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Los presidentes de EE UU, Joe Biden, y China, Xi Jinping, mantuvieron un encuentro en Los Ángeles el pasado febrero. AFP
Biden y Xi intentan rebajar la tensión en la cumbre del G20 en Bali

Biden y Xi intentan rebajar la tensión en la cumbre del G20 en Bali

Con expectativas muy bajas, los presidentes de EE UU y China se reúnen mañana enfrentados por Taiwán, la guerra de Ucrania y sus diferencias ideológicas

pablo m. díez

Enviado especial a Bali

Domingo, 13 de noviembre 2022, 18:44

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Si hay un lugar capaz de calmar las revueltas aguas internacionales, es sin duda Bali. Esta paradisíaca isla de Indonesia, de playas de arena blanca con cocoteros y aguas turquesas, acoge mañana martes y el miércoles la que posiblemente sea la cumbre más crispada del G20. Un foro que sienta en la misma mesa a las naciones más industriales y ricas de Occidente, como Estados Unidos, el Reino Unido, Alemania o Francia, y a las principales potencias en vías de desarrollo, como China, India, Brasil o Rusia.

Con opiniones y sistemas políticos de lo más diverso, sobre dicha mesa se pondrán importantes cuestiones como la guerra de Ucrania, la inflación, la crisis energética que se avecina, la amenaza de recesión, el calentamiento global y la creciente polarización global alrededor de la nueva 'Guerra Fría' que enfrenta a EE UU y China. Para rebajar la tensión entre ambos países, que se han lanzado a una abierta hostilidad económica y política, sus presidentes, Joe Biden y Xi Jinping, aprovechan su presencia en Bali para reunirse mañana antes de que empiece la cumbre del G20.

Aunque han hablado varias veces por videoconferencia, se trata de su primer encuentro personal desde que Biden llegó a la Casa Blanca en enero de 2020 y se produce tres semanas después de que Xi se perpetuara en el poder en el XX Congreso del Partido Comunista. Mientras este acude erigido en el mandatario chino más poderoso desde Mao, como demostró echando del Congreso al expresidente Hu Jintao, Biden viene reforzado por los resultados demócratas en las recientes elecciones a mitad de mandato, mejores de lo esperado. Al margen de esta semejanza, las diferencias entre ambos son tantas, y tan grandes, que no se espera ningún acuerdo y hasta es posible que ni siquiera firmen una declaración conjunta. Pero solo el hecho de que se sienten a hablar cara a cara ya supone un avance y, como mínimo, servirá para que se pongan de acuerdo en lo que les enfrenta.

O, como dijo Biden la semana pasada, «para marcar cuáles son nuestras líneas rojas». Antes de partir hacia las cumbres del clima en Egipto y de los países del Sudeste Asiático (Asean) en Camboya, explicó que lo quiere hacer cuando hable con Xi es «entender lo que él cree que es de interés nacional crítico para China y decirle lo que yo creo que es de interés nacional crítico para EE UU, y determinar si entran en conflicto o no. Y, si lo hacen, cómo solucionarlo y que funcione».

Su mayor choque es Taiwán, la isla democrática e independiente 'de facto' reclamada por Pekín que Xi Jinping ha prometido reunificar, por la fuerza si hace falta. Para China, significa una cuestión tan importante que el verano pasado llevó a cabo sus mayores maniobras militares en el estrecho de Formosa en represalia por la visita de la presidenta de la Cámara de Representantes de EE UU, Nancy Pelosi. Ante las amenazas de una hipotética invasión china, Biden ya ha airado varias veces a Pekín prometiendo que la Casa Blanca ayudaría militarmente a Taiwán. Una afirmación que sus asesores se han visto obligados a matizar asegurando que Washington no ha cambiado su «ambigüedad estratégica» sobre Taiwán ni su reconocimiento de la política de «una sola China», pero insistiendo enérgicamente en el 'statu quo' actual y oponiéndose a que Pekín tome la isla.

Tensión militar

A esta tensión militar se suma la reciente Estrategia de Seguridad Nacional publicada por EE UU, que identifica a China como su «mayor reto geopolítico» y una amenaza más peligrosa que Rusia pese a la guerra de Ucrania. Para contener el auge militar y tecnológico de Pekín, Biden también ha prohibido vender a las compañías chinas los microchips más avanzados, que precisamente se fabrican en Taiwán. Este veto, que podría retrasar hasta diez años el desarrollo tecnológico de China, enfurece al régimen, como dejó bien claro su portavoz de Exteriores, Zhao Lijian, en una de sus últimas ruedas de prensa: «EE UU tiene que dejar de politizar, ideologizar e instrumentalizar como arma los asuntos comerciales y tomar acciones reales para defender la economía de mercado y el sistema internacional de comercio».

