Aeropuerto de Kabul momentos antes de los atentados de este jueves. / EFE

Biden promete «dar caza» a los culpables de los atentados de Kabul

El Pentágono acelera la operación de rescate de los refugiados ante el temor «inminente» de nuevos ataques

MERCEDES GALLEGO Nueva York

La maldición del 11-S persigue a EE UU. Dos décadas después de los atentados cambiaron al mundo, el presidente, Joe Biden, pronunció ayer las mismas palabras que George W. Bush en 2001. «Os perseguiremos y os daremos caza», advirtió a los autores de los sangrientos atentados de ayer en el aeropuerto de Kabul. Su portavoz Jen Psaki fue aún más lejos: «Os mataremos».

Hacía año y medio que no moría un soldado estadounidense en Afganistán, pero la traca final ha dejado al menos 13 entre las tropas que custodiaban la puerta en la que ocurrió la explosión. La cifra «probablemente aumentará», ha advertido el Pentágono, que cita 16 marines heridos.

Esta tragedia da un vuelco a las situación y sacude de golpe la apatía con la que muchos estadounidenses miraban hacia la trágica retirada de Afganistán, pese a que dejaban a todos los que abrazaron el sueño americano en manos de los talibanes. Si antes está no era su tragedia, ahora la viven de primera mano. Se sabía que Afganistán era el Vietnam de Biden, pero no el de EEUU. El presidente prometió ayer enviar más tropas si los comandantes lo consideran necesario, pero precisó que, por el momento, hay unanimidad en la decisión de que puede cumplir la misión de sacar a todos los estadounidenses con las 5.500 tropas destacadas en el aeropuerto.

«Esto es sólo el principio, esto es lo que pasa cuando te rindes a una organización terrorista», clamó el general HR McMaster, ex consejero de Seguridad Nacional durante el gobierno de Donald Trump. Muchos temían que dejar de pagar el seguro de vida que suponía ocupar Afganistán resultaría en un repunte de la amenaza terrorista que dio pie precisamente a la invasión hace 20 años, pero ha tardado aún menos de lo que pensaban los pesimistas.

En realidad, el gobierno estadounidense tenía desde el sábado indicios fiables recabados por la inteligencia de que se preparaba un atentado, por eso agilizaba la evacuación. Países como Canadá, Bélgica, Polonia, y la propia organización de la OTAN ya la habían dado por terminada y a Estados Unidos le quedaba solo un día más, porque el Pentágono pensaba dedicar los últimos a la salida de tropas y maquinaria militar.

Con el aeropuerto convertido en la ratonera sobre la que se abalanzaban todos los desesperados, el blanco invitaba al ataque. Diez días habían sido suficientes para que una organización yihadista planificara y llevará a cabo con éxito «un complejo ataque» en dos puntos diferentes. El triunfo terrorista le corresponde presuntamente la rama del estado islámico surgida en la frontera con Pakistán, que según McMaster se ha convertido en la mayor amenaza internacional para Estados Unidos y sus aliados.

La Casa Blanca, el Departamento de Estado y el Pentágono pospusieron inmediatamente todas sus comparecencias públicas hasta que pudieran esclarecer lo sucedido y consensuar una respuesta. Eso incluyó la reunión con el primer ministro israelí Naftali Bennet, cuya delegación tuvo que retirarse de la mansión presidencial hasta nuevo aviso. Fue el Pentágono el primero en dar la cara, precisamente para dar la razón al general McMaster. «La amenaza es inminente.

Con un patrón

Típicamente estos ataques siguen un patrón de múltiples ataques», advirtió el general Kenneth McKenzie, al frente del comando central. Un avión sin pilotar, 64 helicópteros y varios drones vigilan desde el aire cada vehículo que se acerca al aeropuerto, donde la evacuación ha acelerado el paso en las últimas dos horas con autobuses que traen a los elegidos hasta la terminal.

Ante la disyuntiva de dar por concluida la penosa evacuación, que ha conseguido sacar del país a cien mil personas, 15.000 de ellas sólo en las últimas 24 horas, o redoblar la operación para rescatar a los estadounidenses que quedan, Biden ha optado por esta última. Se estima que entre 500 y 1500 estadounidenses no han podido llegar hasta el aeropuerto, con las carreteras custodiadas por los talibanes y también estaban a cargo de la seguridad en la zona atacada. «Ellos dictan los términos», criticó McMaster. «Son los arsonistas y a la vez los bomberos. Tenemos que obligarles a elegir y si quieren que se les trate como una nación responsable tienen que ir a por estos grupos». A pesar de que el autor suicida del atentado había pasado por un control de los talibanes, McKenzie aseguró que «No dejaron que esto ocurriera» porque les interesa la salida de EE UU para retomar el control del aeropuerto. «No es que confiemos en ellos, es que contamos con que defiendan sus intereses», precisó Biden.

Para el congresista republicano Adam Kizinger, veterano de las fuerzas aéreas en Irak y Afganistán, no hay duda: «Tenemos que sacar hasta el último estadounidense y a todos los afganos que confiaron en nosotros». No hacerlo sería, en su opinión, «una humillación aún mayor», pero la decisión no es suya, sino del presidente Biden, que precisamente se ha enfrentado a esta debacle para no tener que mandar ni un soldado más a Afganistán. El recuerdo de su hijo Beau, fallecido después de haber estado en Irak, le persigue hasta el infierno.