La fiscal de distrito de San Francisco, Brooke Jenkins, habla sobre el ataque a Paul Pelosi. / AFP

El agresor de Paul Pelosi quería romperle las rodillas a su mujer

Los republicanos se burlan de la portavoz del Congreso e inventan nuevas teorías conspiratorias sobre la agresión

MERCEDES GALLEGO Corresponsal. Nueva York

El martillazo que Paul Pelosi se llevó el lunes en la cabeza no es nada para lo que pudo haberle ocurrido a su esposa, si llega a estar en casa. David Depape, un hombre de 42 años al que su exnovia califica de «enfermo mental», llevaba en la mochila otro martillo y bridas de plástico. Su plan era «interrogarla» y, si no le decía «la verdad», romperle las dos rodillas a martillazos para que cuando la vieran entrar en el Congreso en silla de ruedas sirviera de «recordatorio» a los demás legisladores de que «habrá consecuencias si mienten».

El escalofriante testimonio forma parte de la declaración de la agente especial del FBI, Stephanie Minor, que ha sido asignada al caso. El marido de la líder demócrata que ostenta el cargo más alto del Congreso y es segunda en línea de sucesión a la presidencia estaba durmiendo en su cama cuando DePape irrumpió en su dormitorio. Lo despertó al grito de «¿Dónde está Nancy». Cuando el anciano de 82 años con el que Pelosi tiene cinco hijos y nueve nietos, tras casi 60 años de matrimonio, le dijo que su esposa estaba en Washington y tardaría «días en venir», el intruso no se desalentó. Estaba dispuesto a esperarla lo que hiciera falta.

Su plan era maniatar al anciano, pero este logró dilatarlo lo suficiente como para dar tiempo a que llegase la Policía, a la que llamó desde el cuarto de baño en una presunta pausa para orinar. Todavía le dio a su verdugo la oportunidad de marcharse antes de que llegasen los agentes, pero Depape no tiene fe en las fuerzas del orden, que recibieron la llamada de los servicios de emergencia a las 2.23 y tardaron solo ocho minutos en tocar a la puerta. «Depape le explicó que, como los padres fundadores con los británicos, estaba luchando contra la tiranía sin que rendirse fuera una opción», cuenta la investigadora del FBI. «Un sentimiento que reiteró en varios puntos del interrogatorio».

Eran las primeras pistas de que el atacante es parte de esos «patriotas» enfermos mentales a los que Donald Trump convenció de que tienen que luchar para salvar a su país. De hecho, en la huella que dejó por las redes sociales acusa al Comité bipartidista del Congreso que investiga la insurrección del 6 de enero de ser «una farsa de los demócratas». DePape es un ejemplo de ese extraño cruce de extrema izquierda y extrema derecha inspirado por las mismas teorías de la conspiración, según las cuáles «las élites globales planean tomar el control de TU dinero», escribió en Facebook. ¿Qué verdad pudo haberle dicho la portavoz del Congreso para frenar la ira de alguien que ve en Jesús al «anticristo», cree que Hitler «no hizo nada malo» y el covid «es un instrumento de las élites globales para lograr un nuevo orden mundial en el que ganar más poder y oprimir más a las masas»? Por suerte para la líder demócrata, la Policía llegó antes que ella, pero su marido «se llevó el castigo en su lugar», dijo el agresor a los agentes de San Francisco. Por los dos cargos de asalto e intento de secuestro al familiar de un cargo federal puede recibir hasta 50 años de prisión.

«Traumatizados»

Paul Pelosi sigue en estado crítico, después de haber sido intervenido quirúrgicamente de la fractura de cráneo, mientras la portavoz y su familia dicen estar «traumatizados» por el ataque, del que se mofan algunos de sus colegas republicanos. «Este es el momento en el que te das cuenta de que un hippie nudista y prostituto que toma LSD es la razón por la que tu marido no pudo llegar a tu recaudación de fondos», escribió en Twitter el congresista republicano Clay Higgins, al colgar una antigua foto que capturaba a la portavoz del Congreso llevándose las manos a la frente.

Lejos de entender el impacto del odio y las teorías de la conspiración que difunden, particularmente relacionados con altos cargos femeninos, los promotores de la ultraderecha han inventado estos días que el ataque era, en realidad, un enfrentamiento privado entre el octogenario y su amante gay. Algo que hasta el propio Elon Musk, nuevo propietario de Twitter, dio cierta credibilidad al retuitearlo en una respuesta a Hillary Clinton, también acusada en su día de asesinar a sus colaboradores y hasta dirigir una red de pedofilia. «Hay una minúscula posibilidad de que en esta historia pueda haber más de lo que se ve», escribió Musk al repostear el artículo conspiratorio en su respuesta a Clinton, que luego borró. Por supuesto, los maestros conspiradores, como Dinesh D'Souza, director de un documental sobre el supuesto fraude electoral contra Trump, y la congresista de Florida Marjorie Taylor Greene, acusan «a los medios activistas» y a los demócratas de «silenciar» al nuevo dueño de Twitter.