Pero, según explica a este diario Chris Hung, vicepresidente de la consultora taiwanesa MIC (Market Intelligence and Consulting Institute), «la nueva regulación del Gobierno de EE UU está tratando de ralentizar el desarrollo de la industria china de semiconductores entre cinco y diez años. Como dichas prohibiciones se aplican a la tecnología muy avanzada o a la que tiene aplicaciones militares, el impacto en otros países será bastante limitado».

Ante el malestar que dicho veto ha provocado en China, que ha sufrido un golpe «muy preciso y contundente» contra su plan de conseguir su independencia tecnológica según Hung, el presidente estadounidense confía en no tener que hacer «concesiones fundamentales» en su encuentro con Xi. Al mismo tiempo, tratará de dar garantías de seguridad a Taiwán, algo a lo que opone rotundamente el portavoz de Exteriores chino, Zhao Lijian.

A toda esta tensión militar se suman sus discrepancias sobre la guerra de Ucrania y el apoyo implícito de Xi Jinping a Putin, con quien suscribió una «amistad sin límites» justo antes de la invasión rusa, que la propaganda china se niega a definir como tal. Biden tratará de arrancarle a Xi el compromiso de oponerse a que Moscú use armas nucleares en Ucrania, como consiguió a principios de este mes el canciller alemán, Olaf Scholz, en su criticada visita relámpago a Pekín.

Más difícil le resultará a Biden que Xi condene las constantes provocaciones del dictador de Corea del Norte, Kim Jong-un, de quien se teme que vuelva a ordenar un ensayo nuclear después de pasarse el año disparando todo tipo de misiles.

Expectativas bajas

Aunque las expectativas de acuerdos son muy bajas, se espera que la reunión sirva al menos para retomar las conversaciones entre ambos países sobre el calentamiento global, la comunicación militar y la guerra comercial. Todas esas colaboraciones, vitales para el desarrollo de la economía y el futuro de la humanidad, se interrumpieron tras el viaje de Pelosi a Taiwán y los analistas confían en que la cumbre de Bali ayude a desbloquear alguna de ellas.

En 2019, cuando el G20 se celebró en la ciudad japonesa de Osaka, la ocasión sirvió para que se reunieran el anterior presidente de EE UU, Donald Trump, y Xi Jinping, quienes firmaron una tregua a la guerra comercial. Aunque Biden no ha levantado los aranceles impuestos por Trump, intentará aprovechar su larga relación con Xi para acercar posturas y tender puentes. Los dos se conocen personalmente desde 2011, cuando ambos eran vicepresidentes y se hicieron varias visitas mutuas, pero los tiempos han cambiado tantos como ellos.

De hecho, Biden hasta ha tenido que matizar en una rueda de prensa que no es un «viejo amigo» de Xi, sino que a ambos les unía una relación «puramente de trabajo». Curiosamente, el ahora presidente de EE UU fue, durante su época como senador a finales de la década de 1990, uno de los mayores defensores de la inclusión de China en la Organización Mundial del Comercio (OMC), que tantos problemas ha traído a ciertas industrias occidentales.

Por su parte, el mandatario chino ha perdido la sonrisa que lucía en sus viajes a EE UU, como el que efectuó en 2012 devolviéndole la visita a Biden, y se ha convertido en el dirigente más autoritario desde Mao Zedong. Traumatizado por la desintegración de la Unión Soviética, que quiere evitar a toda costa en China, Xi Jinping se considera el salvador del comunismo y abandera su modelo totalitario frente a las democracias de Occidente. Volviendo a la escena internacional después de casi tres años sin salir de China por la pandemia del Covid-19, Xi se reúne con Biden para tratar de mejorar sus relaciones en Bali. Si hay algún lugar propicio para apaciguar los exaltados ánimos globales, sin duda es esta bella y apacible isla de Indonesia.

Una isla paradisíaca con la atmósfera propicia para llegar a acuerdos

Sonrisas en cada rostro, que además se lucen sin rubor porque poca gente lleva mascarilla contra el covid, playas de ensueño, complejos turísticos de lujo, calor tropical y bellas danzas balinesas de bienvenida. Como reconocen en privado fuentes diplomáticas indonesias, la isla de Bali aporta todos sus encantos con el fin de crear la atmósfera propicia para que los miembros del G20 lleguen a importantes acuerdos globales.

Además de países industrializados como EE UU, Japón, Alemania, elReino Unido, Francia, Italia, Canadá, Corea del Sur, Australia y España como invitados permanentes, forman parte de este foro potencias en vías de desarrollo como China, India, Rusia, Brasil, México, Argentina, Arabia Saudí, Indonesia, Sudáfrica y Turquía, más la Unión Europea.

Celebrado en la bonita zona de Nusa Dua, donde se concentran los mejores hoteles de Bali, el G20 se celebra bajo fuertes medidas de seguridad para prevenir atentados yihadistas como el que mató a 202 personas en los bares de Kuta hace veinte años.

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