conexión con Francisco, no sólo va a tener resultados en Estados Unidos, sino que va a repercutir en una agenda global con implicaciones en la política, pero también en otros ámbitos, incluido el de la religión, con consecuencias teológicas. Por ejemplo, en las relaciones de China con el mundo. Y en el horizonte de las zonas en conflicto. Los patriarcas orientales ya le han pedido a Biden que levante las sanciones a Siria ante el riesgo de «hambruna» entre la población. Y Francisco viaja a Irak la primera semana de marzo.

«Esta relación podría constituir un nuevo eje importante de influencia liberal en Occidente», aventuraba 'The Guardian', y no sólo por vía diplomática, sino también cultural. «La ruptura de la alianza entre el cristianismo y el populismo de derechas tiene implicaciones significativas no sólo para Estados Unidos, sino también para las batallas contra la pobreza global, la emergencia climática y la crisis migratoria», incidía la web británica.

Para acometer su programa, Biden está componiendo un Gabinete muy diverso en el que aparecen cristianos, judíos, hispanos, nativos e inmigrantes con un claro sello católico y progresista. Empezando por el afroamericano Lloyd Austin, elegido secretario de Defensa y máximo responsable del Pentágono. El general es creyente practicante, al igual que John Kerry, nombrado enviado especial para el Clima y reconocido publicista de la encíclica verde 'Laudato si'. También lo son la indígena Debra Haaland, secretaria de Interior; Samantha Power, responsable de la Agencia para el Desarrollo; Gina Raimondo, secretaria de Comercio; Xavier Becerra, al frente del departamento de Salud y Servicios Humanos o el alcalde de Boston, Marty Walhs, nombrado secretario de Trabajo. «Nunca ha habido una Administración más católica en la historia de Estados Unidos», ha asegurado Steven Millies, director del Centro Bernardin de la Unión Teológica Católica de Chicago.

Kennedy es recibido en audiencia por Pablo VI

Causa común

La conexión de Biden con Francisco es clara. El pontífice argentino es un líder con autoridad moral que promueve la igualdad, la dignidad, la tolerancia, la pluralidad, la descentralización y la culturización, entre otras cosas. El nuevo presidente de Estados Unidos sitúa los valores religiosos junto a los políticos, los cívicos y éticos. Pueden hacer una causa común. Por eso a muchos observadores ha sorprendido que los obispos «arrojaran agua fría sobre la inauguración más católica de la historia», en palabras de Michael Sean Winters, analista del National Catholic Reporter, que interpretó el discurso de Biden «más en clave católica que en el liberalismo clásico de los padres fundadores».

Sean se refiere al comunicado que distribuyó el presidente del Episcopado norteamericano, José Horacio Gómez, arzobispo de Los Ángeles de origen mexicano, que saludó la llegada de Biden prometiendo «una estrecha colaboración» en algunos asuntos, pero advirtiendo de que habrá confrontación en otros. Gómez y una parte del catolicismo de EE UU mantienen fuertes recelos ante la posición de Biden, pero sobre todo la de Kamala Harris, en cuestiones como el aborto y las uniones homosexuales, que se han convertido en un asunto político. Algunos sectores les piden que miren más allá de los derechos reproductivos y la sexualidad.

Lo mismo que el país, la Iglesia norteamericana se encuentra muy dividida, al igual que el voto católico que se ha partido en dos mitades casi iguales en las urnas. También está muy debilitada por los escándalos de abusos a menores. En el National Catholic Reporter se calificó la declaración de monseñor Gómez como «grosera y fuera de tomo», urdida sin consultar a todos los obispos. «Biden hizo más en 24 horas para recordarle al pueblo estadounidense que la Iglesia Católica puede ser una fuerza para el bien de nuestro país de lo que ha hecho la Conferencia de los obispos en 10 años», escribió el periodista Sean Winters, que también colabora en 'The Washington Post'.

Algunos especialistas lo interpretan como un ataque al papa Francisco porque el pontífice llamó a Biden y dejó claro que desea trabajar con la nueva Administración. El historiador y teólogo Massimo Faggioli considera que «cierta benevolencia de los católicos hacia la deslegitimación de la presidencia de Obama permitió que el 'trumpismo' triunfara». En una entrevista concedida a Religión Digital, el autor de 'Joe Biden and catholicism on the United States', asegura que el 'trumpismo' se ha infiltrado en la Iglesia católica norteamericana.

De hecho, el cardenal Pell, alineado con Francisco, escribió en su día que «Trump es un bárbaro, pero en algunos aspectos importantes es nuestro bárbaro (cristiano)». Faggioli, uno de los eclesiólogos estadounidenses más destacados, cree que «hay un catolicismo tradicionalista y de golpe de Estado para el que tanto Biden como Francisco son los enemigos. No es sólo una cuestión de identidad política, sino también eclesial y teológica. Los que ahora se oponen a Biden son los mismos que intentaron que el Papa renunciara en 2018: para dejar claro que estos católicos no juegan con las reglas ni en política ni en la Iglesia».